14 de diciembre de 2013

Creación de un nuevo blog de cuentos

     Amigos, si es que los tiene este blog, esta bitácora tiene ya 605 entradas, lo que quiere decir que tiene casi 600 cuentos publicados desde febrero de 2011; estamos a unos dos meses escasos de cumplir tres años desde entonces y mi vida ha cambiado mucho, no he conseguido mil o dos mil seguidores para mi blog como otros más exitosos, me he quedado en 74. No es desde luego, culpa de la calidad, los cuentos que aparecen en este blog muestran su brillantez a cualquiera que se acerque a leerlos. No estamos en tiempos en que la gente se detenga a pensar y a sentir, se limita a percibir y a fingir.
     Como no quiero permanecer ligado a las sensaciones y pensamientos que han perturbado mi vida durante estos tres años, abandono este blog para comenzar uno nuevo que me procure el ambiente nuevo que necesita el cambio que deseo imprimir a mi espíritu. Los seis cuentos que cierran este blog, dedicados a mi amada y a la libertad, son un buen remate a la trayectoria de trabajo, sentimientos, frustraciones y logros que ha dejado este blog que comenzó llamándose La casa agramatical y hoy mismo deja de estar en activo. En adelante, mis cuentos se publicaran en el blog Cuentos de pensamiento y libertad. Lo podéis ver en el siguiente enlace http://cuentosdepensamientoylibertad.blogspot.com.es/

13 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la libertad (VI)

A mi amada

     Adela era objeto de las importunaciones de Javier. Cuando ella prefería ir alguna vez con las amigas que con él o hacía cualquier otra cosa demostrando su independencia, Javier se atormentaba pensando que no era amado en la misma medida en que amaba él y le pedía explicaciones sobre aquella forma de proceder. La interrogaba siempre sobre dónde había estado y qué había hecho intentando descubrir en sus respuestas indicios de amor o desapego, ella no se dejaba dominar y esta actitud la interpretaba él como falta de afecto por parte de ella.
     Tan estrecho era el cerco que Javier impuso a Adela que esta, cansada de reproches y exigencias, en un descanso de las clases del instituto, le expresó su decisión de romper la relación aclarándole que no estaba dispuesta a renunciar a su libertad por ningún chico.
     Javier vio cómo Adela, después de decir las palabras de ruptura, se levantaba del banco y se marchaba caminando lentamente. No la detuvo, lo que había oído había tocado un resorte escondido de su corazón; la libertad, que ella decía tener como prioridad absoluta de su vida, le pareció de repente algo tan sagrado que no pudo replicar nada ni tampoco sintió la necesidad de hacerlo. De súbito veía algo tan hermoso y noble en el hecho de que Adela fuera un ser libre que su deseo más hondo en ese momento era dejar que se marchara para evitarle cualquier embarazo a su libertad.
     Hasta muy hondo en su interior, se sentía embargado por una sensación subyugante y desconocida para él, no podía explicar qué era pero no se sentía con fuerzas para escapar a ella. Estaba pensando en Adela con tanta fascinación que casi la sentía como superior a él y una corriente de respeto por ella desbordaba su interior, todo porque había dejado de sentirse dueño de aquel ser humano. Ahora también él se sentía más libre por el hecho de aceptar la libertad de Adela. Su corazón palpitaba en ese momento con la pureza de la infancia que hacía poco había dejado y se dio cuenta de que, por primera vez desde que la conociera, estaba amando a Adela.

Seis microrrelatos sobre la libertad (V)

A mi amada

     Laura tenía nueve hijos, todos de menos de dieciocho años. Como tenía miedo de que se le volvieran díscolos y no la dejaran vivir, al principio los mantenía sujetos a una disciplina férrea, a todos los trataba igual y todos tenían la obligación de hacer las mismas cosas.
     Pero a medida que pasaba el tiempo, se iban volviendo más desobedientes y el desorden en casa llegó a ser extenuante para ella. Como no era de mal carácter sino de muy buen corazón, en lugar de aumentar la dureza de los castigos, permitió a cada uno que hiciera lo que quisiera siempre que no fuera un peligroso disparate concebido desde la inexperiencia, porque se sentía impotente para seguir luchando escrupulosamente contra el caos.
     Fue entonces cuando sus nueve hijos empezaron a parecer uno solo y el orden y la armonía volvió a su casa.

