21 de septiembre de 2013

Entre dos

     -Has de saber, mi querida amiga, que es un gozo inmenso e inconmensurable haber ganado tu amistad y contarme entre las personas a las que honras con tu afecto.
     -En lo que a mí respecta, puedo decir lo mismo de ti, a quien haber conocido considero una de las fortunas más agradables que me ha aportado la vida.
     -¡Qué bello es que tengan tan gran concepto de uno, sobre todo tratándose de una persona de tu sensibilidad y bonhomía! Quiero que sepas, querida amiga, que a mí me pasa igual: haberte conocido me ha aportado un infinito regocijo y júbilo desmesurado por cuanto tu bella mirada y tu sonrisa radiante reconfortan grandemente mi espíritu.
     -Tu galantería me ruboriza pero la acepto con sumo placer por cuanto la inmensa felicidad de haber hallado un amigo se suma al beneficio de ver subida mi autoestima y revalorizada mi belleza, que modestamente, pienso que no es tanta como tu opinión muestra y lo achaco a que posees una bondad profunda que da a tu mirada una amable clemencia a la hora de enjuiciar mi aspecto físico.
     -En modo alguno, estimadísima amiga, la belleza que te atribuyo es palmípeda...
     -¡Palmaria, Alberto!
     -¿Y cómo lo sabes si no sabías lo que iba a decir?
     -No nos pongamos a discutir ahora, tú querías decir palmaria y no palmípeda, que es lo de los patos.
     -Es posible, Silvia, pero estoy hasta las narices de las palabras extrañas. Hay otras formas más naturales para ponernos calientes, te lo vuelvo a repetir, ¿por qué te empeñas en esto? Esta perversión me pone de los nervios, es demasiado maligna...
     -¿Maligna? Eres un monicaco, no sirves para nada...

2 comentarios:

  1. Es perfecto. Magníficamente descrita la personalidad de los protagonistas con a penas unas líneas. Enhorabuena.

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