29 de noviembre de 2013

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (VI)

A mi amada

     Gonzalo discutió con su amiga más querida porque ansiaba llegar a algo más serio y, a consecuencia de ello, su amiga desapareció. Tanto lo sintió Gonzalo que enfermó de una depresión. Su psiquiatra le recomendó unas vacaciones en la costa. Eligió un lugar a doscientos kilómetros de su casa y alquiló una casa por quince días.
     Él no era capaz de pensar en el esparcimiento, solo en ella, por eso, en lugar de ir a la playa a bañarse, se paseaba por caminos solitarios tierra adentro. Un día, caminando por una carretera bordeada de eriales abandonados, le abordó un conductor de automóvil para que le explicara cómo se iba a cierta dirección. Le entregó un papel donde se veía un croquis del lugar, que el conductor, pese a llevarlo consigo, no había conseguido descifrar completamente.
     Gonzalo le ayudó a interpretar aquel plano y el conductor se marchó pero gracias a aquel mapa casero, supo que, en el pueblo más cercano, había una fuente con un león. Eso le hizo pensar en ella porque se acordó de cuando fueron juntos al circo y ella, viendo al domador y sus leones, se sintió tan mal que tuvieron que abandonar la carpa. Decidió, envuelto en aquellos recuerdos, visitar la fuente. Pero tanto se entretuvo mirando las cosas del pueblo que llegó el anochecer y como ya no era prudente regresar caminando, contrató un taxi.
     El taxista le habló de sus hijos y de las notas excelentes que conseguían en el colegio y, a propósito de eso, le dijo que el menor tenía una señorita muy atractiva y, como suele suceder cuando un hombre habla a otro de una mujer guapa, ponderó lo sexualmente incitante de su belleza. Le dijo cómo se llamaba, no tenía ninguna relación con el nombre de ella pero se lo recordó porque una de las sílabas era idéntica. Tan arrobado se quedó por el recuerdo de su nombre que, sin darse cuenta, lo pronunció completo en voz alta. El taxista, al oírlo dijo sorprendido:
     -¿Conoce usted a mi prima?
     -¿A qué se refiere? -dijo Gonzalo.
     -Acaba de decir el nombre y los apellidos de mi prima que ahora vive en Toulouse -respondió el taxista.
     -¿Tiene los ojos de miel y el cabello castaño? -dijo Gonzalo con excitación.
     -Sí -respondió el taxista-. Y es delineante.
     -¿Me puede dar la dirección? -dijo Gonzalo lleno de inquietud y esperanza pues había llegado a la conclusión de que la prima del taxista era verdaderamente ella. El taxista se la dio cuando Gonzalo le explicó que era un viejo amigo.
     Gonzalo abandonó el pueblo en el que pasaba sus vacaciones y marchó esa misma noche en dirección a Toulouse. Al llegar al domicilio que le indicó el taxista, le abrió una mujer anciana. Gonzalo dijo el nombre de ella y la anciana le aseguró que era ella misma.
     -No puede ser, es delineante... -dijo Gonzalo desesperado.
     -Yo soy delineante -dijo la anciana.
     Gonzalo la miró entonces detenidamente y vio que tenía el cabello castaño y los ojos de miel y se derrumbó, las lágrimas cayeron inevitablemente sobre su rostro y se llevó las manos a la cara.
     -Pobre hombre... pase adentro, le voy a preparar un té... -dijo la anciana-. Y usted me cuenta su historia que eso le ayudará a calmarse.
     Gonzalo se limpió las lágrimas y denegó la invitación pidiendo disculpas. Caminó sin rumbo por las calles de la ciudad. Cuando pasaba junto a la fuente de la diosa Diana, vio a un hombre registrando una bolsa de viaje que, tras vaciar todo el contenido de la misma, la tiró en medio de la calzada y se lanzó a correr. Gonzalo recogió las prendas desperdigadas y las inspeccionó, convencido de que la bolsa era un objeto robado por aquel individuo que acababa de desaparecer corriendo. Entre lo que encontró, había un monedero y, al abrirlo, encontró algo que lo dejó estupefacto al tiempo que una ola de jubilosa esperanza inundaba su alma, el documento de identidad de ella.
     Hacía seis meses que no contemplaba con sus ojos aquellos bellos rasgos que mostraba la foto de su tarjeta, aun estaba absorto en su contemplación cuando apareció ella, tan sorprendida por el encuentro como febril él.
     -¿Por qué me abandonaste, Alicia? -dijo él-. Eres mi mejor amiga, lo más valioso que tengo, has destrozado mi corazón. ¡Cuánto horror he sentido al pensar que no iba a volver a verte!
     -Sentí miedo de ti, llegaste a gritarme -dijo Alicia-. El día anterior recibí una oferta de trabajo en este país y me vine sin decirte nada, creí que ya no te interesaba por la manera como me trataste.
     -Pensé que me mostrabas desapego y me impacienté pero he sentido el dolor del arrepentimiento cada minuto de tu ausencia -dijo Gonzalo.
     Alicia acarició su brazo y le dijo:
     -Vamos a un café y seguimos hablando, ese caco me ha puesto al borde de un ataque de nervios.
     Gonzalo ayudó a Alicia a meter las prendas en su bolsa y se encaminaron los dos hacia el café más próximo. Mientras caminaban dijo Alicia:
     -¿Cómo me has encontrado? ¿Me has estado siguiendo acaso?
     Gonzalo respondió:
     -Has sido tú la que ha venido hasta mí. El vacío tan grande que has dejado en mi interior te ha vuelto a sorber como hacen las ventosas.

