27 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (VI)

A Luis Martínez Trasviña

     Un maestro estaba tomando un café con un compañero en el descanso de las clases y se lamentaba así:
     -Yo me empeño en enseñar a mis alumnos a ser seres humanos pero es imposible: al final solo son lo que a cada cual le da la gana ser.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (V)

A Susana Escarabajal Magaña

     Eva se preocupó de indicar de modo bien preciso las características de personalidad que requería en su pareja al rellenar su formulario para la agencia matrimonial. Había de ser un hombre con todo su pelo, con modales urbanos, responsable, serio, voluntarioso, sacrificado y que hubiera leído Guerra Y Paz.
     Se encontró dos semanas después una persona que se ajustaba a ese perfil y se concertó la cita. Eva, nada más verlo, por la manera de hablar y moverse, por su sonrisa, por su forma de vestir, por la forma en que la miraba, se quedó fascinada con aquel hombre y pasó una tarde y una noche inolvidable para ella. Solo a la hora de separarse, después de darse un romántico beso, ella le dijo a él, con mucho cariño:
     -Enrique, ni siquiera hemos hablado de Guerra Y Paz. ¿Lo habrás leído no?
     -Pues no -dijo él-, puse que era mi libro favorito en el perfil porque es muy aparente leer un libro tan largo.
     -Y modales urbanos tampoco tienes, coges los cubiertos como un campesino -dijo Eva con condescendencia.
     -Es que fui agricultor más de veinte años -dijo Enrique-. Y no suelo comer acompañado.
     -¿Eres responsable, serio, te sacrificas por los demás? -preguntó ella.
     -Chica, no sé lo que te diga... Sí y no. Según me vaya ese día -respondió él.
     Entonces, Eva, muy sorprendida y divertida por lo que pudo advertir de repente, exclamó:
     -¡Anda, pero si eres calvo, Enrique!
     -Sí, pero el mal no ha traspasado el cráneo -dijo él.
     -¿Y por qué me gustas tanto si no cumples ningún requisito de los que indiqué en esa agencia tan boba? -dijo Eva con coquetería.
     Enrique permaneció unos segundos callado y luego respondió:
     -Amar es perdonarlo todo.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (IV)

A Aura

     Aura llegó a casa con cinco libros de autoayuda: Aprendiendo a ser feliz, Tu libro amigo, Un cursillo para vivir, Cien lecciones sobre la vida y Las cuarenta cosas que no puedes olvidar nunca.
     Leyó los cinco en dos semanas y, a la tercera, volvió a sentirse horriblemente pequeña, insignificante y sucia porque no conseguía acordarse puntualmente de cada una de las cosas que había aprendido en todos aquellos manuales. No creía que pudiera luchar contra su falta de autoaceptación sin una buena dosis de concentración, memoria y reflexión y acopiando toda una larga lista de motivos lógicos para considerarse valiosa.
     Su desconsuelo y desilusión fue tal que huyó de la asfixiante atmósfera de su hogar en un momento de mucha angustia y, tras sentarse en un banco de un parque, tapándose la cara con las dos manos, lloró ruidosamente.
     Pero una niña muy pequeña que estaba deslizándose una y otra vez por el tobogán, al escuchar a Aura, se acercó a ella y le dijo:
     -¿Es que no te dejan jugar?
     Aura se destapó la cara y respondió:
     -Las personas mayores no jugamos.
     -Por eso estás llorando -dijo la niña-. Lo que no es un juego es una cosa triste.
     Aura se sorprendió ante aquella sentencia, parecía sacada de un libro de autoayuda y no del cerebrito de una niña de cinco años. Cuando estuvo en casa, la aplicó a su vida y se sintió mejor. A todo lo que hacía le daba la apariencia de un juego. Pero a la media hora, la fórmula le falló, porque hizo como que jugaba a echar la sal a la comida, se le fue la mano y echó a perder el guisado.
     Quiso saber qué se hacía cuando se jugaba y, a pesar de ello, se sentía uno triste y fue al mismo parque al día siguiente con la esperanza de ver a aquella maravillosa niña y consultarla como un oráculo milagroso. Pero no apareció ese día ni al segundo. Al tercero, sin embargo, la vio jugando en el tobogán otra vez y, tras acercarse a su madre y pedirle permiso para darle un beso, la cogió de la mano, la acercó a su banco y le dijo:
     -Niña, el día que hablé contigo me obligué a jugar mucho rato pero, al final, a pesar de ello, me puse triste otra vez, ¿qué crees que tengo que hacer para ser feliz cuando jugar no es suficiente?
     -Lo que hiciste no fue jugar -respondió la niña-. Si te obligas a hacer una cosa, no estás jugando, solo juegas cuando haces lo que más te gusta. Yo siempre estoy jugando porque siempre hago lo que quiero aunque esté en el colegio. Si yo te digo a lo que juego en casa, a lo mejor no vas a divertirte porque cada niño juega a su juego.
     Aura, pese a ella, no tuvo dificultad alguna en memorizar esta regla. Había de hacer lo que quería, así de sencillo. Esa era la ley de la felicidad que le transmitía un ser que acababa de estrenar la vida y al que aún no había corrompido la civilización. Tardó unos pocos años más en comprender del todo el alcance de esta revelación pero jamás la olvidó.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (III)

