28 de noviembre de 2013

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     Máximo vio a Helena en la estación, esperando para tomar un tren; se levantó aceleradamente de su asiento, corrió hacia ella y le tocó en el hombro. Ella se volvió.
     -Hace más de diez años que no nos vemos -dijo entonces Máximo emocionado.
     -Sí, hace diez años y cuatro meses de nuestro divorcio -dijo ella sonriéndole y con un brillo de ternura en los ojos.
     -¿Sabes que no he dejado de quererte? No me he vuelto a casar por eso -dijo él.
     -No me digas. Yo tampoco me he casado, te he querido demasiado como para que el divorcio no me haya traumatizado de por vida -dijo ella.
     -¿Por qué lo hicimos, Helena? -dijo él.
     -Porque así lo quisiste -dijo ella.
     -Fuiste tú quien lo quiso -dijo él con rabia contenida pero, de pronto, una intensa emoción le impidió seguir hablando y, movido por un ímpetu irrefrenable, la abrazó y besó enérgicamente-. Vamos a casa, Helena, tengo mucho que contarte, ha pasado mucho tiempo -suplicó Máximo mientras la tenía abrazada lleno de amor.
     -Sí, Máximo, vamos... Parece que fue ayer mismo cuando te vi por última vez -dijo Helena muy enternecida-. Llevabas la corbata hecha un horror.
     -El tiempo ha pasado volando -dijo él cogiéndole a ella las manos y mirándola de arriba a abajo-. Me siento como si hubiera pasado solo una hora divorciado de ti.
     Helena frunció el ceño y, poniendo tono de madre enfadada, le dijo:
     -¿Qué te he dicho de los besos cuando estoy maquillada? Nunca vas a aprender, Máximo, ahora tendré que limpiarme y retocarme, de verdad que me pones de los nervios.

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