28 de noviembre de 2013

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (V)

A Lluvia Rojo

     El abrazo de despedida frente al umbral de casa destrozó el corazón de Eduardo, salió al rellano de la escalera y comenzó a bajar los escalones a paso rápido.
     -¿A dónde vas, Eduardo? ¿No cierras la puerta de tu casa? -dijo ella.
     -Sí, la cierro, se me había olvidado, pero acabo de decidir que me voy contigo a Alemania -dijo él con voz clara y decidida-. No puedo vivir sin ti...

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (IV)

A Eya Jlassi

     La tormenta ensombrecía su ánimo. La lluvia le parecía un bombardeo de lágrimas de dolor y los rayos que restallaban en lo alto, cañonazos de odio contra su corazón solitario. El frío que se colaba por debajo de la puerta se le metía en el alma y la llenaba de desesperación. Pero, de pronto, el timbre de la puerta sonó. ¡Era Laura! La besó tiernamente. ¡Cuánto la había añorado! Seguía lloviendo. Las gotas eran para él ahora perlas que regalaba el cielo, que celebraba la belleza del mundo, los rayos, fuego de artificio, estrépito, dulce jolgorio que acompañaba el regocijo de su corazón. El frío seguía colándose por las puertas y ventanas pero eso le hacía feliz porque le permitía estarse muy pegado a Laura, al calor de la estufa, besándola, acariciándola y diciéndole encendidas palabras de amor.

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (III)

A Txaro Cárdenas

     Clara y Francisco tenían siete años, aunque aparentaban algunos meses menos porque el amor los rejuvenecía. Un día discutieron porque ella quería jugar a una cosa y él a otra y tan lejos llegó la discusión que él acabó diciéndole a ella:
     -¡Ya no soy tu novio! ¡No quiero verte ni en cien años! -y tras levantarse de donde estaba sentado con ella, se marchó a otro lugar del patio del colegio, muy lejos de allí.
     Pasó diez minutos observando a todas las niñas y comprobó que, para su gusto, eran mucho menos guapas que Clara; quiso resistirse y hacerse fuerte, le quedaban todavía cien años menos diez minutos que aguantar, cuando uno da su palabra, ha de mantenerla... De pronto, se imaginó toda su vida buscando niñas tan guapas como Clara sin encontrarlas, se vio soltero para siempre, apegado al recuerdo de su ex novia, sintiéndose rodeado de mujeres feas que querrían jugar a lo que quería él pero que no tendrían los ojos verdes como Clara, ni las pestañas largas y negras, ni los labios combados como los pétalos de una rosa. Cuando se vio tan atormentado por todos estos pensamientos que casi le faltaba la respiración, corrió al lugar donde había dejado a Clara, le dio un beso en la mejilla y comenzaron a jugar a lo que ella quería.
   