A Naika M. Santos

     Dos espíritus que vagaban por las esferas más oscuras del mundo de la Muerte tropezaron provocándose la violenta agitación de sus alientos por el impacto del choque.
     -¡Qué coincidencia! -dijo uno de los hálitos- Siendo tan grande la región de la Muerte y hemos tropezado. ¿Cómo has llegado hasta este lugar tan sombrío?
     -Soy un alma sin valor, manchada por la culpa, por eso, jamás he conseguido que me amaran de verdad -respondió el otro.
     -¡Qué cosa más rara! -dijo el hálito primero-. Para amar no hacen falta razones, ser humano es amar, ¿cómo es que se deja de amar a alguien porque cargue con una culpa o no valga nada? ¿Y de qué es culpable un hombre si se le considera en su ser esencial o qué ha de valer una persona si es un fin en sí misma?
     -Pues no lo sé -respondió el otro hálito-. ¿Supones que he vivido toda mi vida atormentándome sin necesidad?
     -Sí, a no ser que seas un cocodrilo o un avestruz, que no han de amar en vida -dijo el primer espíritu.
     -¡Pues me voy a la Luz! ¡Qué felicidad! -dijo el otro aliento colmado de una repentina alegría-. Por cierto, ¿y tú qué haces aquí? Este es un lugar muy oscuro y, sin embargo, me has iluminado.
     -Soy el hombre de la limpieza. Estoy limpiando esta zona, que se ensucia mucho -respondió el hálito primero.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (II)

A Ángeles Lines Sánchez Gandarillas

     Un representante de las fuerzas del orden público estuvo un cuarto de hora haciendo guardia frente a un edificio de una calle de Madrid porque una víctima de maltrato doméstico iba a ir a su casa a recoger sus pertenencias y se temía que su violenta pareja apareciera de un momento a otro. El policía lucía su uniforme y su tipo caminando muy erguido de un lado a otro de la puerta de entrada al bloque. Las mujeres jóvenes que pasaban por allí le sonreían coquetamente y él respondía con otra sonrisa y sacando más el culo.
     Una vecina del bloque, que volvía de comprar la barra del pan, se quedó deslumbrada con el oficial y quiso cruzar unas palabras con él sobre el tiempo y lo bien que iba el Real Madrid y, a la hora de la merienda, hablando con una amiga del piso de al lado, le dijo:
     -Esta mañana, he visto un policía... ¡Hija mía, qué hermosura! No es que fuera guapo, ni tampoco recio, ni alto...
     -¿Entonces qué es lo que te ha gustado tanto de él? -preguntó la vecina.
     -¡Ay, hija! -respondió la otra en una nube de fascinación-. No sé... La porra, quizá.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (I)

A I.D.

     Arthur Krammer añoraba un éxito rutilante de público y vivía amargado porque sus películas no eran celebradas con la suficiente contundencia. Las cifras de taquilla no eran nunca sobresalientes, la crítica no hablaba de él y no le habían dado premio alguno en ningún festival.
     Hablando con su amigo, el pianista de Jazz, Alfred Brawn, se lamentaba un día:
     -No soy buen cineasta, Fred, he de rendirme a la evidencia. Mis filmes no son aplaudidos por nadie.
     -Sí eres buen cineasta, Arthur -le respondió Alfred-. A tu papá le gustan tus películas.

24 de octubre de 2013

Galeras

     -¡Remad, remad...! -gritaba en las galeras un oficial del navío-. ¡Remad, remad, haraganes, o yo os haré ver cuál es vuestro deber...!
     Los esclavos que remaban estaban encadenados a los bancos y unos a otros con poderosas cadenas.
     -Cristo Redentor hará justicia en el final de los tiempos -seguía diciendo el oficial- y aquellos de vosotros que reméis más modosamente entraréis en la Gloria Celestial pero los que hagan que el barco vaya lento... ¡Ay de esos! La gehenna los atormentará eternamente... ¡Remad, remad, bellacos, que Dios da calma absoluta a los vientos para saber cuál de vosotros merece el paraíso...!
     Uno de los esclavos, al oír aquello, le preguntó a su compañero de remo:
     -¿Qué es el paraíso?
     -Una tierra donde la vida es placentera y no te falta nada de lo que deseas -respondió el otro.
     -¿Y dónde está ese lugar extraño? -preguntó el esclavo.
     -Pues no en este mundo. Si eres obediente al Rey y a la Santa Madre Iglesia y si vives en paz con tus vecinos y sacrificas tu vida por ellos, lo disfrutarás cuando mueras.
     -No creo ni una palabra -dijo entonces el esclavo- porque, cuando yo estaba en mi patria y era un hombre libre, vivía placenteramente y no deseaba más que lo que tenía puesto que toda mi felicidad la hallaba en la libertad de la que gozaba y en hacer tan solo lo que mi noble deseo me aconsejaba y te aseguro que allí mi cuerpo y mi corazón estaban vivos, al contrario que ahora, que no tiene la muerte que llevarme para sentirme ya sepultado y fuera de este mundo.

