18 de noviembre de 2013

El primer número

A Lluvia Rojo

     Un hombre que caminaba como un autómata se subió al escenario y se sentó en una de las sillas. El público calló expectante mientras el hombre miraba como pasmado hacia el patio de butacas. Comenzaban a oírse risas, el cómico parecía realmente bueno. Al cabo de un rato, al hombre se le abrió la boca y toda la sala estalló en carcajadas. El hombre puso entonces una expresión en su semblante de perplejidad aún mayor lo que aumentó la hilaridad de la gente. Fue entonces cuando el hombre pareció haber encontrado una explicación a las risas y rió a su vez, con una risa tan estúpida que los espectadores volvieron a reír con ímpetu redoblado. Una anciana muy estrafalaria subió entonces al escenario, cogió al hombre de la mano y bajó con él al patio de butacas y, tras avanzar por el pasillo, abandonaron ambos el recinto mientras el público los ovacionaba enfervorecidamente.
     Una vez fuera, la anciana le dijo al hombre:
     -¿Quién te crees que eres? ¿Un artista? ¡Tú no tienes cabeza para ser artista, botarate! ¿Es que pueden ser artistas los niños estúpidos? Eres como fue tu padre, un haragán presumido; pero él al menos no se subía a los escenarios para llamar la atención y avergonzarme.

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