13 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la libertad (I)

A mi amada

   El boticario del pueblo tenía en su mente una larga lista de cosas que no podían suceder. Entre ellas estaba combinar mal las dosis de las sustancias al elaborar los medicamentos para los enfermos pero le preocupaban muchísimos otros imposibles que, en caso de suceder, lo derrumbaban y abatían su ánimo, desde que dejara la sirvienta la palangana encima del mostrador hasta que las llaves de los armarios no estuvieran alguna vez en el cajón de su mesita de noche, desde que su mula no estuviera cepillada un domingo por la mañana hasta que los días de caza no consiguiera más de tres piezas. Cuando veía a los pillastres jugando a los naipes en la calle, sentía responsabilidad suya persuadirles de que los juegos de azar eran un feo vicio y que harían mejor yendo a la iglesia a pedir a Dios que guardara sus vidas y los hiciera hombres buenos el día de mañana; nada le hacía comprender que aquellos chicos habían oído ya su sermón tantas veces que carecía de sentido repetírselo una vez más, él volvía una y otra vez a adoctrinarles con los mismos argumentos, entregándose a la voluptuosidad de contemplarse a sí mismo en actitud edificadora.
     Su vida habría transcurrido sin variación alguna metida en su prisión para las cosas que sí eran posibles si no hubiera sido porque un día vio al gato caminando por la estantería, muy cerca del recipiente de una de las sustancias que necesitaba para el dolor de muelas del cura. El gato no podía tirar al suelo aquel frasco de cristal porque, si lo hacía, el frasco se rompería, el cura no podría aliviar su molestia, su esposa se daría cuenta de que no había tirado la mascota a la calle, el suelo se llenaría de vidrios rotos provocando su horror puesto que desde niño les tenía miedo, el chico de los recados se reiría de él al comprobar el tic nervioso que aparecía en su rostro ante la sensación de caos y la mula se quedaría sin cepillar para el día siguiente que era domingo porque tendría que ir a la ciudad a comprar otra botella de aquel producto que era tan caro, cosas todas ellas que eran imposibles.
     Pero en ese momento, entró la Guardia Civil y le preguntaron si había sido él quien había vendido a la hija del sastre el sobre que llevaban en la mano. Su corazón se puso a palpitar con vehemencia y sintió una honda angustia, si le había vendido veneno inadvertidamente a la hija del sastre, acabaría en la cárcel, quizá para el resto de su vida cuando no se le condenara a la pena de muerte y eso eran cosas que no podían pasar, él no podía ir a la cárcel y mucho menos morir, era una cosa que jamás se permitiría, hasta el último segundo de su vida negaría que se estuviera muriendo.
     El gato tiró el frasco de cristal en el forcejeo por huir de los guardiaciviles pero el boticario encontró el hecho tan natural en aquel momento de extrema desesperación que él mismo se sorprendió de los pensamientos angustiosos con que lo predecía unos minutos antes. Tan hondamente experimentó esta revelación interior que, perdiendo en ese mismo instante toda la ansiedad que le había provocado la llegada de la Guardia Civil, les dijo casi sonriendo:
     -Voy a cambiarme de ropa y ya me marcho con ustedes.
     Entonces uno de los guardias le dijo:
     -Pero si nosotros solo queremos pagarle el medicamento porque la hija del sastre es mi novia y me ha dicho que le diga que me cobre lo que le debe.
      Desde aquel día, el boticario decidió considerar posible cualquier cosa excepto el cautiverio de su alma.

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