18 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (VI)

A Beatriz Troitiño

     El compositor estaba rodeado de admiradores que le felicitaban efusivamente y manifestaban, incluso con lágrimas y abrazos o besos, la emoción que habían sentido al escuchar la pieza que acababa de estrenarse.
     Cuando el gentío ya había disminuido y se había calmado el estrépito alrededor del músico, el crítico de arte de un prestigioso diario se aproximó a él y le dijo dándole la mano:
     -Le felicito por su éxito de público pero comprenderá que tengo que hacerle una mala crítica: esta obra no es lógica...

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (V)

A Isabel Bertrán

     Julio fue, de recién casado, a una expo de instrumentos de pesca y llevó a su esposa todo el día de estand en estand porque le interesaba mucho ese deporte. Pero su esposa, además de que tuvo que aguantar un horrible dolor de pies, se aburrió tanto que es imposible de ponderar.
     Cuando llegaron al hotel, Julio le dijo a su mujer:
     -Estela, ¿qué es lo mejor que has visto en mí, vida mía?
     Y ella, llena de mal humor, le respondió:
     -Que eres un animal racional y caminas erguido...

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (IV)

A Conchi Barba González

     Alicia estaba preparándose para donar un riñón para salvar la vida a su hija. Un enfermero que estaba ocupado con ella le decía:
     -Es curioso lo que llegan a hacer algunos seres humanos; ofrecer parte de la vida propia a otra persona no es el modo más lógico de lucha por la supervivencia.
     -Yo daría la vida entera por mi hija, no solo una parte, si hiciera falta -respondió Alicia-. La quiero tanto como a mí misma.
     -Claro -dijo el enfermero-, es muy comprensible; el amor, en la química cerebral, tiene una compensación muy potente. No haría usted lo mismo si tuviera que actuar por altruismo.

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (III)

A Sarai Zurita

     El verdugo esperaba pacientemente a que el reo se despidiera de su esposa.
     -Amor mío, nos veremos en las estrellas -decía el reo-. ¡Te amo! ¡Te amo! Tengo miedo. Bésame. Será nuestro último beso. Nos separaremos para siempre. Ya no tendremos otro instante para gozar de nuestro amor. Esto es el final, el final de nuestro sueño de ternura...
     Entonces su esposa dijo:
     -Caray, lo que estás diciendo me recuerda mucho a una película y no consigo acordarme del nombre, ¿seré tonta?

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (II)

A Titiritalba De Alba

     Un anciano que estaba tomando el sol en un parque le dijo a alguien que se había sentado en su mismo banco:
     -A mi edad, lo que más ilusión hace son los nietos. Yo quiero muchísimo a los míos, los adoro, les tengo auténtica pasión.
     El vecino de banco preguntó entonces:
     -¿Y cuántos tiene?
     El anciano pareció alegrarse con la pregunta y dijo rápidamente:
     -Ah, pues son... -pero, cuando iba a decir el número, su rostro cobró los rasgos de preocupación de quien se entrega a una profunda y delicada meditación y comenzó a mover sus dedos un largo espacio como contando una cantidad inmensa y a murmurar sus cálculos en voz muy baja. Al final dijo:- treinta y cinco.

17 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (I)

A Naika M. Santos

     Pedro se había enamorado perdidamente de una chica del instituto. La amaba tanto que no sabía por dónde empezar cuando hacía recuento de todas sus bellezas, que no hallaba en ningún otro ser del mundo. Para ponderar ante un amigo lo hermosa que era, Pedro le dijo:
     -Cuando la veo, es como si viera el cielo.
     Pero el amigo replicó:
     -¿El cielo católico o el protestante?

16 de octubre de 2013

Acabar con el hielo

A I.D.

