5 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (VI)

A Txaro Cárdenas

   Había una cola enorme para entrar al cine. Daban la última de Stallone, Asilo de ancianos, una película de acción trepidante. Hubo una trifulca en la cola porque una persona había intentado coger una posición más avanzada de la cola indebidamente. Detrás de mí venía una chica preciosa. Compré mi entrada y me quedé mirando cómo la compraba ella. Pero la taquillera le dijo que no quedaban, la mía había sido la última. Sin pensármelo un minuto, le cedí la mía, me sonrió con sus bonitos labios y me quiso abonar el precio pero yo le dije que no tenía que pagármela. El dinero de la entrada era lo último que me quedaba en el bolsillo, no tenía tarjeta para un cajero automático, era el último día que proyectaban la película pero no me importaba, yo le regalé la entrada a aquella chica de tan simpática sonrisa. Como no tenía otra cosa que hacer, me senté a ver pasar el tiempo en un hueco de ventana del cine. Me puse a reflexionar sobre el bien, me dije que es justo lo que mejor va con nosotros. Me dije que no en vano se llama bien y que lo que causa sufrimiento y agobio jamás debería considerarse comportamiento bondadoso. También pensé en la chica, en la belleza de su rostro, y sentí tanto placer recordando su sonrisa de agradecimiento que me parecía inconcebible haber tomado una decisión mejor que la tomada. A la media hora, salieron seis o siete personas del cine, algunos comentaban lo fastidioso y estúpido de la película. No habían sentido ninguna emoción agradable, recordarían siempre con disgusto el rato que habían pasado dentro del cine. Un cuarto de hora después, salían otras cinco o seis personas, al parecer, también decepcionadas por la película de Stallone. Pero cuando supe con seguridad que la película era insufrible, no sentí satisfacción por no haberla tenido que ver sino disgusto porque la chica de la sonrisa preciosa no había salido demasiado beneficiada con mi gesto de solidaridad.

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