10 de diciembre de 2013

El as

A mi amada

     Juan Pérez se podía decir que, desde que nació, estuvo condenado a ser un as. ¿Qué otra cosa puede incubarse en la mente de un niño cuya madre espera de él una férrea obediencia a cambio de permitirle que su conciencia esté en paz? Candela, su madre, era una persona de gran pragmatismo, apegada a la idea de utilidad e incapaz de ocupar su pensamiento con algo que no fuera accesible al tacto y visible a plena luz del día. Para ella, las cosas que de verdad importaban en la vida eran las que se podían comentar en voz alta en una reunión con extraños. Lo auténticamente imprescindible, según su forma de verlo, había de tener la consistencia de una zanahoria o de una firma sobre un papel. En sus primeros años, Juan aprendió que la desobediencia era un pecado; si algo detestaba Candela era que las cosas escaparan a su control y con su hijo no quería hacer una excepción pero poco se ocupó de que esta circunstancia no estropeara su carácter y, tras su niñez, comenzó a demostrar serios problemas para confiar en sí mismo.
     Su escepticismo acerca de su propia capacidad y del valor de lo que hacía solo era superado por su horror a la incertidumbre y su consiguiente ansia de acabar con el azar. Creía en una forma idónea de hacer las cosas y, si algo escapaba a ella, se llenaba de frustración y ansiedad y caía bajo el tormento de la culpabilidad y la vergüenza. Su mundo, al contrario que el de su madre, era el del conocimiento y el espíritu pues era un amante del arte pero, como el de ella, tenía el carácter de lo contundente y ansiaba el reconocimiento más absoluto para sus obras.
     Como era de esperar en un carácter tan acomplejado, conoció el amor muy tarde. El influjo de su amada convirtió su obra en una efervescencia de sentimientos intensos pero el dolor estaba demasiado presente en ellos. Las muestras de amor de su amada nunca le parecían suficientes, la duda le acosaba insistentemente, pensaba que solo podía despertar frialdad en una mujer porque nunca conseguiría complacerla por completo y, temeroso de perder a aquella mujer, a la que amaba más allá de lo razonable, se atormentaba sin que objetivamente hubiera motivo alguno.
     Sentía una inmensa felicidad al entregarse por primera vez en su vida a un amor pleno, sin sentirse obligado a cumplir ninguna exigencia interesada del otro, pero dentro de sí todavía albergaba una necesidad intensa de evadirse del azar, de burlar cualquier contingencia, de hacerse auténtico dueño de su amada para evitar para siempre el riesgo de perderla. A su corazón le bastaba amar pero su obcecación le pedía poseer.
     Una noche, Juan Pérez discutió con su amada porque esta encontró denigrante para ella que hubiera puesto su nombre y sus apellidos en un cuadro donde se representaba una mujer desnuda. Esta reacción la interpretó como una muestra de desapego y la achacó a su antigua sospecha de que no era merecedor de su amor. La acusó de una actitud cruel al demostrarle un amor que en realidad no sentía y, aunque sus sentimientos por ella eran tan puros y tiernos que jamás le hablaba otra cosa que palabras dulces, impulsado por un ansia acusadora, salieron de su boca palabras brutales, negación absoluta del amor.
     -¡Me has hecho creer que me querías, eres una imbécil! -le gritó.
     -No creo que tus sentimientos sean los que me has manifestado hasta ahora -dijo ella- puesto que te atreves a insultarme de esa manera.
     El escepticismo de Juan Pérez, tomando una dirección opuesta al oír aquellas palabras, le hizo responder:
     -Perdóname, Rosa, te quiero, me he salido de mis casillas porque no he comprendido por qué, si eres mi novia, no puedo poner tu nombre en el cuadro, pero entiendo que te da vergüenza.
     -Juan, mi nombre y mis apellidos no es un título adecuado para un cuadro -dijo ella-, está claro que se lo has puesto únicamente para representar tu toma de posesión sobre mí, algo que no estoy dispuesta a tolerar porque amo mi libertad y mi independencia. El hecho de que no lo comprendas y que, por añadidura, me insultes violentamente te coloca en el papel de un maltratador. No hay amor en tu corazón, solo afán de dominio. Ante esta circunstancia, no me queda más opción que marcharme.
     Juan no pudo impedir con sus palabras el abandono de Rosa y se sumió en una honda desesperación. Había culpabilidad y vergüenza en lo que sintió los días y semanas siguientes, el amor estaba escondido bajo el manto de frustración que le ocasionaba el deber no cumplido, la irrupción de lo contingente, de lo no planeado, de lo no sometido a gobierno. Pero pronto dejó estas sensaciones por el sentimiento de amor puro que había despertado su corazón al principio de la relación; comprendió lo poco que importaba que ella accediera o no a ofrecer signos formales del amor que le tenía puesto que la felicidad del amor está más allá de lo que se ve o se toca, de lo que se dice o se entiende, de lo que se hace o no se hace. Vio que ella estaba en lo cierto al hacerle aquella dura acusación de maltratador puesto que un amor que abandona el territorio de la libertad más pura y que deja de permitir al otro la autonomía de su vida solo causa sufrimiento, efecto contrario al del amor verdadero, que es luminosa felicidad, paraíso en la Tierra.
     Miró dentro de su corazón, vio que la amaba y abandonó su tristeza. La deseó libre, sin nada que la atara a él para que el afecto que los uniera fuera más verdadero y esencial. Pero sobre todo sintió su alma colmada de la belleza de ella, una belleza imposible de expresar, incomunicable, revelada exclusivamente a él. Ella era el fin, no había nada más importante para su corazón ahora, y sin el azar ella no podía existir porque la vida es azar, la vida se renueva cada día, cada árbol es distinto, cada soplo de aire es irrepetible, cada aleo de mariposa es diferente, nada es imperfecto, todo es bello, todo lo real es hermoso por el hecho de serlo. La verdadera esencia de la vida está más allá de la utilidad práctica, la esencia de la vida es la belleza que intuye el corazón.
     Juan fue a casa de Rosa y le habló con un afecto tan desinteresado y tan libre de polémica que Rosa volvió a abrirle el alma.

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