     Las doce empresas más poderosas de Rusia se reunieron después de la comida de un domingo para decidir cómo se repartían el monto económico de la ayuda al gobierno para que acabara con el hielo del Círculo Polar Ártico. Doce presidentes de boyantes empresas, embutidos en trajes de impecable elegancia, regoldaban todavía reencontrándose con el sabor del vodka y de las tartas y dulces del postre alrededor de una mesa cuadrada, en uno de cuyos vértices intentaba acomodarse el que había llegado el último sin conseguirlo a su pleno gusto pues no podía poner el codo en la mesa para apoyar la cabeza en su mano y dormitar un poco.
     El dueño del mayor holding del estado, haciéndose dueño de la presidencia de aquella reunión, comenzó a hablar de esta manera:
     -Estimados amigos, Rusia tiene un futuro de ensueño. Nuestros más lejanos antepasados, llegados de Escandinavia, fundadores de este honorable estado, no habrían sido capaces de imaginar el sendero de gloria que inicia ahora el grandioso y hermoso país que ellos crearon y que nos llevará a sus ciudadanos a alcanzar el dominio absoluto del planeta con el que podremos... -el orador se detuvo vacilante. Su discurso era improvisado y nunca se había parado a pensar en qué hacía uno con el dominio absoluto de un planeta. Pero, al fin, encontró una salida y dijo:- con el que podremos dominar absolutamente el mundo.
     Todos aplaudieron mientras el orador sonreía halagado.
     -Pero para que esto sea posible, hemos de hacernos dueños del petroleo del Ártico y, para hacernos dueños del petroleo del Ártico, tenemos que descongelarlo.
     Entre los reunidos, todos pusieron caras de estar de acuerdo y de considerar razonable el propósito que acababa de ser expresado, excepto Gavriil Chernienko, el, hasta entonces, glacial ordenanza que suministraba los botellines de agua mineral, que, al oír que el polo norte iba a ser descongelado, llevado por un pánico irreprimible, absorbido por el terror, perdió el control de sus manos y dejó caer al suelo la bandeja con las botellas, objetos que, haciendo percusión unos y otros estallando en pedazos, provocaron un estruendo que desplazó totalmente hacia el ordenanza la perspicaz atención de los doce.
     Inmediatamente, salió con cierta precipitación uno de los presidentes mientras Gavriil recogía los vidrios en la bandeja. Al instante entró un soldado y, sujetando al ordenanza del brazo, le gritó:
     -¡Olvídese de los vidrios, estúpido!
     Gavriil Chernienko, obedeció sumiso. La puerta de la sala se cerró tras ellos dos y, al instante, todos pudieron escuchar, satisfechos, el grito desgarrado y los sollozos de súplica del ordenanza, seguidos de una seca detonación tras la que volvió el silencio más opaco.
     -Amigos míos, vuelva el calor, vuelva el calor a vuestros ánimos -dijo el orador que había tomado la palabra desde el principio-. Este inocente hombre ha muerto por Rusia, Rusia le debe su futuro, ofrendémosle un aplauso emocionado. ¡Bravo por este ordenanza valeroso!
     Todos los reunidos corearon el bravo y aplaudieron enfervorizados durante un minuto. Luego volvieron a tomar posturas y expresiones relajadas.
     El que había llegado el último, que apenas podía combatir el sueño, se vio de pronto incomodado por una duda que poco a poco lo hizo despejarse y, al no poder, de ninguna manera, resolverla él mismo, hubo de tomar la palabra. Y, dirigiéndose al orador, dijo con tono de perplejidad:
     -Querido amigo, hay muchísimo hielo en el polo, miles de kilómetros cuadrados. ¿Cómo vamos a hacer que se derrita? Y si lo derretimos, ¿qué haremos cuando vuelva el invierno y vuelva a formarse el hielo? Será el cuento de nunca acabar. Lo mejor es sacar el petroleo sin quitar el hielo. El hielo ha estado siempre ahí y siempre estará. El mundo es así, no lo podemos cambiar nosotros.
     -De ninguna manera, el mundo está dando cambios prometedores -dijo el orador-. El clima cada vez es más benigno. Gran parte del hielo está descongelándose por sí mismo, sin que hayamos tenido que intervenir nosotros. Solo tenemos que dar un empujoncito para que el hielo se derrita del todo. Amigo mío, ¿alguien quiere el hielo? Todos odiamos el frío, somos humanos, deseamos el calor, el buen clima, tenemos sangre caliente, ¿a quién le hace falta todo ese hielo?
     El que había llegado el último, sin embargo, empalideció y, como acometido por un repentino terror, comenzó a decir, con la voz oscurecida:
     -Yo estuve en Siberia. El frío no me gusta pero su poder es inmenso. El frío te cambia, te llega al alma, no se queda en la piel. Avanza hasta los huesos y hasta la mente, te hace sentirte fuera de ti, quizá sigues sintiéndote tan vulnerable como siempre pero el miedo a sucumbir por el frío da a tu espíritu la contextura del reptil. Acabas buscándolo, amándolo, crees que el frío es tu verdadero amigo, la compañía que de verdad te conviene. El frío esconde un abismo, en el frío, se puede perder todo, el alma, la vida. El frío te llama, el frío te seduce con el poder de un demonio tentador, o el de una sirena que te atrae con su belleza y acaba con tu vida en el fondo de las aguas. No hay fuerza que acabe con el frío, una y otra vez regresa, destruyendo la vida, durmiéndola, haciendo que se convierta en un recuerdo vago, que ya no es capaz de iluminar nuestro corazón. No creo que venzamos jamás al frío. Es posible que desaparezca del polo pero su estela quedará para siempre en las entrañas de los hombres.
     Cuando estas palabras terminaron de pronunciarse, se hizo el silencio. De pronto, alguien dijo:
     -Es curioso que el agua sea la única sustancia que en estado sólido ocupa más espacio...
     -Bueno eso tiene una explicación muy sencilla... -dijo otro de los asistentes y se apresuró a exponer sus conocimientos en la materia.
     -Me has recordado la historia que me contó mi padre de cuando estuvo en la montaña -dijo otro dirigiéndose al que había llegado rezagado-. Le amputaron cuatro dedos. Dijo que vio al Yeti.
     Todos los asistentes, acometidos de un súbito deseo de entregarse a la cháchara distendida, convirtieron de pronto la reunión en un desordenado conjunto de voces simultáneas. Pero el que había llegado el último, con una profunda gravedad en el semblante, se levantó de la mesa y, cabizbajo, se dirigió a la salida y se marchó sin que los otros, entregados a las bromas, las risas y las habladurías, se preocuparan en absoluto por él.

