24 de octubre de 2013

Galeras

     -¡Remad, remad...! -gritaba en las galeras un oficial del navío-. ¡Remad, remad, haraganes, o yo os haré ver cuál es vuestro deber...!
     Los esclavos que remaban estaban encadenados a los bancos y unos a otros con poderosas cadenas.
     -Cristo Redentor hará justicia en el final de los tiempos -seguía diciendo el oficial- y aquellos de vosotros que reméis más modosamente entraréis en la Gloria Celestial pero los que hagan que el barco vaya lento... ¡Ay de esos! La gehenna los atormentará eternamente... ¡Remad, remad, bellacos, que Dios da calma absoluta a los vientos para saber cuál de vosotros merece el paraíso...!
     Uno de los esclavos, al oír aquello, le preguntó a su compañero de remo:
     -¿Qué es el paraíso?
     -Una tierra donde la vida es placentera y no te falta nada de lo que deseas -respondió el otro.
     -¿Y dónde está ese lugar extraño? -preguntó el esclavo.
     -Pues no en este mundo. Si eres obediente al Rey y a la Santa Madre Iglesia y si vives en paz con tus vecinos y sacrificas tu vida por ellos, lo disfrutarás cuando mueras.
     -No creo ni una palabra -dijo entonces el esclavo- porque, cuando yo estaba en mi patria y era un hombre libre, vivía placenteramente y no deseaba más que lo que tenía puesto que toda mi felicidad la hallaba en la libertad de la que gozaba y en hacer tan solo lo que mi noble deseo me aconsejaba y te aseguro que allí mi cuerpo y mi corazón estaban vivos, al contrario que ahora, que no tiene la muerte que llevarme para sentirme ya sepultado y fuera de este mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario