27 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (IV)

A Aura

     Aura llegó a casa con cinco libros de autoayuda: Aprendiendo a ser feliz, Tu libro amigo, Un cursillo para vivir, Cien lecciones sobre la vida y Las cuarenta cosas que no puedes olvidar nunca.
     Leyó los cinco en dos semanas y, a la tercera, volvió a sentirse horriblemente pequeña, insignificante y sucia porque no conseguía acordarse puntualmente de cada una de las cosas que había aprendido en todos aquellos manuales. No creía que pudiera luchar contra su falta de autoaceptación sin una buena dosis de concentración, memoria y reflexión y acopiando toda una larga lista de motivos lógicos para considerarse valiosa.
     Su desconsuelo y desilusión fue tal que huyó de la asfixiante atmósfera de su hogar en un momento de mucha angustia y, tras sentarse en un banco de un parque, tapándose la cara con las dos manos, lloró ruidosamente.
     Pero una niña muy pequeña que estaba deslizándose una y otra vez por el tobogán, al escuchar a Aura, se acercó a ella y le dijo:
     -¿Es que no te dejan jugar?
     Aura se destapó la cara y respondió:
     -Las personas mayores no jugamos.
     -Por eso estás llorando -dijo la niña-. Lo que no es un juego es una cosa triste.
     Aura se sorprendió ante aquella sentencia, parecía sacada de un libro de autoayuda y no del cerebrito de una niña de cinco años. Cuando estuvo en casa, la aplicó a su vida y se sintió mejor. A todo lo que hacía le daba la apariencia de un juego. Pero a la media hora, la fórmula le falló, porque hizo como que jugaba a echar la sal a la comida, se le fue la mano y echó a perder el guisado.
     Quiso saber qué se hacía cuando se jugaba y, a pesar de ello, se sentía uno triste y fue al mismo parque al día siguiente con la esperanza de ver a aquella maravillosa niña y consultarla como un oráculo milagroso. Pero no apareció ese día ni al segundo. Al tercero, sin embargo, la vio jugando en el tobogán otra vez y, tras acercarse a su madre y pedirle permiso para darle un beso, la cogió de la mano, la acercó a su banco y le dijo:
     -Niña, el día que hablé contigo me obligué a jugar mucho rato pero, al final, a pesar de ello, me puse triste otra vez, ¿qué crees que tengo que hacer para ser feliz cuando jugar no es suficiente?
     -Lo que hiciste no fue jugar -respondió la niña-. Si te obligas a hacer una cosa, no estás jugando, solo juegas cuando haces lo que más te gusta. Yo siempre estoy jugando porque siempre hago lo que quiero aunque esté en el colegio. Si yo te digo a lo que juego en casa, a lo mejor no vas a divertirte porque cada niño juega a su juego.
     Aura, pese a ella, no tuvo dificultad alguna en memorizar esta regla. Había de hacer lo que quería, así de sencillo. Esa era la ley de la felicidad que le transmitía un ser que acababa de estrenar la vida y al que aún no había corrompido la civilización. Tardó unos pocos años más en comprender del todo el alcance de esta revelación pero jamás la olvidó.

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