Seis microrrelatos sobre la libertad (IV)

A mi amada

     -Si yo pudiera hacer las leyes, los ponía a todos en fila, como en el colegio. Así no habría pederastas como ese tío desgraciado -esto le estaba diciendo el sargento Martínez a la teniente Gómez.
     -Que no, que no, Amancio -respondió la Gómez-, no seas retrógrado, no van a pagar todos por unos pocos.
     -¿Unos pocos? -dijo Martínez-. El que no hace nada malo es por miedo a la autoridad, si conoceré yo al género humano.
     En ese momento llegó el oficial que estaba interrogando al pedófilo.
     -¿Le has sacado algo a ese bastardo? -le preguntó Martínez.
     -Al principio era reacio -respondió el oficial-, luego he dejado de amenazarlo y le he hablado más blandamente y lo ha confesado todo, me ha contado hasta cómo eran sus padres. ¡Menudo miedo les tenía el individuo!

Seis microrrelatos sobre la libertad (III)

A mi amada

     Se sentía como si deseara desesperadamente escapar de la jaula de su cráneo. Era la enésima vez que ocurría. Le habían dado un asiento en la segunda fila en la ceremonia y, en cambio, el detestable y arrogante Eduardo, que no merecía ni siquiera un puesto en la tercera, había visto el homenaje en los asientos de privilegio.
     Le negaban el reconocimiento, le negaban la dignidad, le negaban el éxito... Estaba atrapado en una sociedad de ineptos. Él merecía la primera fila, incluso el homenaje que le acababan de rendir a otro. Él merecía ser colocado en el lugar más alto y, sin embargo, le colocaban en segunda fila... Su interior se debatía violentamente como deseando salir de una prisión.
     Dio un puñetazo en la mesa de su despacho y luego un cabezazo hacia atrás contra la pared. Entonces se desprendió el cuadro de van Gogh que había encima y cayó sobre él. Era una reproducción de los Girasoles, el que llegó a ser el cuadro más caro de la historia, menospreciado en su tiempo por todo el mundo.
     Lo agarró lleno de furia y lo hizo pedazos.
     -Van Gogh no cumplía religiosamente todas las normas y preceptos como hago yo -se dijo para rebelarse contra aquel simulacro de señal divina.

Seis microrrelatos sobre la libertad (II)

A mi amada

     El rabino salió de casa de Charles con su conciencia muy tranquila, pensando que había confortado el espíritu de una persona en la extrema tribulación, la muerte de un hijo. Pero Charles solo había fingido sentirse consolado; en realidad, el rabino solo había agravado sus remordimientos. Si era Dios el que cuidaba del bien, si Yahveh era el dador de todo lo bueno que podía sucederle a un ser humano como le había dicho el rabí Moisés, entonces, sin duda, él era el responsable de la debilidad de la constitución física de su hijo y la cortedad de su vida, de sus dolores y de su aflicción, él había estropeado la labor de Dios.
     Se sintió asqueado de sí mismo y de sus semejantes. Cuando sus intereses económicos le habían impulsado a actuar con extremo cinismo, la idea de que Dios imponía el bien a los hombres por ser ajenos a él le servía para olvidarse de su conciencia pensando que el todopoderoso tendría paciencia con él pero ahora se trataba de su hijo, ahora era a su hijo a quien le había faltado su auxilio porque no había actuado como Dios deseaba por ser un mísero ser humano, una criatura tendente al mal y al pecado.
     Pero un repentino arrebato le hizo sentir la necesidad de la rebelión. ¿Por qué tenía que obrar según los mandamientos de Dios? Dios no era su semejante puesto que había de imponerle una ley ajena a su naturaleza, Dios era en realidad su carcelero, su opresor, el ser que le extorsionaba para no dejarle ser. Ansió entregarse al mal sin freno alguno, renegar de Yahveh, dedicarse a vivir con cinismo y egoísmo extremo el resto de su vida. Entonces le habló su corazón para arrastrarle hasta la compasión y la generosidad y vio que era únicamente ahí donde habitaba el bien y no en los cinco libros de una ley escrita hacía milenios. Su corazón le impulsaba al bien; era al sentir la presión de los criterios externos cuando perdía su capacidad para la empatía.
     Recordó su amor a su hijo y a su esposa, su afecto por sus vecinos y amigos, la felicidad con que recibía las buenas noticias del periódico o la alegría que sentía los días de fiesta, cuando se veía rodeado de semejantes llenos de dicha, disfrutando del placer de vivir. Supo que Dios no añadía nada al bien que habitaba en sus sentimientos, lejos de ello, esa idea le llenaba de remordimientos y le impulsaba a actuar mal en contra de sus deseos más íntimos. Hacía tiempo que la enfermedad de su hijo le había hecho alejarse de su fe pero ahora, definitivamente, la arrojó de su conciencia y descubrió que era bueno e inocente.