11 de octubre de 2013

El jarrón de las tres rosas

A Carmen Bravo

     Había sido propiedad de la abuela de mi esposa. Al poco de casarnos, lo trajo a casa y comenzó mi martirio. No era más que un jarrón con tres rosas a medio abrir grabadas en su contorno pero, aunque no acertara a descubrir qué motivo ni qué parte de él me causaba aquella sensación, una vaga inquietud comenzó a despertarme su presencia en casa desde el primer momento en que mis ojos lo contemplaron. Se lo expliqué a mi mujer y ella, poco dada a tolerar mi tendencia a dejarme abatir por preocupaciones inútiles y sufrimientos innecesarios, quiso liberarme de mi agobio intentando persuadirme de que lo absurdo o irreal de la causa de un temor lo convertía en un sentimiento sin valor alguno y, además, dañino porque impedía disfrutar de la vida si, objetivamente considerada, carecía de cualquier otra dificultad o motivo de disgusto como era mi caso.
     Pero horror tan inexplicable no me fue posible tampoco gobernarlo con los argumentos de la razón y aquella pieza de fino cristal, invadiendo cada vez más mi interior, me producía un pavor cada vez mayor. Dejé de tener valor para mirarlo cuando pasaba a su lado pero este acto de cobardía hacía que mi temor se volviera todavía más envolvente pues ahora mi imagen interior del objeto había sustituido casi al objeto mismo y parecía cobrar independencia. Así, sin distinguir con claridad si era una fantasía o una observación real, llegué a sospechar que, en el dibujo de las rosas, se camuflaba el rostro de un demonio. No quise comprobarlo, sentía que mi horror, si se confirmaba que mis delirantes pensamientos respondían a la realidad, sería demasiado insoportable.
     No quería que se perdieran las fronteras entre el adentro y el afuera, era esencial para mí que cuanto temía siguiera en los dominios de lo improbable porque las sensaciones de que estaba siendo presa mi espíritu eran demasiado horribles y, si el mundo se contaminaba de ellas, perdería la única vía de escape que me quedaba.
     Continuando la fabricación de mis delirios, llegué a creer que las tres rosas del jarrón eran una satánica alusión a los tres pecados capitales, el mundo, el demonio y la carne, y que el objeto había sido concebido para recoger la sangre de una virgen en alguna misa negra. No había fundamento real alguno para estas sospechas pero ¿cómo liberarse de una creencia, llegada de lo más hondo, que nos posee si no tenemos la prueba absoluta de que no es real?
     La fantasía se extendió a la abuela de mi esposa y pensé que ella debía ser consciente de la utilidad de aquel vaso ceremonial cuando lo adquirió y sospeché vínculos con el satanismo en parte de la familia. La angustia más insoportable me perturbó en la cima de mi demencia cuando, en mi pensamiento, se infiltró la probabilidad de que mi esposa fuera objetivo de las intenciones perversas de esos familiares. Ella no era una virgen a la que asesinar en una misa negra, obviamente había dejado de serlo, pero yo hacía el razonamiento de que los acólitos del diablo desean la destrucción de la felicidad y ejercer el mal en sus manifestaciones más deplorables. Acabábamos de casarnos, éramos en teoría dos seres dichosos e inocentes que amaban la vida y poseían almas bondadosas y luminosas. Sin duda un acólito del demonio desearía destruir de alguna manera todo eso.
     Cuando llegaba la noche, la inquietud me impedía el descanso, dormía muy poco, lo que aumentaba la cantidad e intensidad de mis fantasías en mi fatigada mente. En el trabajo, sentía la desesperación de no saber a ciencia cierta en qué estado se encontraba mi mujer y muchísimas veces la llamaba por teléfono, lo que provocaba su perplejidad y consternación. Ella no sabía lo que ocurría en mi interior, era inútil que lo supiera, no podría ayudarme, ella era inconsciente de lo que ocultaba su familia y jamás reconocería realidad en esas elucubraciones y, si no fuera así, si ella fuera conocedora de tan perversos secretos y llegaba a revelármelo, el mundo real perdería su inocencia, todas las aterradoras imágenes que poblaban mi espíritu pasarían a la realidad y quedaría atrapado en un sombrío infierno para siempre.