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     Máximo vio a Helena en la estación, esperando para tomar un tren; se levantó aceleradamente de su asiento, corrió hacia ella y le tocó en el hombro. Ella se volvió.
     -Hace más de diez años que no nos vemos -dijo entonces Máximo emocionado.
     -Sí, hace diez años y cuatro meses de nuestro divorcio -dijo ella sonriéndole y con un brillo de ternura en los ojos.
     -¿Sabes que no he dejado de quererte? No me he vuelto a casar por eso -dijo él.
     -No me digas. Yo tampoco me he casado, te he querido demasiado como para que el divorcio no me haya traumatizado de por vida -dijo ella.
     -¿Por qué lo hicimos, Helena? -dijo él.
     -Porque así lo quisiste -dijo ella.
     -Fuiste tú quien lo quiso -dijo él con rabia contenida pero, de pronto, una intensa emoción le impidió seguir hablando y, movido por un ímpetu irrefrenable, la abrazó y besó enérgicamente-. Vamos a casa, Helena, tengo mucho que contarte, ha pasado mucho tiempo -suplicó Máximo mientras la tenía abrazada lleno de amor.
     -Sí, Máximo, vamos... Parece que fue ayer mismo cuando te vi por última vez -dijo Helena muy enternecida-. Llevabas la corbata hecha un horror.
     -El tiempo ha pasado volando -dijo él cogiéndole a ella las manos y mirándola de arriba a abajo-. Me siento como si hubiera pasado solo una hora divorciado de ti.
     Helena frunció el ceño y, poniendo tono de madre enfadada, le dijo:
     -¿Qué te he dicho de los besos cuando estoy maquillada? Nunca vas a aprender, Máximo, ahora tendré que limpiarme y retocarme, de verdad que me pones de los nervios.

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (I)

A mi amada

     Sin ella, su vida era un camino sórdido y frío, sin alicientes, vacío y solitario. La aguardaba desde hacía meses, lleno de aflicción por la añoranza de su presencia pero también convencido de que volvería. No se duda de la posibilidad de lo que nos es esencial para existir y ella era esencial para él.
     Muchas noches la amargura lo vencía y sentía que su vida se había acabado, que ella jamás regresaría como sugería tan larga ausencia pero al otro día miraba sus fotos, contemplaba su rostro sereno y bondadoso y conseguía recuperar la esperanza porque no era posible que un alma tan inocente cumpliera las amenazas con que se despidió de él, no era posible que lo abandonara para siempre porque sabía hasta qué punto era amada por él.
     La Nochebuena de aquel año fue muy fría pero él no encendió la chimenea, pensaba en el calor que le faltaba a su corazón y no quiso hacer nada por el que le faltaba a su cuerpo, mucho menos importante. Tras una cena que no se salía de lo más habitual e incluso fue más gris que de costumbre, cogió un bolígrafo y un cuaderno y comenzó a escribir una larga carta dirigiéndose a ella. Era su forma de superar la soledad, era el tercer cuaderno que utilizaba para ese fin y ya estaba prácticamente completo; en aquellas fechas, se sentía especialmente necesitado de ella y había rellenado casi todo el cuaderno en unos pocos días. Le preocupaba quedarse sin papel en el que escribir al día siguiente porque no tendría la oportunidad de comprar una libreta nueva por ser día festivo pero había decidido que, de ocurrir algo así, arrancaría de los libros que tenía las últimas páginas en caso de que, como suele suceder, estuvieran en blanco y escribiría en ellas mientras volvía la oportunidad de comprar su nueva libreta.
     Eran las diez de la noche pasadas y, como se temía, su verborrea le estaba llevando a acabar con las pocas páginas en blanco que le quedaban a su cuaderno, se le caían las lágrimas, le estaba escribiendo lo mucho que lamentaba su mal comportamiento, el amor que sentía por ella, el dolor inmenso que sentía por su marcha y el horrible presentimiento del que era presa en esos momentos, que le hacía temer que ya nunca más volvería. La libreta se acabó y fue a arrancar las páginas en blanco de todos los libros que pudo. Volvió a la mesa de su cocina, se sentó con el paquetito de papeles, se inclinó sobre ellos con su bolígrafo en la mano y, al pasar la punta del bolígrafo por la primera hoja, comprobó con desesperación que se le había acabado la tinta. No había otro bolígrafo en casa, ya no podía hablar con su esposa, decirle lo bonita que era, hablarle de amor aquella noche tan gélida...
     En ese mismo instante, oyó ruido frente a la puerta de casa y, antes de escuchar el sonido inconfundible de la cerradura abriéndose, sin saber por qué, supo que era ella...