Seis microrrelatos sobre la libertad (I)

A mi amada

   El boticario del pueblo tenía en su mente una larga lista de cosas que no podían suceder. Entre ellas estaba combinar mal las dosis de las sustancias al elaborar los medicamentos para los enfermos pero le preocupaban muchísimos otros imposibles que, en caso de suceder, lo derrumbaban y abatían su ánimo, desde que dejara la sirvienta la palangana encima del mostrador hasta que las llaves de los armarios no estuvieran alguna vez en el cajón de su mesita de noche, desde que su mula no estuviera cepillada un domingo por la mañana hasta que los días de caza no consiguiera más de tres piezas. Cuando veía a los pillastres jugando a los naipes en la calle, sentía responsabilidad suya persuadirles de que los juegos de azar eran un feo vicio y que harían mejor yendo a la iglesia a pedir a Dios que guardara sus vidas y los hiciera hombres buenos el día de mañana; nada le hacía comprender que aquellos chicos habían oído ya su sermón tantas veces que carecía de sentido repetírselo una vez más, él volvía una y otra vez a adoctrinarles con los mismos argumentos, entregándose a la voluptuosidad de contemplarse a sí mismo en actitud edificadora.
     Su vida habría transcurrido sin variación alguna metida en su prisión para las cosas que sí eran posibles si no hubiera sido porque un día vio al gato caminando por la estantería, muy cerca del recipiente de una de las sustancias que necesitaba para el dolor de muelas del cura. El gato no podía tirar al suelo aquel frasco de cristal porque, si lo hacía, el frasco se rompería, el cura no podría aliviar su molestia, su esposa se daría cuenta de que no había tirado la mascota a la calle, el suelo se llenaría de vidrios rotos provocando su horror puesto que desde niño les tenía miedo, el chico de los recados se reiría de él al comprobar el tic nervioso que aparecía en su rostro ante la sensación de caos y la mula se quedaría sin cepillar para el día siguiente que era domingo porque tendría que ir a la ciudad a comprar otra botella de aquel producto que era tan caro, cosas todas ellas que eran imposibles.
     Pero en ese momento, entró la Guardia Civil y le preguntaron si había sido él quien había vendido a la hija del sastre el sobre que llevaban en la mano. Su corazón se puso a palpitar con vehemencia y sintió una honda angustia, si le había vendido veneno inadvertidamente a la hija del sastre, acabaría en la cárcel, quizá para el resto de su vida cuando no se le condenara a la pena de muerte y eso eran cosas que no podían pasar, él no podía ir a la cárcel y mucho menos morir, era una cosa que jamás se permitiría, hasta el último segundo de su vida negaría que se estuviera muriendo.
     El gato tiró el frasco de cristal en el forcejeo por huir de los guardiaciviles pero el boticario encontró el hecho tan natural en aquel momento de extrema desesperación que él mismo se sorprendió de los pensamientos angustiosos con que lo predecía unos minutos antes. Tan hondamente experimentó esta revelación interior que, perdiendo en ese mismo instante toda la ansiedad que le había provocado la llegada de la Guardia Civil, les dijo casi sonriendo:
     -Voy a cambiarme de ropa y ya me marcho con ustedes.
     Entonces uno de los guardias le dijo:
     -Pero si nosotros solo queremos pagarle el medicamento porque la hija del sastre es mi novia y me ha dicho que le diga que me cobre lo que le debe.
      Desde aquel día, el boticario decidió considerar posible cualquier cosa excepto el cautiverio de su alma.

