23 de noviembre de 2013

Las dos opciones

A mi amada

     Carmelo Ruiz tenía una novia por la que no acababa de sentir un gran amor, su corazón aspiraba a más, esa era la extraña verdad pero, cuando su padre, encantado con la idea de convertir en su nuera a aquella chica tan desenvuelta y habladora, le animó a una unión pronta y le prometió dieciocho mil euros para comenzar la vida en pareja si se casaba antes de fin de año, Carmelo fue a pedir consejo a su amigo más íntimo, Ricardo Trevélez.
     Cuando Ricardo escuchó el planteamiento de la disyuntiva de Carmelo, fue a la estantería de su biblioteca, sacó un libro, sopló para quitarle el polvo de la parte de arriba y dijo mientras lo ojeaba:
     -Este libro de psicología describe a la persona perfecta y equilibrada empleando argumentos de una lógica aplastante. Dice que debemos discutir nuestras creencias irracionales. Tú crees que Patricia es imperfecta pero no sabes decir por qué. ¿Qué es eso sino una creencia irracional? ¿Dónde está el defecto, Carmelo? Repasa en tu mente cada una de las partes de Patricia y dime dónde falla y, si encuentras algo, te diré que no te cases antes de fin de año y que renuncies a los dieciocho mil euros... -al cabo de un rato de silencio en el que Carmelo no se decidió a responder, prosiguió Ricardo:- a mí me encanta Patricia, es fascinante, me acostaría con ella sin pensármelo dos veces.
     Carmelo levantó su cabeza para salir del ensimismamiento reflexivo en que se encontraba, suspiró y dijo:
     -Me caso, Ricardo...
     -¡Enhorabuena, Carmelito! -exclamó con alegría Ricardo dándole fuertes palmadas en el hombro- ¡Ya tienes padrino, majete!
     Cuando se casó, su padre le recomendó que dejara su trabajo y trabajara para él. Aunque el trabajo que le proponía su padre no era su vocación de toda la vida, consideró la gran mejora económica que el cambio le traería y se vio ante un dilema que no acertaba a resolver. Su corazón le pedía continuar con su trabajo porque era lo que le gustaba hacer pero no se decidía a olvidarse de la tentación con que le sedujo su padre. Como había leído el libro de psicología de su amigo, comenzó a discutir racionalmente sus dudas. Buscó la razón última por la que le gustara tanto hacer su trabajo de siempre y no encontró explicación alguna, por lo que consideró que su amor por él era una creencia irracional. Cuando lo advirtió, se sintió muy triste pero no quería cometer errores en su vida y aceptó el trabajo de su padre.
     Su vida, en adelante, fue perfecta, tenía una mujer sin defecto alguno aparente, un trabajo que llenaba de dinero sus arcas y que ejercía por serle indiferente la actividad a la que dedicara su vida pero no era feliz y el hecho de que no supiera por qué no mejoraba su estado de ánimo.
     Un día llamó a la puerta de su casa un fiel de los testigos de Jehová. Le habló de un dios que le conduciría a un paraíso a cambio de fidelidad y obediencia. Pensó que su vida era tan triste por no haber confiado nunca en su corazón, todo lo que tenía para dirigir su voluntad era la lógica y los consejos de los demás, sentía un enorme vacío en el lugar donde debería estar el sentido de las cosas, se dijo que iba a hacer caso esta vez a sus deseos aunque no tuvieran explicación, su deseo en aquel momento era obedecer, someterse a un poder superior al que rendir su sumisión, creía que ese era el verdadero impulso de su corazón, lo que le haría feliz por fin después de una serie de decisiones en las que no había tenido en cuenta sus anhelos. De modo que se convirtió a aquella religión. Su esposa no le discutió la decisión, lejos de eso, también se convirtió, no tenía opinión propia para casi nada.
     Creyó firmemente que su felicidad descansaba sobre cosas como que Jesús fuera el arcángel Miguel o que las transfusiones de sangre fueran odiosas a Dios. Ya no necesitaba una mujer de la que estuviera absolutamente enamorado, mucho más importante que cualquier sentimiento por otro ser humano era que ciento cuarenta y cuatro mil fieles irían al cielo a gobernar con Cristo, que Jesús no había muerto en una cruz sino en un poste o que debía evitarse cualquier forma de contacto con los espíritus.
     El día de su bautismo, sentía su fe en Jehová como una pérdida de responsabilidad, se había liberado como de un peso sobre su ánimo, él ya no importaba, importaba Dios, ese extraño ser que había creado la Biblia con todos sus capítulos y versos, comas y puntos, letras y números, de una vez para siempre, como el cuerpo del hombre o los árboles o el brillo de las estrellas pero usando tinta en lugar de realidad, esa misma tinta con que escribían los redactores del Hola o el Marca. Confundido entre la multitud de los fieles, sintió de pronto, debajo de la punta de su pie, el pie de otra persona, iba a apartarlo, llevado por un impulso de su corazón pero hizo una discusión racional de ese impulso; no había razón alguna para apartar el pie, iba a bautizarse enseguida, perdería todos sus pecados por arte de magia; cuando comprendió esto, dejó permanecer su pie en el lugar en el que estaba e incluso hizo una leve presión, lleno de fervor religioso.

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