28 de noviembre de 2013

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (I)

A mi amada

     Sin ella, su vida era un camino sórdido y frío, sin alicientes, vacío y solitario. La aguardaba desde hacía meses, lleno de aflicción por la añoranza de su presencia pero también convencido de que volvería. No se duda de la posibilidad de lo que nos es esencial para existir y ella era esencial para él.
     Muchas noches la amargura lo vencía y sentía que su vida se había acabado, que ella jamás regresaría como sugería tan larga ausencia pero al otro día miraba sus fotos, contemplaba su rostro sereno y bondadoso y conseguía recuperar la esperanza porque no era posible que un alma tan inocente cumpliera las amenazas con que se despidió de él, no era posible que lo abandonara para siempre porque sabía hasta qué punto era amada por él.
     La Nochebuena de aquel año fue muy fría pero él no encendió la chimenea, pensaba en el calor que le faltaba a su corazón y no quiso hacer nada por el que le faltaba a su cuerpo, mucho menos importante. Tras una cena que no se salía de lo más habitual e incluso fue más gris que de costumbre, cogió un bolígrafo y un cuaderno y comenzó a escribir una larga carta dirigiéndose a ella. Era su forma de superar la soledad, era el tercer cuaderno que utilizaba para ese fin y ya estaba prácticamente completo; en aquellas fechas, se sentía especialmente necesitado de ella y había rellenado casi todo el cuaderno en unos pocos días. Le preocupaba quedarse sin papel en el que escribir al día siguiente porque no tendría la oportunidad de comprar una libreta nueva por ser día festivo pero había decidido que, de ocurrir algo así, arrancaría de los libros que tenía las últimas páginas en caso de que, como suele suceder, estuvieran en blanco y escribiría en ellas mientras volvía la oportunidad de comprar su nueva libreta.
     Eran las diez de la noche pasadas y, como se temía, su verborrea le estaba llevando a acabar con las pocas páginas en blanco que le quedaban a su cuaderno, se le caían las lágrimas, le estaba escribiendo lo mucho que lamentaba su mal comportamiento, el amor que sentía por ella, el dolor inmenso que sentía por su marcha y el horrible presentimiento del que era presa en esos momentos, que le hacía temer que ya nunca más volvería. La libreta se acabó y fue a arrancar las páginas en blanco de todos los libros que pudo. Volvió a la mesa de su cocina, se sentó con el paquetito de papeles, se inclinó sobre ellos con su bolígrafo en la mano y, al pasar la punta del bolígrafo por la primera hoja, comprobó con desesperación que se le había acabado la tinta. No había otro bolígrafo en casa, ya no podía hablar con su esposa, decirle lo bonita que era, hablarle de amor aquella noche tan gélida...
     En ese mismo instante, oyó ruido frente a la puerta de casa y, antes de escuchar el sonido inconfundible de la cerradura abriéndose, sin saber por qué, supo que era ella...

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