1 de septiembre de 2013

Alice Perfect

     Alicia era una hermosa mujer de ojos azules y pelo negro que vestía con la elegancia más refinada, tan atrayente para cualquier hombre normal que la observara como poco receptiva a los envites de los moscones a los que deslumbraba la perfección y delicadeza de sus formas femeninas.
     A sus treinta y tres años, aún no se había casado ni pensaba en hacerlo. Su trabajo era el auténtico amor de su vida. Se conjugaba tan bien lo más genuino de su personalidad con la tarea que realizaba como decoradora de casas de la alta sociedad que sentía su corazón desembarazado de cualquier frustración y colmado de felicidad tan solo en el ejercicio de su profesión. A las personas para las que trabajaba no se les escapaba la excelencia de sus cualidades, producto de una combinación entre una inteligencia sobresaliente que resolvía instantáneamente cualquier problema y unas cualidades innatas para la belleza y el encanto que se volvían inteligibles a los demás una vez culminado el esfuerzo creativo.
     La conocían como Alice Perfect porque cualquiera que veía su trabajo se quedaba completamente fascinado y su toque tenía una distinción que todos reconocían aun en el más apresurado de los golpes de vista. Ella huía, como de un demonio, de la espontaneidad, a medida que iba acumulando experiencia, la iba incorporando a cada nuevo trabajo. Todo lo que hacía como decoradora tenía una explicación o una utilidad y, si la belleza de sus decoraciones emanaba de un impulso desconocido de su esencia más personal, caprichoso e ingobernable, procuraba aderezarla con todo tipo de baluartes racionales para que el ojo de los otros no se perdiera en los enigmas de su individualidad. Sin embargo, cuando los clientes aplaudían su trabajo con calor y muestras de asombro, sentía la felicidad de haber hallado aposento en los otros para su ser y su mismidad y no echaba de menos las engorrosas veleidades de un amor. Y es que era especialmente sensible al placer religioso de ser una pieza bien engrasada de la dinámica social, sin un solo inconveniente que perturbara a los demás. Si hubiera sido educada con severidad, quizá hubiera buscado imperiosamente saltarse alguna regla, herir algún corazón, caminar a contracorriente pero nunca nadie había reprimido sus impulsos y veía a los otros con la inocencia y confianza de quien nunca ha vislumbrado inconveniente alguno en ser quien se es.
     No salía nunca de las esferas de la sociedad pudiente pero en cierta ocasión, un cliente tuvo el capricho de que su bañera se adornara con unos versos eróticos y, cuando Alicia estuvo haciendo un trabajo en su casa, le encargó la misión de encontrar a un poeta que los escribiera exclusivamente para la ocasión. Ella no buscó el poeta más premiado, ni el de más nombre, porque era lo suficientemente inteligente como para juzgar por sí misma, sino el mejor. Investigó durante semanas incansablemente hasta que encontró a un escritor sutil y decidido pero de clase media y bastante sencillo de carácter.
     Cuando Alicia se presentó en su casa tras intercambiar con él unos cuantos correos electrónicos, el escritor, de nombre Ricardo, se vio tan atraído por aquella mujer que nunca se había sentido tan bien en su vida como aquellos veinte minutos que habló con ella aquel día. Cuando Alicia le habló de escribir un poema erótico, le pareció que lo trasladaban a otra dimensión de su ser porque lo que hasta entonces estaba sintiendo no tenía mucho que ver con el deseo sexual. Tenía Alicia unos labios carnosos y su voz era femenina y agradable y en sus ojos claros se podía ver la expresión de la inocencia más bondadosa. Ricardo se había olvidado de todo lo que hacía de Alicia una hembra deseable y había concentrado su atención en aquellos ojos de ángel, en aquella boca de niña y en aquella voz tierna y dulce y sintió tal oleada de afinidad con el espíritu del que eran reflejo aquellos rasgos que en su ánimo se alumbró el imperioso deseo de entrar en el corazón de aquella mujer porque, aunque solo habían pasado unos minutos desde que había entrado en su casa, la sentía tan próxima como si la conociera desde su infancia. El clima confiado y cómplice de su conversación, debido al excelente sentido del humor de ambos, facilitó esta impresión pero había mucho más, había un mundo de similitudes entre ambos que Ricardo captó mientras concentraba su mirada en aquellos ojos sencillos y bondadosos. Lo más irrenunciable de su ser se sentía reflejo de la cálida luz que irradiaba aquella chica. Las palabras que intercambiaban, los gestos expresivos, las fórmulas de cortesía y urbanidad, apenas mostraban nada de lo que Ricardo estaba percibiendo; su inteligencia apenas intervenía en lo que estaba sucediendo en su interior, eran sus emociones, su corazón, las que le gritaban que Alicia podía ser la mujer de su vida.
     Cuando Alicia se marchó, Ricardo se sentía absolutamente eufórico. Había conseguido de ella la promesa de ser su amiga. No tardó ni un segundo en ponerse a escribir unos versos pero no los del poema erótico para el cliente de Alicia sino los del poema de amor que quería dedicarle a ella. Sus letras tenían de repente un filón inagotable: la dorada imagen de aquella mujer, su nueva amiga, el tierno ser que le acababa de traer la esperanza tras una vida de desencuentro con los otros, soledad y odio a sí mismo. Ella le había hecho sentir libre de culpas la parte más honda de su ser porque la había visto reflejada en la persona más agradable que había conocido nunca. Lo primero que escribió fue esto:

Mi corazón te reconoce 
como si llegaras de mi infancia 

     Escribió poemas de amor sin parar hasta que volvió Alicia.
     -¡Pero qué niño eres! -le dijo cuando vio que el encargo había sido sustituido por un pequeño poemario dedicado a ella-. De acuerdo, los leeré esta noche pero escribe el erótico, que mañana vengo por él.
     Alicia, cuando leyó el minipoemario de Ricardo, los encontró perfectos y se sintió muy halagada por ser objeto de semejantes obras maestras. En los meses siguientes, Ricardo y Alicia, continuaron su relación de amigos. Ricardo continuaba escribiéndole poemas, de esa forma conseguía darle un empaque solemne a lo que sentía por ella pero lo que más liberaba su corazón era toda aquella poesía suya que se ha perdido para los libros, todas aquellas palabras bellas que fueron dichas solo para los oídos de Alicia, todos aquellos correos electrónicos, todas aquellas conversaciones donde Ricardo buscaba apasionadamente ser él, solo él, en el reflejo de ella, únicamente de ella. Las palabras que Alicia y Ricardo se dirigían acabaron volviéndose ininteligibles para los demás, no eran auténticas palabras, eran los sonidos del amor, salían del corazón, no de la inteligencia, buscaban al otro en su ser pleno y no meramente en lo que los unía a sus semejantes. Podían sentirse ambos por primera vez en su vida como libres de la utilidad, eran dignos de estar en el mundo y merecer el afecto de otra persona por el mero hecho de ser, no se juzgaban, se aceptaban sin restricciones, eran capaces de ver la belleza del otro donde acababa la que verían todos los demás. Alicia concedió al fin que el amor era más interesante que la decoración y Ricardo que ser persona no era realmente motivo de vergüenza.

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