10 de diciembre de 2013

El as

A mi amada

     Juan Pérez se podía decir que, desde que nació, estuvo condenado a ser un as. ¿Qué otra cosa puede incubarse en la mente de un niño cuya madre espera de él una férrea obediencia a cambio de permitirle que su conciencia esté en paz? Candela, su madre, era una persona de gran pragmatismo, apegada a la idea de utilidad e incapaz de ocupar su pensamiento con algo que no fuera accesible al tacto y visible a plena luz del día. Para ella, las cosas que de verdad importaban en la vida eran las que se podían comentar en voz alta en una reunión con extraños. Lo auténticamente imprescindible, según su forma de verlo, había de tener la consistencia de una zanahoria o de una firma sobre un papel. En sus primeros años, Juan aprendió que la desobediencia era un pecado; si algo detestaba Candela era que las cosas escaparan a su control y con su hijo no quería hacer una excepción pero poco se ocupó de que esta circunstancia no estropeara su carácter y, tras su niñez, comenzó a demostrar serios problemas para confiar en sí mismo.
     Su escepticismo acerca de su propia capacidad y del valor de lo que hacía solo era superado por su horror a la incertidumbre y su consiguiente ansia de acabar con el azar. Creía en una forma idónea de hacer las cosas y, si algo escapaba a ella, se llenaba de frustración y ansiedad y caía bajo el tormento de la culpabilidad y la vergüenza. Su mundo, al contrario que el de su madre, era el del conocimiento y el espíritu pues era un amante del arte pero, como el de ella, tenía el carácter de lo contundente y ansiaba el reconocimiento más absoluto para sus obras.
     Como era de esperar en un carácter tan acomplejado, conoció el amor muy tarde. El influjo de su amada convirtió su obra en una efervescencia de sentimientos intensos pero el dolor estaba demasiado presente en ellos. Las muestras de amor de su amada nunca le parecían suficientes, la duda le acosaba insistentemente, pensaba que solo podía despertar frialdad en una mujer porque nunca conseguiría complacerla por completo y, temeroso de perder a aquella mujer, a la que amaba más allá de lo razonable, se atormentaba sin que objetivamente hubiera motivo alguno.
     Sentía una inmensa felicidad al entregarse por primera vez en su vida a un amor pleno, sin sentirse obligado a cumplir ninguna exigencia interesada del otro, pero dentro de sí todavía albergaba una necesidad intensa de evadirse del azar, de burlar cualquier contingencia, de hacerse auténtico dueño de su amada para evitar para siempre el riesgo de perderla. A su corazón le bastaba amar pero su obcecación le pedía poseer.
     Una noche, Juan Pérez discutió con su amada porque esta encontró denigrante para ella que hubiera puesto su nombre y sus apellidos en un cuadro donde se representaba una mujer desnuda. Esta reacción la interpretó como una muestra de desapego y la achacó a su antigua sospecha de que no era merecedor de su amor. La acusó de una actitud cruel al demostrarle un amor que en realidad no sentía y, aunque sus sentimientos por ella eran tan puros y tiernos que jamás le hablaba otra cosa que palabras dulces, impulsado por un ansia acusadora, salieron de su boca palabras brutales, negación absoluta del amor.
     -¡Me has hecho creer que me querías, eres una imbécil! -le gritó.
     -No creo que tus sentimientos sean los que me has manifestado hasta ahora -dijo ella- puesto que te atreves a insultarme de esa manera.
     El escepticismo de Juan Pérez, tomando una dirección opuesta al oír aquellas palabras, le hizo responder:
     -Perdóname, Rosa, te quiero, me he salido de mis casillas porque no he comprendido por qué, si eres mi novia, no puedo poner tu nombre en el cuadro, pero entiendo que te da vergüenza.
     -Juan, mi nombre y mis apellidos no es un título adecuado para un cuadro -dijo ella-, está claro que se lo has puesto únicamente para representar tu toma de posesión sobre mí, algo que no estoy dispuesta a tolerar porque amo mi libertad y mi independencia. El hecho de que no lo comprendas y que, por añadidura, me insultes violentamente te coloca en el papel de un maltratador. No hay amor en tu corazón, solo afán de dominio. Ante esta circunstancia, no me queda más opción que marcharme.
     Juan no pudo impedir con sus palabras el abandono de Rosa y se sumió en una honda desesperación. Había culpabilidad y vergüenza en lo que sintió los días y semanas siguientes, el amor estaba escondido bajo el manto de frustración que le ocasionaba el deber no cumplido, la irrupción de lo contingente, de lo no planeado, de lo no sometido a gobierno. Pero pronto dejó estas sensaciones por el sentimiento de amor puro que había despertado su corazón al principio de la relación; comprendió lo poco que importaba que ella accediera o no a ofrecer signos formales del amor que le tenía puesto que la felicidad del amor está más allá de lo que se ve o se toca, de lo que se dice o se entiende, de lo que se hace o no se hace. Vio que ella estaba en lo cierto al hacerle aquella dura acusación de maltratador puesto que un amor que abandona el territorio de la libertad más pura y que deja de permitir al otro la autonomía de su vida solo causa sufrimiento, efecto contrario al del amor verdadero, que es luminosa felicidad, paraíso en la Tierra.
     Miró dentro de su corazón, vio que la amaba y abandonó su tristeza. La deseó libre, sin nada que la atara a él para que el afecto que los uniera fuera más verdadero y esencial. Pero sobre todo sintió su alma colmada de la belleza de ella, una belleza imposible de expresar, incomunicable, revelada exclusivamente a él. Ella era el fin, no había nada más importante para su corazón ahora, y sin el azar ella no podía existir porque la vida es azar, la vida se renueva cada día, cada árbol es distinto, cada soplo de aire es irrepetible, cada aleo de mariposa es diferente, nada es imperfecto, todo es bello, todo lo real es hermoso por el hecho de serlo. La verdadera esencia de la vida está más allá de la utilidad práctica, la esencia de la vida es la belleza que intuye el corazón.
     Juan fue a casa de Rosa y le habló con un afecto tan desinteresado y tan libre de polémica que Rosa volvió a abrirle el alma.