     Toda esta agonía habría continuado indefinidamente, quizá incluso hasta cambiar mi carácter o volverme loco, de no ser porque provocó un desenlace inesperado la noticia de mi esposa de que iba a quedarse unos días en casa de su madre para cuidarla pues acababan de operarla de la rótula.
     Aterrorizado por esta nueva, me abracé a ella y con tono desesperado y suplicante le dije:
     -¡Carmen, no vayas! No sé por qué motivo lo siento así pero me parece que tu familia quiere hacerte mal.
     -¿Te lo ha dicho alguien o es otro peligro imaginario como el del jarrón? -dijo ella con gravedad.
     Yo la solté y comencé a caminar de un lado a otro de la habitación agitadamente. De pronto, paré y, mirándola a la cara, le dije con la fragilidad y aflicción de un niño pequeño:
     -Es el jarrón otra vez, Carmen. No he podido desprenderme de mi inquietud. No quiero que sea verdad lo que pienso pero no puedo dejar de pensarlo.
     -¿Qué piensas? -me preguntó ella entonces.
     Yo abatí la mirada y dije:
     -Prefiero no decírtelo.
     Ella dio un bufido de irritación y salió de la habitación aceleradamente. Al instante volvió con el jarrón en las manos y me lo puso delante del rostro.
     -¡Míralo! -me gritó-. Es un jarrón como cualquier otro. Mi abuela lo compró cuando tuvo a mi madre, junto con la vajilla y las cortinas. Es un jarrón precioso. ¡Agárralo! ¡Tócalo!
     Le obedecí y, por primera vez desde hacia muchos días, lo observé directamente. El espanto me dominaba como jamás lo había hecho desde que llegó la pieza a casa. Lo tenía entre las manos pero me parecía tan imposible que eso estuviera sucediendo como sujetar sin quemarme un hierro incandescente. Y, de pronto, sucedió algo inesperado. Vino a mi memoria aquel lejano día de mi niñez totalmente olvidado, tan olvidado que, en un principio, pensé que era otra de mis fantasías.
     Mi abuela estaba enferma y mi madre se dedicaba a rezar y a poner velas a las figuras religiosas que había en casa para procurar su curación de un modo sobrenatural. Yo estaba llegando a la pubertad y sentía ya cierta aversión hacia los comportamientos que denotaran infantilismo. Lo que vino a mi memoria fue cuando mi madre me puso en la mano un jarrón con tres rosas a medio abrir y me dijo blandamente, como si me invitara a jugar:
     -Hijo, ve y pon estas flores ante la imagen del corazón de Jesús, que a ti, como eres pequeño, te va a hacer más caso.
     Con el jarrón de mi esposa en las manos, en medio del infinito horror que me provocaban las tres rosas de su relieve, recordé el sentimiento profundo de humillación con que me fui aproximando a la figurilla de Cristo y también de miedo a ser castigado por Dios por no sentirme como mi madre me sugería que me sintiera: como un niño pequeño que quiere que la divinidad le conceda un capricho sin importancia para lo que le lleva unas flores con toda la inocencia del niño al que todos protegen.
     El terror de sujetar entre mis manos la pieza de cristal que me obsesionaba se mezcló al que sentía a medida que me iba acercando a la figurilla de escayola, en el lejano recuerdo, y alcanzó tal paroxismo que envueltos mis sentidos en la ansiedad dejé por un instante de ser consciente de mi entorno y al mismo tiempo que recordaba cómo las dos velas del corazón de Jesús se apagaron de súbito cuando yo deposité el jarroncito con las tres rosas, sin duda por una corriente de aire que no advertí, dejé escapar de mis manos el jarrón y, cuando en el suelo estalló en cientos de pedazos con un estruendo que estremeció hasta lo más hondo de mi alma, sentí que mi obsesiva preocupación se había esfumado, como una aparición en la noche sorprendida por la luz del alba.

