27 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (V)

A Susana Escarabajal Magaña

     Eva se preocupó de indicar de modo bien preciso las características de personalidad que requería en su pareja al rellenar su formulario para la agencia matrimonial. Había de ser un hombre con todo su pelo, con modales urbanos, responsable, serio, voluntarioso, sacrificado y que hubiera leído Guerra Y Paz.
     Se encontró dos semanas después una persona que se ajustaba a ese perfil y se concertó la cita. Eva, nada más verlo, por la manera de hablar y moverse, por su sonrisa, por su forma de vestir, por la forma en que la miraba, se quedó fascinada con aquel hombre y pasó una tarde y una noche inolvidable para ella. Solo a la hora de separarse, después de darse un romántico beso, ella le dijo a él, con mucho cariño:
     -Enrique, ni siquiera hemos hablado de Guerra Y Paz. ¿Lo habrás leído no?
     -Pues no -dijo él-, puse que era mi libro favorito en el perfil porque es muy aparente leer un libro tan largo.
     -Y modales urbanos tampoco tienes, coges los cubiertos como un campesino -dijo Eva con condescendencia.
     -Es que fui agricultor más de veinte años -dijo Enrique-. Y no suelo comer acompañado.
     -¿Eres responsable, serio, te sacrificas por los demás? -preguntó ella.
     -Chica, no sé lo que te diga... Sí y no. Según me vaya ese día -respondió él.
     Entonces, Eva, muy sorprendida y divertida por lo que pudo advertir de repente, exclamó:
     -¡Anda, pero si eres calvo, Enrique!
     -Sí, pero el mal no ha traspasado el cráneo -dijo él.
     -¿Y por qué me gustas tanto si no cumples ningún requisito de los que indiqué en esa agencia tan boba? -dijo Eva con coquetería.
     Enrique permaneció unos segundos callado y luego respondió:
     -Amar es perdonarlo todo.

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