5 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (VI)

A Txaro Cárdenas

   Había una cola enorme para entrar al cine. Daban la última de Stallone, Asilo de ancianos, una película de acción trepidante. Hubo una trifulca en la cola porque una persona había intentado coger una posición más avanzada de la cola indebidamente. Detrás de mí venía una chica preciosa. Compré mi entrada y me quedé mirando cómo la compraba ella. Pero la taquillera le dijo que no quedaban, la mía había sido la última. Sin pensármelo un minuto, le cedí la mía, me sonrió con sus bonitos labios y me quiso abonar el precio pero yo le dije que no tenía que pagármela. El dinero de la entrada era lo último que me quedaba en el bolsillo, no tenía tarjeta para un cajero automático, era el último día que proyectaban la película pero no me importaba, yo le regalé la entrada a aquella chica de tan simpática sonrisa. Como no tenía otra cosa que hacer, me senté a ver pasar el tiempo en un hueco de ventana del cine. Me puse a reflexionar sobre el bien, me dije que es justo lo que mejor va con nosotros. Me dije que no en vano se llama bien y que lo que causa sufrimiento y agobio jamás debería considerarse comportamiento bondadoso. También pensé en la chica, en la belleza de su rostro, y sentí tanto placer recordando su sonrisa de agradecimiento que me parecía inconcebible haber tomado una decisión mejor que la tomada. A la media hora, salieron seis o siete personas del cine, algunos comentaban lo fastidioso y estúpido de la película. No habían sentido ninguna emoción agradable, recordarían siempre con disgusto el rato que habían pasado dentro del cine. Un cuarto de hora después, salían otras cinco o seis personas, al parecer, también decepcionadas por la película de Stallone. Pero cuando supe con seguridad que la película era insufrible, no sentí satisfacción por no haberla tenido que ver sino disgusto porque la chica de la sonrisa preciosa no había salido demasiado beneficiada con mi gesto de solidaridad.

4 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (V)

