4 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (III)

A Eya Jlassi

     José Manuel se pasó cuatro meses de inquietud intentando que Marta saliera con él. Luego pugnó duramente porque accediera a mantener relaciones sexuales con él. Cuando al fin lo consiguió, no descansó su ánimo hasta lograr que le confesara que le amaba a él más que a ninguna otra persona del mundo. Después de casarse, sufrió mucho hasta que ella se quedó al fin embarazada porque deseaba ser padre. Tras tener su primer hijo, que era un varón, su angustia fue grande mientras no consiguió tener una niña. Les costó otros tres embarazos porque Marta tuvo otros dos varones a continuación. Cuando nació la niña, José Manuel la miró a los ojos y dijo:
     -Esta niña tiene que ser bailarina.
     Se gastó una fortuna en clases de ballet y tras veinte años de sacrificios, desgaste emocional y frustraciones, la niña debutó en el Teatro Nacional. Sus restantes hijos también fueron objeto de su desvelo, quería que sacaran sobresalientes carreras y que fueran influyentes hombres públicos.
     Cuando iba a jubilarse y al fin tenía a todos sus hijos colocados, se destapó una trama de corrupción en la que habían participado sus tres hijos varones e incluso su hija había tomado un pellizco en el botín aunque esto último se quedó en un secreto de familia. Su esposa Marta entró en una depresión y hasta se les murió el perrito por pura desatención. Sus tres hijos fueron a la cárcel y solo salieron cuando él tenía ochenta años y se había pasado quince ansiando su regreso.
     El menor de sus varones dejó embarazada a una camarera y José Manuel insistió, en medio de un afán desesperado, hasta que consiguió de su hijo que le diera sus apellidos al niño que dio a luz la mujer. Durante los últimos quince años de su vida, estuvo sufriendo porque su nieto, el único que tenía, era muy díscolo, no conseguía ninguno de sus propósitos con él, solo obedecía a su instinto, no por maldad sino porque no era capaz de entender ni compartir ninguno de los deseos de su abuelo.
     En el lecho de muerte, José Manuel mandó llamar a su nieto y le dijo:
     -Tú tienes que ser escritor y contar la historia de mi vida...
     Pero su nieto respondió:
     -No abuelo, a mí no me gusta escribir, que te la escriba mi padre...
     Ante esta postrera desobediencia de su incomprensible nieto, dio un suspiro y, lleno de desazón, dejó este mundo.
     Su nieto, que se llamaba como él, al mes siguiente, encontró una chica que le gustaba. Cuando hablaba con ella, tan feliz se sentía que no echaba de menos nada en este mundo, no pensaba en el siguiente paso que tenía que dar con ella, ni siquiera en la siguiente hora, ni en el siguiente minuto: le bastaba con mirar a sus hermosos ojos y su sonrisa de aurora para quedar completamente satisfecho. No temía lo que pudiera ocurrir en el mañana, él tenía una fe indestructible en su corazón y sabía que, pasara lo que pasara, le bastaba con mirar hacia su interior para alcanzar la felicidad.

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