10 de octubre de 2013

Mueble

     A Juan, le trataron en casa con la displicencia con que se trata a un mueble que a veces es cómodo y a veces estorba. En el colegio, fue muy estudioso; quería ser el primero de la clase porque de un mueble se espera que cumpla a la perfección las funciones para las que se ha construido. En el instituto y la universidad rindió menos porque cada vez estaba más agobiado por su sensación de insignificancia y su mente se perdió por los sombríos senderos de la depresión y el aislamiento. Al final, sus padres tuvieron el lógico castigo a su falta de respeto y se encontraron con que no iban a poder desembarazarse de su mueble sino que, totalmente inútil, lo tendrían que conservar en casa pero, como sus costumbres eran tranquilas y solitarias, lo reciclaron para que les sirviera de ayuda en el trabajo y de compañía para la vejez. 
     Juan sufrió mucho con esta circunstancia. Su incapacidad para independizarse de sus padres la interpretaba como algo denigrante y su complejo de mueble llegó a su cima más angustiosa. Su mente se desestabilizaba constantemente proyectando en sus recuerdos y en su vida corriente su sensación de ser alguien insignificante y nulo para los demás. Bajo la dudosa luz de este prejuicio, comenzó a reconstruir la imagen de su vida y la forma de enfrentarse al mundo. Sus amigos ya no habían sido otra cosa en su fantasía acomplejada que malvados bromistas con superiores dotes intelectuales que habían disfrutado riéndose de su bajo nivel mental. Y, en cuanto a los más íntimos, había dejado de frecuentar su trato porque sentía que su presencia les resultaba incómoda: un mueble tiene la virtud de estorbar cuando entra en una casa ajena. Rehuía cuanto podía el trato con la gente porque no se sentía con fuerzas para aparentar el empaque y la solidez de hombre maduro que los extraños esperaban de alguien de su edad; quería conservar al menos la dignidad de mueble y no travestirse en ser humano cada vez que hablara con un desconocido sin que eso cambiara nada su auténtico valor.
     Pero Juan no se había resignado en ningún momento. Sus más profundos impulsos estaban enfocados a salir de su condición de ser ínfimo y, con la voluntad férrea del más obstinado de los hombres, seguía sin derrumbarse anímicamente, soñando con que algún día sería un genio de las letras por mucho que en aquel momento no viera claro la forma de conseguirlo. 
     Los hombres huyen de lo que les apena con tanto afán que pueden cruzar la frontera de la desgracia opuesta. Juan trabajó tanto sus textos que despertó la admiración de aquellas personas escogidas que alcanzaron a leerle y sin muchas dificultades, consiguió publicar su primer libro. Con el tiempo, fue cobrando fama y se comenzó a preocupar porque esta era inferior a la de otros escritores de su misma edad y estilo. Sus textos se vistieron entonces con los rasgos de lo sublime y conmovedor y algunos ya lo consideraban el mejor de su generación. Pero había muchas voces todavía tibias en la valoración de su obra, cabía la posibilidad de que dos o tres escritores fueran de calidad pareja a la suya. Esta circunstancia le atormentaba hondamente cuando llegó Sara.
     Con Sara descubrió por primera vez en su vida que no era un mueble, que no había de esforzarse en ser otra cosa para que lo aceptaran. La amó tanto que pareció que al fin conocía la felicidad en la Tierra. Pero siguió atormentándole el dolor de no ser el número uno indiscutible, el espíritu cuyo influjo dominara su tiempo. Montañas de frustración le atosigaban porque había lectores que preferían a otros escritores en lugar de a él. Sentía que, si no conseguía que todos le admiraran y veneraran, seguiría siendo el mueble de casa. Debía llegar a lo más alto, a donde nadie había llegado, ni siquiera Shakespeare, ni siquiera Homero, o sus padres le volverían a regañar con frialdad por mancharse la ropa o ver más televisión de la cuenta.
     Pero, cuando Sara fue consciente de esta desazón, le dijo:
     -Eres muy bueno pero yo prefiero a Fernández. Él no escribe para ser el mejor sino para expresar lo que tiene dentro. Tus obras son perfectas pero les falta vitalidad, estás demasiado pendiente de cumplir las expectativas de todos y te olvidas de las tuyas. Él se conforma con llegar al corazón de algunas almas especiales que se parezcan a él, es todo lo que tiene que hacer un escritor para cumplir su cometido. Tú, en cambio, te alejas de ti mismo cuando escribes para acercarte a todos pero, cuando lo haces, no hay nadie del que no te alejes también.
     Juan se puso pálido al oír estas palabras. Pensaba algo así como que Sara iba a salir ahora con el otro autor o que lo iba a abandonar porque había dejado de ser un mueble útil para ella.
     -Soy un fracasado, ahora lo veo... -dijo entonces con el rostro abatido.
     -¿Ves? -dijo Sara-. Eso es un sentimiento real. Escribe sobre eso. Es tu sentimiento. Lo harás mejor que escribiendo sobre la peste en la Edad Media. Quizá tengas menos admiradores pero dejarás de preocuparte por ello porque estarás seguro de que lo que estás haciendo es lo mejor, lo mejor para tu dignidad de escritor.
     Juan vio la luz en ese momento y supo qué le restaba por hacer para dejar de sentirse un mueble.

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