10 de octubre de 2013

Mueble

     A Juan, le trataron en casa con la displicencia con que se trata a un mueble que a veces es cómodo y a veces estorba. En el colegio, fue muy estudioso; quería ser el primero de la clase porque de un mueble se espera que cumpla a la perfección las funciones para las que se ha construido. En el instituto y la universidad rindió menos porque cada vez estaba más agobiado por su sensación de insignificancia y su mente se perdió por los sombríos senderos de la depresión y el aislamiento. Al final, sus padres tuvieron el lógico castigo a su falta de respeto y se encontraron con que no iban a poder desembarazarse de su mueble sino que, totalmente inútil, lo tendrían que conservar en casa pero, como sus costumbres eran tranquilas y solitarias, lo reciclaron para que les sirviera de ayuda en el trabajo y de compañía para la vejez. 
     Juan sufrió mucho con esta circunstancia. Su incapacidad para independizarse de sus padres la interpretaba como algo denigrante y su complejo de mueble llegó a su cima más angustiosa. Su mente se desestabilizaba constantemente proyectando en sus recuerdos y en su vida corriente su sensación de ser alguien insignificante y nulo para los demás. Bajo la dudosa luz de este prejuicio, comenzó a reconstruir la imagen de su vida y la forma de enfrentarse al mundo. Sus amigos ya no habían sido otra cosa en su fantasía acomplejada que malvados bromistas con superiores dotes intelectuales que habían disfrutado riéndose de su bajo nivel mental. Y, en cuanto a los más íntimos, había dejado de frecuentar su trato porque sentía que su presencia les resultaba incómoda: un mueble tiene la virtud de estorbar cuando entra en una casa ajena. Rehuía cuanto podía el trato con la gente porque no se sentía con fuerzas para aparentar el empaque y la solidez de hombre maduro que los extraños esperaban de alguien de su edad; quería conservar al menos la dignidad de mueble y no travestirse en ser humano cada vez que hablara con un desconocido sin que eso cambiara nada su auténtico valor.
     Pero Juan no se había resignado en ningún momento. Sus más profundos impulsos estaban enfocados a salir de su condición de ser ínfimo y, con la voluntad férrea del más obstinado de los hombres, seguía sin derrumbarse anímicamente, soñando con que algún día sería un genio de las letras por mucho que en aquel momento no viera claro la forma de conseguirlo. 
     Los hombres huyen de lo que les apena con tanto afán que pueden cruzar la frontera de la desgracia opuesta. Juan trabajó tanto sus textos que despertó la admiración de aquellas personas escogidas que alcanzaron a leerle y sin muchas dificultades, consiguió publicar su primer libro. Con el tiempo, fue cobrando fama y se comenzó a preocupar porque esta era inferior a la de otros escritores de su misma edad y estilo. Sus textos se vistieron entonces con los rasgos de lo sublime y conmovedor y algunos ya lo consideraban el mejor de su generación. Pero había muchas voces todavía tibias en la valoración de su obra, cabía la posibilidad de que dos o tres escritores fueran de calidad pareja a la suya. Esta circunstancia le atormentaba hondamente cuando llegó Sara.
     Con Sara descubrió por primera vez en su vida que no era un mueble, que no había de esforzarse en ser otra cosa para que lo aceptaran. La amó tanto que pareció que al fin conocía la felicidad en la Tierra. Pero siguió atormentándole el dolor de no ser el número uno indiscutible, el espíritu cuyo influjo dominara su tiempo. Montañas de frustración le atosigaban porque había lectores que preferían a otros escritores en lugar de a él. Sentía que, si no conseguía que todos le admiraran y veneraran, seguiría siendo el mueble de casa. Debía llegar a lo más alto, a donde nadie había llegado, ni siquiera Shakespeare, ni siquiera Homero, o sus padres le volverían a regañar con frialdad por mancharse la ropa o ver más televisión de la cuenta.
     Pero, cuando Sara fue consciente de esta desazón, le dijo:
     -Eres muy bueno pero yo prefiero a Fernández. Él no escribe para ser el mejor sino para expresar lo que tiene dentro. Tus obras son perfectas pero les falta vitalidad, estás demasiado pendiente de cumplir las expectativas de todos y te olvidas de las tuyas. Él se conforma con llegar al corazón de algunas almas especiales que se parezcan a él, es todo lo que tiene que hacer un escritor para cumplir su cometido. Tú, en cambio, te alejas de ti mismo cuando escribes para acercarte a todos pero, cuando lo haces, no hay nadie del que no te alejes también.
     Juan se puso pálido al oír estas palabras. Pensaba algo así como que Sara iba a salir ahora con el otro autor o que lo iba a abandonar porque había dejado de ser un mueble útil para ella.
     -Soy un fracasado, ahora lo veo... -dijo entonces con el rostro abatido.
     -¿Ves? -dijo Sara-. Eso es un sentimiento real. Escribe sobre eso. Es tu sentimiento. Lo harás mejor que escribiendo sobre la peste en la Edad Media. Quizá tengas menos admiradores pero dejarás de preocuparte por ello porque estarás seguro de que lo que estás haciendo es lo mejor, lo mejor para tu dignidad de escritor.
     Juan vio la luz en ese momento y supo qué le restaba por hacer para dejar de sentirse un mueble.

2 de octubre de 2013

La enciclopedia Bombazo

A Gabriele Nuzzarello

     Raúl era el segundo de tres hermanos. Sus padres eran dueños de una ferretería. Estaba acostumbrado a oírles hablar de albaranes, beneficios, gastos, tornillos, picaportes, clavos, dolores de espalda, fatiga, trabajo, interés, habilidad, astucia... pero nunca se decían te quiero, nunca se besaban, ni se acariciaban, ni se sonreían el uno al otro a no ser que uno de ellos hubiera contado en voz bien alta algo que tuviera verdadera gracia. La ternura no era un huésped habitual de casa; solo cuando la familia iba de visita a otro lugar, manifestaba delante de los extraños, con toda clase de gestos vehementes, lo unida que estaba aunque era una manifestación contenida, que no permitía explosión alguna de alegría.
     Todos los domingos sin excepción, iban a misa los cinco. Raúl asistía a la celebración encogido de temor, persuadido por su adusto padre de que en ese lugar había que comportarse con total corrección o, de lo contrario, molestaría a los mayores, que tenían razones muy serias para estar allí. Pero era la tarde del sábado cuando peor lo pasaba aquel niño. El sábado por la mañana era, para él, su gran momento de disfrute. Permanecía en casa y jugaba toda la mañana pero, cuando el sol pasaba del mediodía y comenzaba a declinar, su ánimo le hacía pensar en la llegada del domingo,  en la asistencia a la misa, en las visitas a los parientes, en esa ropa limpia tan incómoda que tenía que vestir y esas interminables horas perdidas en las salas de estar de sus tíos, afectando formalidad y seriedad para no llamar la atención. Entonces, la más honda depresión caía sobre su corazón y cuando el sol se ponía aquel día, parecía que llegara también a su fin toda la felicidad que le había reservado la vida.
     Raúl era amante de los libros, el conocimiento era su mayor sueño, se derretía de placer cuando aprendía algo nuevo y excitante en una página de un manual. Y un día, cuando acompañado de su madre entró en una librería, envuelto su ánimo en la ebriedad al contemplar tantos libros juntos, concibió un deseo que no se atrevió a formularlo en aquel momento porque su estricta madre era muy reacia a concederle caprichos sin sentido que supusieran un gasto superfluo y excesivo. Pero, por la noche, en la cama, en medio de la oscuridad, su espíritu se abrió a aquella veleidad seductora con la intensidad que tiene un impulso muchas horas refrenado que, de pronto, deja de estarlo.
     Ahora veía realizable su deseo, solo tenía que insistir un poco. Si se la pedía a su madre, seguro que se la compraba: una enciclopedia en veinte tomos, con todo lo que quisiera saber en orden alfabético, que había visto anunciada en el periódico.
     Al día siguiente, era domingo. Y después de la misa, le contó entre pucheros a su padre lo que quería, intentando averiguar de él si su madre, que era la que tomaba las grandes decisiones en casa, estaría de acuerdo en concedérselo. Su padre se burló de sus pucheros y de su deseo.
     -¿Para qué tantos libros? Luego los dejarás tirados y no los usarás -le dijo.
     -No, papá, me los leeré enteros y, cada vez que se me olviden, los leeré otra vez -dijo Raúl.
     -Díselo a la mamá -dijo su padre-. Lo que ella diga, haremos.
     Su madre estaba haciendo la comida en la cocina. Raúl llegó con cierto temor, con la cabeza gacha, afectando mucha pena por la molestia que iba a causarle.
     -¿Vas a decirme algo, Raúl? -dijo ella.
     -Es que quiero comprarme una cosa -dijo Raúl.
     -¿Qué cosa? Venga, habla, no me tengas esperando tanto -dijo la madre.
     -La enciclopedia Bombazo en veinte volúmenes -dijo Raúl con mirada y tono suplicantes.
     -Pero Raúl... ¿No es duro que este hijo mío no sepa el valor del dinero? -respondió acremente la madre-. ¿Qué te he dicho tantas veces? ¿No nos matamos tu padre y yo a trabajar todo el día para que estéis bien vestidos y comáis todo lo que tengáis gana? ¿Para qué quieres esa porquería?
     -No es una porquería, mamá -gemía Raúl-. Es para estudiar mejor y aprenderme mejor las cosas del colegio.
     En realidad, era una excusa, no le hacía falta para estudiar ni para ninguna otra cosa, simplemente era un capricho infundado; le gustaba saber y tener libros, eso era todo, pero no había ninguna utilidad detrás de su deseo, estaba desarmado ante los argumentos de su madre y tuvo que recurrir a aquella mentira.
     -Siendo así -dijo su madre-, se te comprará pero ya no me pidas nada hasta los Reyes del año que viene, ni juguetes, ni libros ni nada y, cuando estemos en casa de los tíos, no vuelvas nunca a darme prisas para que nos vayamos. ¿Lo vas a hacer así?
     Raúl sonrió y asintió alegre. De un brinco, se lanzó al cuarto de estar y de dos más al pasillo y, en una carrera, se plantó en su habitación e iba a dar un salto de triunfo cuando vio allí a su hermano mayor, que le dijo al instante, mirándole con expresión agria:
     -La enciclopedia Bombazo es para los dos...
     Una negra nube de inquietud se cernió sobre su corazón, entonces.
     -No, la mamá me la va a comprar a mí -protestó.
     -Pero el papá dice que es para los dos -dijo su hermano con gravedad-. ¿O es que una cosa tan cara va a ser solo para ti?
     Raúl agachó la cabeza y dijo triste y seriamente:
     -Pues que te la compren a ti, yo ya no la quiero.