A María José Valverde

     Eliafel reencarnó siete veces antes de alcanzar la perfección. En tiempos de los asirios, formó parte de sus tropas y vivía entregado al sueño de hacer a su rey dueño de todo el orbe pero la desazón por ver llegar el día en que la paz del mundo fuera universal no lo dejaba vivir. En tiempos de los romanos, fue dueño de una villa. Cultivaba sus tierras con la ayuda de esclavos. Se dedicaba a vivir disfrutando de todos los placeres permitidos y algunos de los prohibidos pero se sentía tan necesitado de experimentar constantemente nuevas y vivas sensaciones que, sintiendo que nunca gozaba tanto como en la ocasión anterior, la desazón lo consumía y no lo dejaba vivir.
     En tiempos de la expansión islámica, fue jefe de una tropa militar musulmana. Quería que sus guerreros conquistaran más rápido y con más ardor las tierras extranjeras. Nunca se sentía satisfecho con una conquista, siempre le parecía una victoria demasiado costosa, demasiado lenta, decepcionante. La desazón de alcanzar cuanto antes la frontera de los mares consumió la mayor parte de su vida y, cuando al fin lo logró, miró hacia el horizonte opuesto con codicia y volvió a sentir profunda insatisfacción. En la Edad Media europea, fue monje cluniaciense. Se dedicaba a orar y vivir el recogimiento espiritual. Su vida era de absoluta pasividad y renuncia del mundo. Pero por dentro temía el castigo divino y tanta era su fe en los castigos del infierno y en la intransigencia de Dios que una profunda desazón le fatigaba y estropeaba toda su vida.
     En la época de la Revolución francesa fue uno de los responsables del Terror. Su obsesión era hacer rodar cabezas y más cabezas, separarlas de tantos cuerpos como fuera posible para que la revolución no se truncara. Cuando el periodo de la revolución quedó atrás, tan vacío se quedó por la disminución del ritmo de ejecuciones que la desazón le amargó el resto de sus años: realmente era un hombre que disfrutaba trabajando. En el siglo XX fue empresario, primero tuvo una tienda, luego un supermercado, luego comenzó a fabricar productos alimenticios, luego extendió por todo el país sus fábricas, consiguió convertir su empresa en una multinacional, llegó a influir en la política de las superpotencias pero, durante la crisis del 73, quebró y se quedó tan vacío por dentro que acabó sus días en un centro psiquiátrico.
     En su séptima reencarnación, fue un poeta del siglo XXII. Sus colegas le instaban a practicar la corriente literaria en boga, llamada Galaxismo, pero él no entendía una palabra de esa tendencia y no tuvo ganas de hacerlo. Era costumbre en aquella época elegir una religión de diseño confeccionada para cada grupo concreto de perfiles afines y todo el mundo tenía la suya pero él, cuando comprobó la clase de chusma que coincidía con su perfil, se volvió renegado y ateo. Los matrimonios se concertaban en concursos de carreras de sacos, pero él siempre se quedaba el último porque el premio no le gustaba nunca. Los prohombres de la política le solicitaban odas elogiando bien las venerables piedras del palacio del Congreso, bien la honrosa historia de la política nacional, bien el bello busto de algún antepasado glorioso, bien la brillante inteligencia del presidente de la nación, bien la riqueza boscosa del patrimonio nacional pero él, cuando pensaba en estos temas, se quedaba dormido y no era capaz de escribir ni el primer verso.
     A la mayoría de los humanos de aquel siglo, se les calcificaba el corazón en su afán por utilizar una especie de televisor que permitía conseguir cualquier cosa que se deseara pero que volvía el corazón como una piedra tras un contacto más prolongado de lo debido. El quería cosas, como cualquiera, pero nunca se le calcificó el corazón porque, en cuanto sentía que se le empezaba a endurecer, renunciaba a la cosa asqueado y lleno de escrúpulos.
     Cuando llegó al más allá tras esta séptima reencarnación, el alma suprema le ofreció un cuerpo sutil para reencarnar en una dimensión más espiritual ya que al fin se había comportado con coherencia con su corazón en su última vida en la Tierra pero a él no le apetecía ser un gas noble y le dijo al alma suprema que le volviera a dar un cuerpo humano porque había descubierto que la vida en la Tierra era como el paraíso.

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (IV)

A mi amada

     Antonio Amargo quiso durante toda su vida gozar de una alegría sin sombras, rechazaba todo dolor, estaba plenamente de acuerdo con los psicólogos cuando recomendaban quererse en primer lugar a sí mismos y más tenuemente a las demás cosas, de hecho era lo que aseguraba hacer él, que se consideraba un hombre lleno de salud mental y plenamente feliz. Pero a los cincuenta y cinco años, se ahorcó porque estaba aburrido de la vida.
     Su hermano, Juan Amargo, vivió hasta los ochenta y cinco años. La mayor parte de su vida la pasó tristemente porque sentía que la mujer a la que amaba no le correspondía plenamente. En rigor, era un amargado, un hombre con un ánimo gris que no disfrutaba de la vida pero él no concebía mayor felicidad que la de entregarse a soñar con la posibilidad de que aquella mujer le estuviera amando realmente. Otras penas se sumaban a la del supuesto desamor como atraídas por esta y la amargura presidió sus años pero, dentro de su dolor, la fe infinita en el amor que sentía por su amada volvía su vida algo digno de vivirse.
     Tras su muerte, su amada llevó las más bellas flores a su tumba mientras vivió, realmente lo amaba más que otra cosa en el mundo pero no fue capaz de transmitirle con claridad este sentimiento.

