20 de septiembre de 2013

La mujer insolente

     María vivía sin amor. Su pareja le prodigaba un afecto profundo pero ella hacía tiempo que lo recibía con tanta falta de ilusión como un funcionario de una oficina recibe impresos de manos de los administrados. Ella afectaba tener una gran riqueza de sentimientos, incompatible con el amor de su pareja, que a ella le parecía infantil y zafio. Pero algo había en su situación que le daba un sabor cruelmente satisfactorio. Se entregaba con delicia, ante la gente que conocía, a representar el papel de mujer dotada de una lúcida capacidad intelectual que le imponía el inexorable sino de hacerla odiosa para los demás. Su escepticismo de cartón piedra salía siempre a la palestra donde alguien mostraba su ilusión por las cosas de la vida. Le gustaba desmontar el edificio de la autoestima de los demás con sus comentarios cínicos y sarcásticos.
     Para ella, nadie estaba a la altura de su inteligencia, era capaz de criticar a su perro con el mismo sarcasmo que a las personas que la rodeaban: la duda escéptica se había convertido en la base fundamental en que se apoyaba su fe en la superioridad de su inteligencia.
     No quería sentirse una mujer fría por lo que simplemente se consideraba complicada, exigente y desengañada, tanto como un Hamlet cuyo fantasma confidente no fuera otra cosa que su precario amor propio.
     Si, ante el resto del mundo, llevaba la máscara de mujer demasiado inteligente para cualquiera y, ante sí misma, la de víctima de una forma de sentir especial que la alejaba de los demás, su verdadero corazón estaba muerto y oculto bajo el sedimento de una prolongada serie de traiciones a sí misma en busca de satisfacciones que nada tenían que ver con la verdadera felicidad.
     Su pareja, confundida por el camuflaje sentimental de María, se dejaba atormentar por su frío e hiriente trato, tormento del que incluso ella era víctima pues no desconocía, por ser humana, el remordimiento de quien, sintiéndose buena persona, asiste perplejo al espectáculo de su propia maldad sin poder hacer nada por evitarla.
     Un día su pareja dejó sola a María en un bar porque iban a ir a un espectáculo y se había olvidado la billetera en casa. María se estaba tomando un refresco con ginebra en la barra y, al ver a su lado a un hombre solo escribiendo en una servilleta, le dijo:
     -Por curiosidad, ¿qué está escribiendo usted?
     -Un poema... -respondió el hombre.
     -¿Sobre qué si se puede saber? -preguntó María.
     -Un poema de amor, sobre la felicidad de amar... -respondió el hombre.
     -¿Usted cree que se es feliz amando? -preguntó María riendo despectivamente.
     -Es la única manera de serlo -respondió el hombre.
     -Pues, en mi caso, sería más feliz si no amara tanto -dijo María-. Mi pareja es un mastuerzo.
     -Suele pasar -dijo el hombre-. Es tiempo de cambiar a alguien que vea en usted a un auténtico ser humano. No podemos vivir sin amor.
     -A mí no me falta, insisto, él me quiere en exceso -dijo María-. Pero sería más feliz si fuera más fría, se nota que usted no pisa con los pies en la tierra, amar solo trae sufrimiento. Cuando abra sus ojos a la realidad, descubrirá que tengo razón. Pero siga con su poema, seguro que le sale muy bonito...
     -No se puede amar mucho a un mastuerzo -dijo el hombre-. ¿Qué le hace a usted pensar que lo ama tanto? Nadie sufre sin hacer sufrir al mismo tiempo. ¿Qué clase de amor es ese que causa sufrimiento? Sus palabras me llenan de estupefacción...
     María, que sufría cuando se ponía en cuestión la inteligencia de sus palabras, al contrario que cuando ponía ella en cuestión la de los otros, al oír lo que el hombre le dijo, tan concentrada en su indignación llegó a quedar que se le cayó al suelo el plato de las aceitunas.
     -Bueno, el amor es más complicado que todas esas tonterías sobre mariposas, flores y primavera -respondió ella con cierta irritación en el tono.
     -Pero una persona inteligente resuelve con facilidad cualquier problema en el amor. ¿No es usted inteligente? -dijo el hombre.
     -¡Por supuesto que lo soy! -dijo María hecha una fiera-. Demasiado para el gusto de los demás.
     -Seguro que la contamos entre nuestros científicos de primera línea -dijo el hombre con sarcasmo.
     María, totalmente enfurecida, pagó la cuenta, cogió su bolso y salió a la calle a esperar a su pareja.

2 comentarios:

  1. Genial. Pocas cosas hay peores que descubrir que no somos lo que pensamos que somos.

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  2. No es eso lo peor, lo peor es olvidar lo que somos. Gracias, Jorge.

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Gracias por su comentario