11 de septiembre de 2013

Lo que hacen los niños

A I.D.S.

     Ana Doctora, mujer de cuarenta y siete años de Castelldefels, como persona carente de generosidad, era inflexible en su clasificación valorativa de las cosas del mundo. En el mundo, para ella, todo era materia. Dios no existía porque las cosas se habían creado solas a sí mismas. Por lo tanto, era más importante una loncha de jamón que un verso o un coche caro que el beso de alguien a quien amara. La vida había que vivirla con egoísmo porque cada uno, se decía, es responsable de su bienestar. Le parecía zafia la ternura excesiva; para ella, el amor había de ser un goce físico que la llenara de euforia y le hiciera sentir orgullo de sus propias dotes físicas de mujer adulta pues, para ella, no había cosa más insignificante que un niño.
     Su cerebro no se detenía a analizar en exceso las cosas que escuchaba, pero sí consideraba estúpido lo que no tenía una lógica fría y evidente y esa era la forma en que habían ido forjándose sus ideas. No era un adalid de la lealtad, por decirlo de alguna manera; su vida sentimental dependía exclusivamente de sus amantes. Seguía casada porque era confortable disfrutar del nivel de vida que le permitía el puesto de trabajo de su marido. Sus vestidos y complementos, que adulaban su vanidad de mujer ansiosa de ser valorada y admirada, no estarían al alcance de su economía si se divorciaba y, por otra parte, no veía ninguna razón lógica por la que tuviera que renunciar a la vida fácil que su marido le proporcionaba.
     Pero la aparente indolencia de Ana Doctora, su disipada actitud ética, su fría manera de vivir la vida, era un ligerísimo velo que ocultaba los horribles remordimientos de su amor propio. Su alma se retorcía de desesperación cada vez que no lograba su obstinado empeño en aparentar madurez y demostrar que ya no era una niña. Su infancia había tenido la marca del maltrato y, para ella, ser valioso era ser adulto y ser adulto era ser frío y egoísta. Pero su corazón maltratado la hacía insegura y nunca llegaba a sentir demostrado del todo que ya era una mujer. Cada vez que sentía la sombra de un menosprecio o de un escarnio, estallaba con violencia para defender su dignidad pero paradójicamente, era durante esta reacción cuando se ponía en evidencia toda la puerilidad de sus ideas, lo infantil de sus pensamientos, la inmadurez de sus reacciones y su sensación de humillación e impotencia se extendía hasta el infinito como el reflejo de dos espejos contrapuestos.
     Era poco apta para ceder en ningún tema de discusión y sentía honda frustración cuando la contrariaban; para ella, aprender algo de los otros o no tener la razón era propio de los niños y ella no podía tolerarse un solo resto de infancia en su alma. ¿Qué peor cosa puede haber para un ser con cerebro de niño que demostrarle que no es tan listo como él cree?
     La belleza física lo era todo para ella, los niños no llaman al goce lúbrico ni gozan de él, por lo que un adulto atractivo y con vigor sexual era el único tipo de persona valioso y merecedor de dignidad. Nada recordaba con más asco que aquella cosa deforme y chiquita que había tenido dentro de sí durante dos meses en la experiencia más agobiante de su vida.
     Un día de agosto hubo de enfrentarse a un episodio más de furia que, sin embargo, tuvo consecuencias inesperadas para ella. Estaba en una terraza de un bar tomando algo con una amiga. Ella no se daba cuenta pero el afecto de aquella amiga, le hacía sentirse una niña querida y se encontraba de buen humor. Sus consejos de mujer pragmática habían convencido a aquella amiga unos días antes de que, para superar el dolor por la muerte de su querida abuelita, lo que tenía que hacer era olvidarse de su marido, que le aburría profundamente, y buscarse un amante. Aquella la reconocía ahora como su mejor y más valiosa consejera y amiga pues el dolor por su abuela no pasaba de ser un susto ante la proximidad de la muerte y todo lo que necesitaba para superarlo era darle vitalidad a su propio cuerpo.
     La pareja de amigas sintió de pronto la necesidad de flirtear con un joven de buena apariencia que había en una mesa frontera. Pero este era una persona inteligente que se sintió asqueado de ellas, que con aquellas miradas tiernas y aquellas risas sin causa para afectar menos edad y aquellas referencias a su belleza cuando se decidieron a hablar, parecían invitarle a una deslealtad que, lleno su corazón de devoción por la persona a la que amaba, vio como un sacrilegio, odioso para él aun en el mero ámbito de la imaginación de aquellas mujeres. De modo que, llevado por su natural sarcasmo, que utilizaba para defender su vida del cinismo de los tiempos, les dijo:
     -Ahí dentro hay una escoba, no es muy guapa pero creo que es lo que les puede ir bien a ustedes.
     Ana Doctora, que creyó percibir en aquella frase la negación de todos sus atributos de mujer, degradando su valor hasta equipararlo al de una escoba o, como mucho, al de una empleada de hogar, tan profundamente ahondó su imaginación en lo que de real había en aquella alusión y tanto se rebelaron sus entrañas contra ese desolador panorama que, tomando al joven como si fuera el último reducto de la causa de sus frustraciones para defenderse de ellas lanzando el más formidable de los ataques contra él, le disparó estas exclamaciones:
     -¿Pues sabes lo que te digo, querido amigo? ¡Que antes lo haría con una escoba que contigo, que no eres más que un impotente! ¡Debajo de tu machismo asqueroso se ve lo poco hombre que eres! ¡No te queda más remedio que mansturbarte porque eres tan feo y tan malvado que ninguna mujer se atreve a acercarse a ti! ¡No tienes a nadie en la vida porque eres malo... malo... y yo me alegro de todo ese sufrimiento que te corroe por dentro porque la amargura te acabará destruyendo! ¡Eres un idiota sin cerebro, infantil y estúpido! ¡No puedo ni mirarte a la cara porque eres tan feo que me das asco!
     Y en el mismo momento en que acabó de decir esto, como era tan cobarde como pendenciera, huyó corriendo hacia su piso dejando a su amiga sola. No solo temía que el joven fuera violento y le pegara sino que le respondiera una dolorosa verdad porque, a su entender, los insultos y vejaciones verbales hechos en medio de la cólera eran la verdad última que el corazón de los enfurecidos revelaba a los desafortunados que se hacían merecedores de sus iras.
     Pero tan torpemente se manejaron sus piernas adormecidas por la ginebra que dio un traspiés, cayó y se rompió un brazo. El terrible dolor físico hizo que saliera del campo de su percepción toda la estructura de su deformada personalidad. Y se sintió de repente como una niña pequeña, indefensa y sola, como solía estarlo en su infancia. Iba a llorar pero se calló porque se acordó de lo que le hacía su madre cuando lloraba. Su madre le pegaba hasta que se callaba y, si no podía callar, le seguía pegando. No debo demostrar debilidad, se dijo al momento, es pueril, no tiene sentido, es lo que hacen los niños... 

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