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (III)

A Eya Jlassi

     José Manuel se pasó cuatro meses de inquietud intentando que Marta saliera con él. Luego pugnó duramente porque accediera a mantener relaciones sexuales con él. Cuando al fin lo consiguió, no descansó su ánimo hasta lograr que le confesara que le amaba a él más que a ninguna otra persona del mundo. Después de casarse, sufrió mucho hasta que ella se quedó al fin embarazada porque deseaba ser padre. Tras tener su primer hijo, que era un varón, su angustia fue grande mientras no consiguió tener una niña. Les costó otros tres embarazos porque Marta tuvo otros dos varones a continuación. Cuando nació la niña, José Manuel la miró a los ojos y dijo:
     -Esta niña tiene que ser bailarina.
     Se gastó una fortuna en clases de ballet y tras veinte años de sacrificios, desgaste emocional y frustraciones, la niña debutó en el Teatro Nacional. Sus restantes hijos también fueron objeto de su desvelo, quería que sacaran sobresalientes carreras y que fueran influyentes hombres públicos.
     Cuando iba a jubilarse y al fin tenía a todos sus hijos colocados, se destapó una trama de corrupción en la que habían participado sus tres hijos varones e incluso su hija había tomado un pellizco en el botín aunque esto último se quedó en un secreto de familia. Su esposa Marta entró en una depresión y hasta se les murió el perrito por pura desatención. Sus tres hijos fueron a la cárcel y solo salieron cuando él tenía ochenta años y se había pasado quince ansiando su regreso.
     El menor de sus varones dejó embarazada a una camarera y José Manuel insistió, en medio de un afán desesperado, hasta que consiguió de su hijo que le diera sus apellidos al niño que dio a luz la mujer. Durante los últimos quince años de su vida, estuvo sufriendo porque su nieto, el único que tenía, era muy díscolo, no conseguía ninguno de sus propósitos con él, solo obedecía a su instinto, no por maldad sino porque no era capaz de entender ni compartir ninguno de los deseos de su abuelo.
     En el lecho de muerte, José Manuel mandó llamar a su nieto y le dijo:
     -Tú tienes que ser escritor y contar la historia de mi vida...
     Pero su nieto respondió:
     -No abuelo, a mí no me gusta escribir, que te la escriba mi padre...
     Ante esta postrera desobediencia de su incomprensible nieto, dio un suspiro y, lleno de desazón, dejó este mundo.
     Su nieto, que se llamaba como él, al mes siguiente, encontró una chica que le gustaba. Cuando hablaba con ella, tan feliz se sentía que no echaba de menos nada en este mundo, no pensaba en el siguiente paso que tenía que dar con ella, ni siquiera en la siguiente hora, ni en el siguiente minuto: le bastaba con mirar a sus hermosos ojos y su sonrisa de aurora para quedar completamente satisfecho. No temía lo que pudiera ocurrir en el mañana, él tenía una fe indestructible en su corazón y sabía que, pasara lo que pasara, le bastaba con mirar hacia su interior para alcanzar la felicidad.

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (II)

A Susana Escarabajal

     Josefa y Carlos hacía dos años que estaban casados pero, cuando llegaban del trabajo, no sabían qué hacer. Tenían una idea de la diversión basada en los lugares comunes y habían pasado por todos ellos con tanta asiduidad que ya no les estimulaba ninguno.
     En el piso de enfrente, vivían dos ancianos, Juan y María. Ellos eran felices como dos niños, no conocían la rutina ni el aburrimiento. Sus corazones estaban henchidos de felicidad. Poco les importaba qué cosa concreta hicieran juntos, solo les importaban sus corazones y la belleza del otro.

