27 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (II)

A Ángeles Lines Sánchez Gandarillas

     Un representante de las fuerzas del orden público estuvo un cuarto de hora haciendo guardia frente a un edificio de una calle de Madrid porque una víctima de maltrato doméstico iba a ir a su casa a recoger sus pertenencias y se temía que su violenta pareja apareciera de un momento a otro. El policía lucía su uniforme y su tipo caminando muy erguido de un lado a otro de la puerta de entrada al bloque. Las mujeres jóvenes que pasaban por allí le sonreían coquetamente y él respondía con otra sonrisa y sacando más el culo.
     Una vecina del bloque, que volvía de comprar la barra del pan, se quedó deslumbrada con el oficial y quiso cruzar unas palabras con él sobre el tiempo y lo bien que iba el Real Madrid y, a la hora de la merienda, hablando con una amiga del piso de al lado, le dijo:
     -Esta mañana, he visto un policía... ¡Hija mía, qué hermosura! No es que fuera guapo, ni tampoco recio, ni alto...
     -¿Entonces qué es lo que te ha gustado tanto de él? -preguntó la vecina.
     -¡Ay, hija! -respondió la otra en una nube de fascinación-. No sé... La porra, quizá.

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