4 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (V)

A María José Valverde

     Eliafel reencarnó siete veces antes de alcanzar la perfección. En tiempos de los asirios, formó parte de sus tropas y vivía entregado al sueño de hacer a su rey dueño de todo el orbe pero la desazón por ver llegar el día en que la paz del mundo fuera universal no lo dejaba vivir. En tiempos de los romanos, fue dueño de una villa. Cultivaba sus tierras con la ayuda de esclavos. Se dedicaba a vivir disfrutando de todos los placeres permitidos y algunos de los prohibidos pero se sentía tan necesitado de experimentar constantemente nuevas y vivas sensaciones que, sintiendo que nunca gozaba tanto como en la ocasión anterior, la desazón lo consumía y no lo dejaba vivir.
     En tiempos de la expansión islámica, fue jefe de una tropa militar musulmana. Quería que sus guerreros conquistaran más rápido y con más ardor las tierras extranjeras. Nunca se sentía satisfecho con una conquista, siempre le parecía una victoria demasiado costosa, demasiado lenta, decepcionante. La desazón de alcanzar cuanto antes la frontera de los mares consumió la mayor parte de su vida y, cuando al fin lo logró, miró hacia el horizonte opuesto con codicia y volvió a sentir profunda insatisfacción. En la Edad Media europea, fue monje cluniaciense. Se dedicaba a orar y vivir el recogimiento espiritual. Su vida era de absoluta pasividad y renuncia del mundo. Pero por dentro temía el castigo divino y tanta era su fe en los castigos del infierno y en la intransigencia de Dios que una profunda desazón le fatigaba y estropeaba toda su vida.
     En la época de la Revolución francesa fue uno de los responsables del Terror. Su obsesión era hacer rodar cabezas y más cabezas, separarlas de tantos cuerpos como fuera posible para que la revolución no se truncara. Cuando el periodo de la revolución quedó atrás, tan vacío se quedó por la disminución del ritmo de ejecuciones que la desazón le amargó el resto de sus años: realmente era un hombre que disfrutaba trabajando. En el siglo XX fue empresario, primero tuvo una tienda, luego un supermercado, luego comenzó a fabricar productos alimenticios, luego extendió por todo el país sus fábricas, consiguió convertir su empresa en una multinacional, llegó a influir en la política de las superpotencias pero, durante la crisis del 73, quebró y se quedó tan vacío por dentro que acabó sus días en un centro psiquiátrico.
     En su séptima reencarnación, fue un poeta del siglo XXII. Sus colegas le instaban a practicar la corriente literaria en boga, llamada Galaxismo, pero él no entendía una palabra de esa tendencia y no tuvo ganas de hacerlo. Era costumbre en aquella época elegir una religión de diseño confeccionada para cada grupo concreto de perfiles afines y todo el mundo tenía la suya pero él, cuando comprobó la clase de chusma que coincidía con su perfil, se volvió renegado y ateo. Los matrimonios se concertaban en concursos de carreras de sacos, pero él siempre se quedaba el último porque el premio no le gustaba nunca. Los prohombres de la política le solicitaban odas elogiando bien las venerables piedras del palacio del Congreso, bien la honrosa historia de la política nacional, bien el bello busto de algún antepasado glorioso, bien la brillante inteligencia del presidente de la nación, bien la riqueza boscosa del patrimonio nacional pero él, cuando pensaba en estos temas, se quedaba dormido y no era capaz de escribir ni el primer verso.
     A la mayoría de los humanos de aquel siglo, se les calcificaba el corazón en su afán por utilizar una especie de televisor que permitía conseguir cualquier cosa que se deseara pero que volvía el corazón como una piedra tras un contacto más prolongado de lo debido. El quería cosas, como cualquiera, pero nunca se le calcificó el corazón porque, en cuanto sentía que se le empezaba a endurecer, renunciaba a la cosa asqueado y lleno de escrúpulos.
     Cuando llegó al más allá tras esta séptima reencarnación, el alma suprema le ofreció un cuerpo sutil para reencarnar en una dimensión más espiritual ya que al fin se había comportado con coherencia con su corazón en su última vida en la Tierra pero a él no le apetecía ser un gas noble y le dijo al alma suprema que le volviera a dar un cuerpo humano porque había descubierto que la vida en la Tierra era como el paraíso.

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