3 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (I)

A mi amada

     Alberto conducía su vida con el ineludible auxilio de las explicaciones. Algo que careciera de ellas debía, según su criterio, ser erradicado del comportamiento en la mayor medida posible. Sus explicaciones bebían de la filosofía materialista para mayor seguridad pues, según pensaba, estaba casi probado que todo en el universo era materia, excepto la antimateria que era lo contrario pero que pertenecía a otra dimensión que no debía preocuparle.
     A su esposa la agasajaba cuando esperaba sexo de ella o alguna otra ventaja para él, como que bajara la basura. No encontraba otra explicación al deseo de una compañera que la de que era un complemento a las limitaciones y necesidades físicas. Había personas románticas pero dudaba profundamente de su inteligencia y sentido práctico. Él no se permitía entregarse a los caprichos vanos de la fantasía, era un hombre con los pies pegados a la tierra y, si los científicos decían que las causas últimas de la realidad eran materiales, ya no había razón alguna para pensar que los sentimientos tuvieran valor alguno. "Meras reacciones químicas", pensaba, "¿para qué cultivarlos con celo si hoy los tengo y mañana se han esfumado por completo como pólvora que arde?".
     Educaba a sus hijos con lógica y sentido de la utilidad. Les disuadía de entregarse a los excesos de la imaginación, corregía cualquier creencia infantil que se les pasara por la cabeza y les llenaba sus pequeñas mentes de explicaciones sencillas y someras como iniciación a una vida de inspiración completamente racional y esclarecida. Y, para liberarse de la obligación de manifestarles afecto, les compraba todos los juguetes y enredosas futilidades que le pedían.
     Era un hombre trabajador y obediente a su jefe, cumplía a rajatabla cualquier orden o norma relacionada con su actividad. Disfrutaba de su trabajo porque todo en él era inteligible y explicable. Soñaba con un mundo bien coordinado donde todo funcionara según las reglas más racionales y la humanidad fuera como un gran organismo mecánico en el que todo estuviera sometido al dictado de la razón y la ciencia. No sabía a qué meta seductora de la tecnología llevaría este logro a los hombres pero desde luego no les faltaría satisfacción pensando que hacían justo lo que había que hacer.
     Pero Alberto contrajo una enfermedad. Su colesterol comenzó a dar índices peligrosos en los análisis pero no había manera de reducirlo. Para mayor complicación, contrajo una diabetes y problemas cardíacos. Los médicos dictaminaron que eran los síntomas de una enfermedad rara sin cura posible y mortal de necesidad. Muy afectado por este suceso, se volcó en una reflexión introspectiva, durante semanas, buscando el sentido a este nuevo e inesperado tramo del camino.
     Alberto miró al abismo del final de la vida y se preguntó con escepticismo sumo qué le importaba ya a él la materia si ya casi no era dueño de ella y qué explicación lógica podía encontrarle a la existencia ahora que la contemplaba con la perspectiva del viajero que regresa a su auténtico país.
     Vio claro que nada de lo que decía la ciencia, que tan inútil se había manifestado en su dolencia, atañía a su felicidad y que ni siquiera eran auténticas verdades. ¿Qué valen todas las explicaciones precisas y definitivas sobre lo que puebla el universo, se dijo, si el auténtico mundo en el que vivo es mi espíritu y este es capaz de hacerme vivir cualquier realidad, incluso las imposibles y absurdas? ¿Y qué valor hay en seguir normas y reglas de conducta llenas de rigor lógico si la lógica es de todos pero nadie más que yo morirá cuando esta enfermedad me consuma? ¿Qué vida he vivido, en qué mundo he habitado si apenas he sentido otra cosa que las generalidades que todos sienten? La materia real y concreta es una cosa diferente a la suma de abstracciones que la caracterizan en el discurso de la descarnada razón. Percibimos las diferencias pero no las cosas en sí. ¿Qué soy yo? Un hombre porque no soy un perro pero más allá de todo lo que no soy, hay algo que soy y eso es invisible y escapa a toda descripción, solo es accesible para el instinto de la vida.
     Supo, tras estas revelaciones, que había desaprovechado su tiempo, que la verdadera sabiduría para la existencia está en el corazón, que la verdadera felicidad nos sorprende en lo más ignoto de las intuiciones del instinto, no importa que no le encontremos una explicación, una causa o utilidad. Había vivido como hombre pero había olvidado vivir como él mismo, un camino absolutamente distinto, insólito y vedado a la razón.
     Pasó sus últimos meses de vida escribiendo poemas de muy mala calidad pero que, para él, estaban llenos de sentido porque en ellos se vivía él, en toda su intensidad, cerrando sus oídos al clamor unánime de la multitud.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario