3 de septiembre de 2013

Camino al Limbo

A I.D.

     Las monjas me cuidaron mientras aún me alimentaba por la boca. Mezclaban en la papilla de lentejas con chorizo los diez comprimidos que tenía que tomar en cada comida y el sabor recuerdo que no era muy agradable, aguantaba los vómitos porque las monjas me reñían y me hacían llorar. Cuando ya no pude comer por mi cuenta, me agujerearon el estómago en un hospital y me colocaron una sonda para alimentarme. Yo no tenía ya ganas de vivir pero ahí seguía, con la mente en blanco, acostado en una cama de hospital, sin moverme, con el cuerpo lleno de llagas e imaginándome que estaba trabajando en el andamio, pica que te pica en la pared, hasta hacer un agujero como un abismo.
     Morí un martes. Ese día eliminaron al Real Madrid de la Champions. Me lo contaron en la sala de espera del Purgatorio. Ya fue mala suerte la del Real Madrid ese año pero nada comparado con la mía, eso sí. En el Purgatorio, te muelen a tirones de pelos y a pescozones, pero lo aguantas bien porque por lo menos no has ido al Infierno, que ahí sí que lo pasas mal. Yo tenía sin purgar los malos pensamientos. Sabes que siempre le da a uno por pensar cosas que no se pueden pensar. Yo no sé cómo demonios saben las jerarquías celestiales lo que uno piensa, si yo mismo ni lo sabía a veces o se me olvidaba al cabo de un rato. Hay que ver lo poco que se paran las cabezas al cabo del día. Siempre rodando, siempre dándole mil vueltas a las cosas. No es de extrañar que en todo ese ajetreo entren infracciones al código celestial.
     Pues así estuve por lo menos una eternidad hasta que va un ángel, rodeado de luces y en un tono orgulloso va y me dice:
     -El Reino de los Cielos se ha abierto para ti. ¡Osanna!
     Yo iba con mucha prevención porque a mí nunca me preguntaron en todo el tiempo en que estuve en el Purgatorio cuáles eran mis aficiones y cómo me lo pasaba yo mejor y de camino al Cielo, me iba diciendo:
     -Manolo, a ver si a ti no te va a gustar esto y has estado padeciendo una eternidad para nada.
     Pues ni corto ni perezoso me planto en la Gloria y allí no ponían más que corales y lo que a mí me gusta es el pasodoble y la rumba. ¡Qué desilusión, chico! Se me caían las lágrimas a chorro. Tanto sufrimiento y, al final, nada. Como que a Dios no le gustaba la canción española, con la alegría que da oír a Manolo Escobar o a Juanito Valderrama. ¡Bueno...! Yo pensé que ojalá hubiera cambiado de religión a tiempo pero seguro que me habría pasado peor porque Manolo es un pobre desgraciao que no tiene suerte con nada.
     Luego vino el espectáculo. Verle la cara a Dios. Allí algunos ya aplaudieron a rabiar, señal de que les gustaba lo que veían pero a mí me hubiera gustado más ver una bailarina bonita o un estriptis o por lo menos la cara de una chica guapa pero la de Dios, con toda su cólera terrible y todos sus años a cuestas y esa luz tan potente que irradia que te deja los ojos escocidos, no es lo que yo considero un espectáculo que te ponga contento.
     Había estado infinitos años aguantando mojicones y pellizcos para ir a un sitio donde a los diez minutos ya lo había hecho todo. Me entró una desesperación, un malestar, un pánico, una sensación de claustrofobia tan grande que me levanté de la butaca y grité:
     -¡Que me lleven a otro sitio, por todos los santos, que aquí me destemplo...!
     Los ángeles se pusieron a hablar entre ellos y cuando acabaron vino uno y me dijo:
     -Mira, hace unos años que hemos quitado el Limbo pero sigue para los que ya estaban allí. Si quieres ir te llevamos.
     Y voy de camino al Limbo, fíjate. Una eternidad padeciendo y ahora con los niños sin bautizar y a poner la mente y los sentidos en blanco. Pero menos da una piedra.

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