24 de septiembre de 2013

El maletín

     El abogado y el fiscal se habían acercado a la mesa del juez a hablar en privado y el público estaba alborotado. Hubo incluso un altercado porque un hombre, hablando y gesticulando con su vecino de la derecha abofeteó sin proponérselo al vecino de la izquierda, que se había inclinado para hablar con el hombre del asiento de delante.
     -Perdone -dijo entonces el que dio en bofetón al otro-, si le hubiera visto no le habría dado.
     -¡Y que me lo voy a creer...! -gritó hoscamente el abofeteado-. Tú eres un sinvergüenza y un caradura, como el acusado, porque seguro que eres familia de él, que eso se lleva en la sangre...
     -Oiga, ¿y qué gano yo atizándole a usted? Ni que fuera usted una pelota -dijo el abofeteador.
     -Gana chulería y fastidiar a la gente honrada... que a eso se dedican los que no tienen educación.
     -Tranquilícese y no ofenda usted, que yo soy director de banco y tengo toda la educación que hay que tener y, además, no soy familia del acusado...
     El juez golpeó compulsivamente la mesa con su mazo mientras clamaba agriamente pidiendo silencio y respeto al tribunal.
     El acusado estaba siendo interrogado por el fiscal y, al reanudarse el interrogatorio, le dijo:
     -Se ha demostrado que usted no ha robado por necesidad, trabaja en una confitería y tiene dos coches. ¿Se puede saber por qué insiste en decir que el delito de robo que ha cometido tiene una disculpa que le exime de ser considerada una mala acción?
     -Mire usted -respondió el acusado-, al final de mi jornada de trabajo, los billetes de la caja registradora están todos arrugados, manchados de grasa de las manos y a veces hasta rotos, señales de que es dinero que ha circulado acarreando mucho trabajo y sufrimiento pero, cuando vi aquel maletín en el hotel, con todos los billetes sin estrenar, limpios, empaquetados en fajos y en perfecto orden, tuve la certeza de que no haría mal alguno si me lo llevaba porque tenía pinta de ser dinero que no se había ganado con demasiado esfuerzo y al dueño no le importaría mucho la pérdida.
     El público estalló en risas y murmullos mientras el juez llamaba al orden con su mazo.
     El director de banco, hablando con su sempiterno interlocutor de la derecha, esta vez sin gesticular, por si acaso tenía un segundo altercado con el vecino de la izquierda, le decía:
     -Hay que mostrar al pueblo cuánto trabajamos los banqueros, solo así, dejarán de apoyar conductas como esta.
     -Es como estar en la mina, Riquelme, como la jodida mina -dijo el de la derecha.

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