16 de octubre de 2013

Acabar con el hielo

A I.D.

     Las doce empresas más poderosas de Rusia se reunieron después de la comida de un domingo para decidir cómo se repartían el monto económico de la ayuda al gobierno para que acabara con el hielo del Círculo Polar Ártico. Doce presidentes de boyantes empresas, embutidos en trajes de impecable elegancia, regoldaban todavía reencontrándose con el sabor del vodka y de las tartas y dulces del postre alrededor de una mesa cuadrada, en uno de cuyos vértices intentaba acomodarse el que había llegado el último sin conseguirlo a su pleno gusto pues no podía poner el codo en la mesa para apoyar la cabeza en su mano y dormitar un poco.
     El dueño del mayor holding del estado, haciéndose dueño de la presidencia de aquella reunión, comenzó a hablar de esta manera:
     -Estimados amigos, Rusia tiene un futuro de ensueño. Nuestros más lejanos antepasados, llegados de Escandinavia, fundadores de este honorable estado, no habrían sido capaces de imaginar el sendero de gloria que inicia ahora el grandioso y hermoso país que ellos crearon y que nos llevará a sus ciudadanos a alcanzar el dominio absoluto del planeta con el que podremos... -el orador se detuvo vacilante. Su discurso era improvisado y nunca se había parado a pensar en qué hacía uno con el dominio absoluto de un planeta. Pero, al fin, encontró una salida y dijo:- con el que podremos dominar absolutamente el mundo.
     Todos aplaudieron mientras el orador sonreía halagado.
     -Pero para que esto sea posible, hemos de hacernos dueños del petroleo del Ártico y, para hacernos dueños del petroleo del Ártico, tenemos que descongelarlo.
     Entre los reunidos, todos pusieron caras de estar de acuerdo y de considerar razonable el propósito que acababa de ser expresado, excepto Gavriil Chernienko, el, hasta entonces, glacial ordenanza que suministraba los botellines de agua mineral, que, al oír que el polo norte iba a ser descongelado, llevado por un pánico irreprimible, absorbido por el terror, perdió el control de sus manos y dejó caer al suelo la bandeja con las botellas, objetos que, haciendo percusión unos y otros estallando en pedazos, provocaron un estruendo que desplazó totalmente hacia el ordenanza la perspicaz atención de los doce.
     Inmediatamente, salió con cierta precipitación uno de los presidentes mientras Gavriil recogía los vidrios en la bandeja. Al instante entró un soldado y, sujetando al ordenanza del brazo, le gritó:
     -¡Olvídese de los vidrios, estúpido!
     Gavriil Chernienko, obedeció sumiso. La puerta de la sala se cerró tras ellos dos y, al instante, todos pudieron escuchar, satisfechos, el grito desgarrado y los sollozos de súplica del ordenanza, seguidos de una seca detonación tras la que volvió el silencio más opaco.
     -Amigos míos, vuelva el calor, vuelva el calor a vuestros ánimos -dijo el orador que había tomado la palabra desde el principio-. Este inocente hombre ha muerto por Rusia, Rusia le debe su futuro, ofrendémosle un aplauso emocionado. ¡Bravo por este ordenanza valeroso!
     Todos los reunidos corearon el bravo y aplaudieron enfervorizados durante un minuto. Luego volvieron a tomar posturas y expresiones relajadas.
     El que había llegado el último, que apenas podía combatir el sueño, se vio de pronto incomodado por una duda que poco a poco lo hizo despejarse y, al no poder, de ninguna manera, resolverla él mismo, hubo de tomar la palabra. Y, dirigiéndose al orador, dijo con tono de perplejidad:
     -Querido amigo, hay muchísimo hielo en el polo, miles de kilómetros cuadrados. ¿Cómo vamos a hacer que se derrita? Y si lo derretimos, ¿qué haremos cuando vuelva el invierno y vuelva a formarse el hielo? Será el cuento de nunca acabar. Lo mejor es sacar el petroleo sin quitar el hielo. El hielo ha estado siempre ahí y siempre estará. El mundo es así, no lo podemos cambiar nosotros.
     -De ninguna manera, el mundo está dando cambios prometedores -dijo el orador-. El clima cada vez es más benigno. Gran parte del hielo está descongelándose por sí mismo, sin que hayamos tenido que intervenir nosotros. Solo tenemos que dar un empujoncito para que el hielo se derrita del todo. Amigo mío, ¿alguien quiere el hielo? Todos odiamos el frío, somos humanos, deseamos el calor, el buen clima, tenemos sangre caliente, ¿a quién le hace falta todo ese hielo?
     El que había llegado el último, sin embargo, empalideció y, como acometido por un repentino terror, comenzó a decir, con la voz oscurecida:
     -Yo estuve en Siberia. El frío no me gusta pero su poder es inmenso. El frío te cambia, te llega al alma, no se queda en la piel. Avanza hasta los huesos y hasta la mente, te hace sentirte fuera de ti, quizá sigues sintiéndote tan vulnerable como siempre pero el miedo a sucumbir por el frío da a tu espíritu la contextura del reptil. Acabas buscándolo, amándolo, crees que el frío es tu verdadero amigo, la compañía que de verdad te conviene. El frío esconde un abismo, en el frío, se puede perder todo, el alma, la vida. El frío te llama, el frío te seduce con el poder de un demonio tentador, o el de una sirena que te atrae con su belleza y acaba con tu vida en el fondo de las aguas. No hay fuerza que acabe con el frío, una y otra vez regresa, destruyendo la vida, durmiéndola, haciendo que se convierta en un recuerdo vago, que ya no es capaz de iluminar nuestro corazón. No creo que venzamos jamás al frío. Es posible que desaparezca del polo pero su estela quedará para siempre en las entrañas de los hombres.
     Cuando estas palabras terminaron de pronunciarse, se hizo el silencio. De pronto, alguien dijo:
     -Es curioso que el agua sea la única sustancia que en estado sólido ocupa más espacio...
     -Bueno eso tiene una explicación muy sencilla... -dijo otro de los asistentes y se apresuró a exponer sus conocimientos en la materia.
     -Me has recordado la historia que me contó mi padre de cuando estuvo en la montaña -dijo otro dirigiéndose al que había llegado rezagado-. Le amputaron cuatro dedos. Dijo que vio al Yeti.
     Todos los asistentes, acometidos de un súbito deseo de entregarse a la cháchara distendida, convirtieron de pronto la reunión en un desordenado conjunto de voces simultáneas. Pero el que había llegado el último, con una profunda gravedad en el semblante, se levantó de la mesa y, cabizbajo, se dirigió a la salida y se marchó sin que los otros, entregados a las bromas, las risas y las habladurías, se preocuparan en absoluto por él.

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