23 de noviembre de 2013

Las dos opciones

A mi amada

     Carmelo Ruiz tenía una novia por la que no acababa de sentir un gran amor, su corazón aspiraba a más, esa era la extraña verdad pero, cuando su padre, encantado con la idea de convertir en su nuera a aquella chica tan desenvuelta y habladora, le animó a una unión pronta y le prometió dieciocho mil euros para comenzar la vida en pareja si se casaba antes de fin de año, Carmelo fue a pedir consejo a su amigo más íntimo, Ricardo Trevélez.
     Cuando Ricardo escuchó el planteamiento de la disyuntiva de Carmelo, fue a la estantería de su biblioteca, sacó un libro, sopló para quitarle el polvo de la parte de arriba y dijo mientras lo ojeaba:
     -Este libro de psicología describe a la persona perfecta y equilibrada empleando argumentos de una lógica aplastante. Dice que debemos discutir nuestras creencias irracionales. Tú crees que Patricia es imperfecta pero no sabes decir por qué. ¿Qué es eso sino una creencia irracional? ¿Dónde está el defecto, Carmelo? Repasa en tu mente cada una de las partes de Patricia y dime dónde falla y, si encuentras algo, te diré que no te cases antes de fin de año y que renuncies a los dieciocho mil euros... -al cabo de un rato de silencio en el que Carmelo no se decidió a responder, prosiguió Ricardo:- a mí me encanta Patricia, es fascinante, me acostaría con ella sin pensármelo dos veces.
     Carmelo levantó su cabeza para salir del ensimismamiento reflexivo en que se encontraba, suspiró y dijo:
     -Me caso, Ricardo...
     -¡Enhorabuena, Carmelito! -exclamó con alegría Ricardo dándole fuertes palmadas en el hombro- ¡Ya tienes padrino, majete!
     Cuando se casó, su padre le recomendó que dejara su trabajo y trabajara para él. Aunque el trabajo que le proponía su padre no era su vocación de toda la vida, consideró la gran mejora económica que el cambio le traería y se vio ante un dilema que no acertaba a resolver. Su corazón le pedía continuar con su trabajo porque era lo que le gustaba hacer pero no se decidía a olvidarse de la tentación con que le sedujo su padre. Como había leído el libro de psicología de su amigo, comenzó a discutir racionalmente sus dudas. Buscó la razón última por la que le gustara tanto hacer su trabajo de siempre y no encontró explicación alguna, por lo que consideró que su amor por él era una creencia irracional. Cuando lo advirtió, se sintió muy triste pero no quería cometer errores en su vida y aceptó el trabajo de su padre.
     Su vida, en adelante, fue perfecta, tenía una mujer sin defecto alguno aparente, un trabajo que llenaba de dinero sus arcas y que ejercía por serle indiferente la actividad a la que dedicara su vida pero no era feliz y el hecho de que no supiera por qué no mejoraba su estado de ánimo.
     Un día llamó a la puerta de su casa un fiel de los testigos de Jehová. Le habló de un dios que le conduciría a un paraíso a cambio de fidelidad y obediencia. Pensó que su vida era tan triste por no haber confiado nunca en su corazón, todo lo que tenía para dirigir su voluntad era la lógica y los consejos de los demás, sentía un enorme vacío en el lugar donde debería estar el sentido de las cosas, se dijo que iba a hacer caso esta vez a sus deseos aunque no tuvieran explicación, su deseo en aquel momento era obedecer, someterse a un poder superior al que rendir su sumisión, creía que ese era el verdadero impulso de su corazón, lo que le haría feliz por fin después de una serie de decisiones en las que no había tenido en cuenta sus anhelos. De modo que se convirtió a aquella religión. Su esposa no le discutió la decisión, lejos de eso, también se convirtió, no tenía opinión propia para casi nada.
     Creyó firmemente que su felicidad descansaba sobre cosas como que Jesús fuera el arcángel Miguel o que las transfusiones de sangre fueran odiosas a Dios. Ya no necesitaba una mujer de la que estuviera absolutamente enamorado, mucho más importante que cualquier sentimiento por otro ser humano era que ciento cuarenta y cuatro mil fieles irían al cielo a gobernar con Cristo, que Jesús no había muerto en una cruz sino en un poste o que debía evitarse cualquier forma de contacto con los espíritus.
     El día de su bautismo, sentía su fe en Jehová como una pérdida de responsabilidad, se había liberado como de un peso sobre su ánimo, él ya no importaba, importaba Dios, ese extraño ser que había creado la Biblia con todos sus capítulos y versos, comas y puntos, letras y números, de una vez para siempre, como el cuerpo del hombre o los árboles o el brillo de las estrellas pero usando tinta en lugar de realidad, esa misma tinta con que escribían los redactores del Hola o el Marca. Confundido entre la multitud de los fieles, sintió de pronto, debajo de la punta de su pie, el pie de otra persona, iba a apartarlo, llevado por un impulso de su corazón pero hizo una discusión racional de ese impulso; no había razón alguna para apartar el pie, iba a bautizarse enseguida, perdería todos sus pecados por arte de magia; cuando comprendió esto, dejó permanecer su pie en el lugar en el que estaba e incluso hizo una leve presión, lleno de fervor religioso.

18 de noviembre de 2013

El primer número

A Lluvia Rojo

     Un hombre que caminaba como un autómata se subió al escenario y se sentó en una de las sillas. El público calló expectante mientras el hombre miraba como pasmado hacia el patio de butacas. Comenzaban a oírse risas, el cómico parecía realmente bueno. Al cabo de un rato, al hombre se le abrió la boca y toda la sala estalló en carcajadas. El hombre puso entonces una expresión en su semblante de perplejidad aún mayor lo que aumentó la hilaridad de la gente. Fue entonces cuando el hombre pareció haber encontrado una explicación a las risas y rió a su vez, con una risa tan estúpida que los espectadores volvieron a reír con ímpetu redoblado. Una anciana muy estrafalaria subió entonces al escenario, cogió al hombre de la mano y bajó con él al patio de butacas y, tras avanzar por el pasillo, abandonaron ambos el recinto mientras el público los ovacionaba enfervorecidamente.
     Una vez fuera, la anciana le dijo al hombre:
     -¿Quién te crees que eres? ¿Un artista? ¡Tú no tienes cabeza para ser artista, botarate! ¿Es que pueden ser artistas los niños estúpidos? Eres como fue tu padre, un haragán presumido; pero él al menos no se subía a los escenarios para llamar la atención y avergonzarme.

3 de noviembre de 2013

El amigo ausente

A Lluvia Rojo

     Dos amigos habían asistido con sus esposas a la ópera y, en el entreacto, conversando de muchas cosas, uno de ellos, llamado Ricardo, dijo de pronto:
     -¿Sabes a quién me encantaría ver ahora? A Roberto. No tengo ni idea de dónde se ha metido últimamente. Sobre todo echo de menos su erudición. ¡Cuánto sabe de óperas!
     -Pues yo no comparto tu sentimiento-dijo el otro amigo-. Disfruto más de la vida desde que he perdido de vista a Roberto.
     -¿Y eso? -dijo Ricardo-. Roberto es una buena persona, excelente médico, hombre de una cultura vastísima y de una sensibilidad exquisita, filántropo donde los haya y está dotado de una inteligencia portentosa.
     -Precisamente porque todo eso es justo lo que no para de asegurarle a todo aquel que le presta oídos -respondió el otro.