13 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la libertad (II)

A mi amada

     El rabino salió de casa de Charles con su conciencia muy tranquila, pensando que había confortado el espíritu de una persona en la extrema tribulación, la muerte de un hijo. Pero Charles solo había fingido sentirse consolado; en realidad, el rabino solo había agravado sus remordimientos. Si era Dios el que cuidaba del bien, si Yahveh era el dador de todo lo bueno que podía sucederle a un ser humano como le había dicho el rabí Moisés, entonces, sin duda, él era el responsable de la debilidad de la constitución física de su hijo y la cortedad de su vida, de sus dolores y de su aflicción, él había estropeado la labor de Dios.
     Se sintió asqueado de sí mismo y de sus semejantes. Cuando sus intereses económicos le habían impulsado a actuar con extremo cinismo, la idea de que Dios imponía el bien a los hombres por ser ajenos a él le servía para olvidarse de su conciencia pensando que el todopoderoso tendría paciencia con él pero ahora se trataba de su hijo, ahora era a su hijo a quien le había faltado su auxilio porque no había actuado como Dios deseaba por ser un mísero ser humano, una criatura tendente al mal y al pecado.
     Pero un repentino arrebato le hizo sentir la necesidad de la rebelión. ¿Por qué tenía que obrar según los mandamientos de Dios? Dios no era su semejante puesto que había de imponerle una ley ajena a su naturaleza, Dios era en realidad su carcelero, su opresor, el ser que le extorsionaba para no dejarle ser. Ansió entregarse al mal sin freno alguno, renegar de Yahveh, dedicarse a vivir con cinismo y egoísmo extremo el resto de su vida. Entonces le habló su corazón para arrastrarle hasta la compasión y la generosidad y vio que era únicamente ahí donde habitaba el bien y no en los cinco libros de una ley escrita hacía milenios. Su corazón le impulsaba al bien; era al sentir la presión de los criterios externos cuando perdía su capacidad para la empatía.
     Recordó su amor a su hijo y a su esposa, su afecto por sus vecinos y amigos, la felicidad con que recibía las buenas noticias del periódico o la alegría que sentía los días de fiesta, cuando se veía rodeado de semejantes llenos de dicha, disfrutando del placer de vivir. Supo que Dios no añadía nada al bien que habitaba en sus sentimientos, lejos de ello, esa idea le llenaba de remordimientos y le impulsaba a actuar mal en contra de sus deseos más íntimos. Hacía tiempo que la enfermedad de su hijo le había hecho alejarse de su fe pero ahora, definitivamente, la arrojó de su conciencia y descubrió que era bueno e inocente.

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