3 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (I)

A mi amada

     Alberto conducía su vida con el ineludible auxilio de las explicaciones. Algo que careciera de ellas debía, según su criterio, ser erradicado del comportamiento en la mayor medida posible. Sus explicaciones bebían de la filosofía materialista para mayor seguridad pues, según pensaba, estaba casi probado que todo en el universo era materia, excepto la antimateria que era lo contrario pero que pertenecía a otra dimensión que no debía preocuparle.
     A su esposa la agasajaba cuando esperaba sexo de ella o alguna otra ventaja para él, como que bajara la basura. No encontraba otra explicación al deseo de una compañera que la de que era un complemento a las limitaciones y necesidades físicas. Había personas románticas pero dudaba profundamente de su inteligencia y sentido práctico. Él no se permitía entregarse a los caprichos vanos de la fantasía, era un hombre con los pies pegados a la tierra y, si los científicos decían que las causas últimas de la realidad eran materiales, ya no había razón alguna para pensar que los sentimientos tuvieran valor alguno. "Meras reacciones químicas", pensaba, "¿para qué cultivarlos con celo si hoy los tengo y mañana se han esfumado por completo como pólvora que arde?".
     Educaba a sus hijos con lógica y sentido de la utilidad. Les disuadía de entregarse a los excesos de la imaginación, corregía cualquier creencia infantil que se les pasara por la cabeza y les llenaba sus pequeñas mentes de explicaciones sencillas y someras como iniciación a una vida de inspiración completamente racional y esclarecida. Y, para liberarse de la obligación de manifestarles afecto, les compraba todos los juguetes y enredosas futilidades que le pedían.
     Era un hombre trabajador y obediente a su jefe, cumplía a rajatabla cualquier orden o norma relacionada con su actividad. Disfrutaba de su trabajo porque todo en él era inteligible y explicable. Soñaba con un mundo bien coordinado donde todo funcionara según las reglas más racionales y la humanidad fuera como un gran organismo mecánico en el que todo estuviera sometido al dictado de la razón y la ciencia. No sabía a qué meta seductora de la tecnología llevaría este logro a los hombres pero desde luego no les faltaría satisfacción pensando que hacían justo lo que había que hacer.
     Pero Alberto contrajo una enfermedad. Su colesterol comenzó a dar índices peligrosos en los análisis pero no había manera de reducirlo. Para mayor complicación, contrajo una diabetes y problemas cardíacos. Los médicos dictaminaron que eran los síntomas de una enfermedad rara sin cura posible y mortal de necesidad. Muy afectado por este suceso, se volcó en una reflexión introspectiva, durante semanas, buscando el sentido a este nuevo e inesperado tramo del camino.
     Alberto miró al abismo del final de la vida y se preguntó con escepticismo sumo qué le importaba ya a él la materia si ya casi no era dueño de ella y qué explicación lógica podía encontrarle a la existencia ahora que la contemplaba con la perspectiva del viajero que regresa a su auténtico país.
     Vio claro que nada de lo que decía la ciencia, que tan inútil se había manifestado en su dolencia, atañía a su felicidad y que ni siquiera eran auténticas verdades. ¿Qué valen todas las explicaciones precisas y definitivas sobre lo que puebla el universo, se dijo, si el auténtico mundo en el que vivo es mi espíritu y este es capaz de hacerme vivir cualquier realidad, incluso las imposibles y absurdas? ¿Y qué valor hay en seguir normas y reglas de conducta llenas de rigor lógico si la lógica es de todos pero nadie más que yo morirá cuando esta enfermedad me consuma? ¿Qué vida he vivido, en qué mundo he habitado si apenas he sentido otra cosa que las generalidades que todos sienten? La materia real y concreta es una cosa diferente a la suma de abstracciones que la caracterizan en el discurso de la descarnada razón. Percibimos las diferencias pero no las cosas en sí. ¿Qué soy yo? Un hombre porque no soy un perro pero más allá de todo lo que no soy, hay algo que soy y eso es invisible y escapa a toda descripción, solo es accesible para el instinto de la vida.
     Supo, tras estas revelaciones, que había desaprovechado su tiempo, que la verdadera sabiduría para la existencia está en el corazón, que la verdadera felicidad nos sorprende en lo más ignoto de las intuiciones del instinto, no importa que no le encontremos una explicación, una causa o utilidad. Había vivido como hombre pero había olvidado vivir como él mismo, un camino absolutamente distinto, insólito y vedado a la razón.
     Pasó sus últimos meses de vida escribiendo poemas de muy mala calidad pero que, para él, estaban llenos de sentido porque en ellos se vivía él, en toda su intensidad, cerrando sus oídos al clamor unánime de la multitud.