4 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (IV)

A mi amada

     Antonio Amargo quiso durante toda su vida gozar de una alegría sin sombras, rechazaba todo dolor, estaba plenamente de acuerdo con los psicólogos cuando recomendaban quererse en primer lugar a sí mismos y más tenuemente a las demás cosas, de hecho era lo que aseguraba hacer él, que se consideraba un hombre lleno de salud mental y plenamente feliz. Pero a los cincuenta y cinco años, se ahorcó porque estaba aburrido de la vida.
     Su hermano, Juan Amargo, vivió hasta los ochenta y cinco años. La mayor parte de su vida la pasó tristemente porque sentía que la mujer a la que amaba no le correspondía plenamente. En rigor, era un amargado, un hombre con un ánimo gris que no disfrutaba de la vida pero él no concebía mayor felicidad que la de entregarse a soñar con la posibilidad de que aquella mujer le estuviera amando realmente. Otras penas se sumaban a la del supuesto desamor como atraídas por esta y la amargura presidió sus años pero, dentro de su dolor, la fe infinita en el amor que sentía por su amada volvía su vida algo digno de vivirse.
     Tras su muerte, su amada llevó las más bellas flores a su tumba mientras vivió, realmente lo amaba más que otra cosa en el mundo pero no fue capaz de transmitirle con claridad este sentimiento.

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