2 de octubre de 2013

La enciclopedia Bombazo

A Gabriele Nuzzarello

     Raúl era el segundo de tres hermanos. Sus padres eran dueños de una ferretería. Estaba acostumbrado a oírles hablar de albaranes, beneficios, gastos, tornillos, picaportes, clavos, dolores de espalda, fatiga, trabajo, interés, habilidad, astucia... pero nunca se decían te quiero, nunca se besaban, ni se acariciaban, ni se sonreían el uno al otro a no ser que uno de ellos hubiera contado en voz bien alta algo que tuviera verdadera gracia. La ternura no era un huésped habitual de casa; solo cuando la familia iba de visita a otro lugar, manifestaba delante de los extraños, con toda clase de gestos vehementes, lo unida que estaba aunque era una manifestación contenida, que no permitía explosión alguna de alegría.
     Todos los domingos sin excepción, iban a misa los cinco. Raúl asistía a la celebración encogido de temor, persuadido por su adusto padre de que en ese lugar había que comportarse con total corrección o, de lo contrario, molestaría a los mayores, que tenían razones muy serias para estar allí. Pero era la tarde del sábado cuando peor lo pasaba aquel niño. El sábado por la mañana era, para él, su gran momento de disfrute. Permanecía en casa y jugaba toda la mañana pero, cuando el sol pasaba del mediodía y comenzaba a declinar, su ánimo le hacía pensar en la llegada del domingo,  en la asistencia a la misa, en las visitas a los parientes, en esa ropa limpia tan incómoda que tenía que vestir y esas interminables horas perdidas en las salas de estar de sus tíos, afectando formalidad y seriedad para no llamar la atención. Entonces, la más honda depresión caía sobre su corazón y cuando el sol se ponía aquel día, parecía que llegara también a su fin toda la felicidad que le había reservado la vida.
     Raúl era amante de los libros, el conocimiento era su mayor sueño, se derretía de placer cuando aprendía algo nuevo y excitante en una página de un manual. Y un día, cuando acompañado de su madre entró en una librería, envuelto su ánimo en la ebriedad al contemplar tantos libros juntos, concibió un deseo que no se atrevió a formularlo en aquel momento porque su estricta madre era muy reacia a concederle caprichos sin sentido que supusieran un gasto superfluo y excesivo. Pero, por la noche, en la cama, en medio de la oscuridad, su espíritu se abrió a aquella veleidad seductora con la intensidad que tiene un impulso muchas horas refrenado que, de pronto, deja de estarlo.
     Ahora veía realizable su deseo, solo tenía que insistir un poco. Si se la pedía a su madre, seguro que se la compraba: una enciclopedia en veinte tomos, con todo lo que quisiera saber en orden alfabético, que había visto anunciada en el periódico.
     Al día siguiente, era domingo. Y después de la misa, le contó entre pucheros a su padre lo que quería, intentando averiguar de él si su madre, que era la que tomaba las grandes decisiones en casa, estaría de acuerdo en concedérselo. Su padre se burló de sus pucheros y de su deseo.
     -¿Para qué tantos libros? Luego los dejarás tirados y no los usarás -le dijo.
     -No, papá, me los leeré enteros y, cada vez que se me olviden, los leeré otra vez -dijo Raúl.
     -Díselo a la mamá -dijo su padre-. Lo que ella diga, haremos.
     Su madre estaba haciendo la comida en la cocina. Raúl llegó con cierto temor, con la cabeza gacha, afectando mucha pena por la molestia que iba a causarle.
     -¿Vas a decirme algo, Raúl? -dijo ella.
     -Es que quiero comprarme una cosa -dijo Raúl.
     -¿Qué cosa? Venga, habla, no me tengas esperando tanto -dijo la madre.
     -La enciclopedia Bombazo en veinte volúmenes -dijo Raúl con mirada y tono suplicantes.
     -Pero Raúl... ¿No es duro que este hijo mío no sepa el valor del dinero? -respondió acremente la madre-. ¿Qué te he dicho tantas veces? ¿No nos matamos tu padre y yo a trabajar todo el día para que estéis bien vestidos y comáis todo lo que tengáis gana? ¿Para qué quieres esa porquería?
     -No es una porquería, mamá -gemía Raúl-. Es para estudiar mejor y aprenderme mejor las cosas del colegio.
     En realidad, era una excusa, no le hacía falta para estudiar ni para ninguna otra cosa, simplemente era un capricho infundado; le gustaba saber y tener libros, eso era todo, pero no había ninguna utilidad detrás de su deseo, estaba desarmado ante los argumentos de su madre y tuvo que recurrir a aquella mentira.
     -Siendo así -dijo su madre-, se te comprará pero ya no me pidas nada hasta los Reyes del año que viene, ni juguetes, ni libros ni nada y, cuando estemos en casa de los tíos, no vuelvas nunca a darme prisas para que nos vayamos. ¿Lo vas a hacer así?
     Raúl sonrió y asintió alegre. De un brinco, se lanzó al cuarto de estar y de dos más al pasillo y, en una carrera, se plantó en su habitación e iba a dar un salto de triunfo cuando vio allí a su hermano mayor, que le dijo al instante, mirándole con expresión agria:
     -La enciclopedia Bombazo es para los dos...
     Una negra nube de inquietud se cernió sobre su corazón, entonces.
     -No, la mamá me la va a comprar a mí -protestó.
     -Pero el papá dice que es para los dos -dijo su hermano con gravedad-. ¿O es que una cosa tan cara va a ser solo para ti?
     Raúl agachó la cabeza y dijo triste y seriamente:
     -Pues que te la compren a ti, yo ya no la quiero.

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