24 de septiembre de 2013

El maletín

     El abogado y el fiscal se habían acercado a la mesa del juez a hablar en privado y el público estaba alborotado. Hubo incluso un altercado porque un hombre, hablando y gesticulando con su vecino de la derecha abofeteó sin proponérselo al vecino de la izquierda, que se había inclinado para hablar con el hombre del asiento de delante.
     -Perdone -dijo entonces el que dio en bofetón al otro-, si le hubiera visto no le habría dado.
     -¡Y que me lo voy a creer...! -gritó hoscamente el abofeteado-. Tú eres un sinvergüenza y un caradura, como el acusado, porque seguro que eres familia de él, que eso se lleva en la sangre...
     -Oiga, ¿y qué gano yo atizándole a usted? Ni que fuera usted una pelota -dijo el abofeteador.
     -Gana chulería y fastidiar a la gente honrada... que a eso se dedican los que no tienen educación.
     -Tranquilícese y no ofenda usted, que yo soy director de banco y tengo toda la educación que hay que tener y, además, no soy familia del acusado...
     El juez golpeó compulsivamente la mesa con su mazo mientras clamaba agriamente pidiendo silencio y respeto al tribunal.
     El acusado estaba siendo interrogado por el fiscal y, al reanudarse el interrogatorio, le dijo:
     -Se ha demostrado que usted no ha robado por necesidad, trabaja en una confitería y tiene dos coches. ¿Se puede saber por qué insiste en decir que el delito de robo que ha cometido tiene una disculpa que le exime de ser considerada una mala acción?
     -Mire usted -respondió el acusado-, al final de mi jornada de trabajo, los billetes de la caja registradora están todos arrugados, manchados de grasa de las manos y a veces hasta rotos, señales de que es dinero que ha circulado acarreando mucho trabajo y sufrimiento pero, cuando vi aquel maletín en el hotel, con todos los billetes sin estrenar, limpios, empaquetados en fajos y en perfecto orden, tuve la certeza de que no haría mal alguno si me lo llevaba porque tenía pinta de ser dinero que no se había ganado con demasiado esfuerzo y al dueño no le importaría mucho la pérdida.
     El público estalló en risas y murmullos mientras el juez llamaba al orden con su mazo.
     El director de banco, hablando con su sempiterno interlocutor de la derecha, esta vez sin gesticular, por si acaso tenía un segundo altercado con el vecino de la izquierda, le decía:
     -Hay que mostrar al pueblo cuánto trabajamos los banqueros, solo así, dejarán de apoyar conductas como esta.
     -Es como estar en la mina, Riquelme, como la jodida mina -dijo el de la derecha.

21 de septiembre de 2013

Entre dos

     -Has de saber, mi querida amiga, que es un gozo inmenso e inconmensurable haber ganado tu amistad y contarme entre las personas a las que honras con tu afecto.
     -En lo que a mí respecta, puedo decir lo mismo de ti, a quien haber conocido considero una de las fortunas más agradables que me ha aportado la vida.
     -¡Qué bello es que tengan tan gran concepto de uno, sobre todo tratándose de una persona de tu sensibilidad y bonhomía! Quiero que sepas, querida amiga, que a mí me pasa igual: haberte conocido me ha aportado un infinito regocijo y júbilo desmesurado por cuanto tu bella mirada y tu sonrisa radiante reconfortan grandemente mi espíritu.
     -Tu galantería me ruboriza pero la acepto con sumo placer por cuanto la inmensa felicidad de haber hallado un amigo se suma al beneficio de ver subida mi autoestima y revalorizada mi belleza, que modestamente, pienso que no es tanta como tu opinión muestra y lo achaco a que posees una bondad profunda que da a tu mirada una amable clemencia a la hora de enjuiciar mi aspecto físico.
     -En modo alguno, estimadísima amiga, la belleza que te atribuyo es palmípeda...
     -¡Palmaria, Alberto!
     -¿Y cómo lo sabes si no sabías lo que iba a decir?
     -No nos pongamos a discutir ahora, tú querías decir palmaria y no palmípeda, que es lo de los patos.
     -Es posible, Silvia, pero estoy hasta las narices de las palabras extrañas. Hay otras formas más naturales para ponernos calientes, te lo vuelvo a repetir, ¿por qué te empeñas en esto? Esta perversión me pone de los nervios, es demasiado maligna...
     -¿Maligna? Eres un monicaco, no sirves para nada...

20 de septiembre de 2013

La mujer insolente

     María vivía sin amor. Su pareja le prodigaba un afecto profundo pero ella hacía tiempo que lo recibía con tanta falta de ilusión como un funcionario de una oficina recibe impresos de manos de los administrados. Ella afectaba tener una gran riqueza de sentimientos, incompatible con el amor de su pareja, que a ella le parecía infantil y zafio. Pero algo había en su situación que le daba un sabor cruelmente satisfactorio. Se entregaba con delicia, ante la gente que conocía, a representar el papel de mujer dotada de una lúcida capacidad intelectual que le imponía el inexorable sino de hacerla odiosa para los demás. Su escepticismo de cartón piedra salía siempre a la palestra donde alguien mostraba su ilusión por las cosas de la vida. Le gustaba desmontar el edificio de la autoestima de los demás con sus comentarios cínicos y sarcásticos.
     Para ella, nadie estaba a la altura de su inteligencia, era capaz de criticar a su perro con el mismo sarcasmo que a las personas que la rodeaban: la duda escéptica se había convertido en la base fundamental en que se apoyaba su fe en la superioridad de su inteligencia.
     No quería sentirse una mujer fría por lo que simplemente se consideraba complicada, exigente y desengañada, tanto como un Hamlet cuyo fantasma confidente no fuera otra cosa que su precario amor propio.
     Si, ante el resto del mundo, llevaba la máscara de mujer demasiado inteligente para cualquiera y, ante sí misma, la de víctima de una forma de sentir especial que la alejaba de los demás, su verdadero corazón estaba muerto y oculto bajo el sedimento de una prolongada serie de traiciones a sí misma en busca de satisfacciones que nada tenían que ver con la verdadera felicidad.
     Su pareja, confundida por el camuflaje sentimental de María, se dejaba atormentar por su frío e hiriente trato, tormento del que incluso ella era víctima pues no desconocía, por ser humana, el remordimiento de quien, sintiéndose buena persona, asiste perplejo al espectáculo de su propia maldad sin poder hacer nada por evitarla.
     Un día su pareja dejó sola a María en un bar porque iban a ir a un espectáculo y se había olvidado la billetera en casa. María se estaba tomando un refresco con ginebra en la barra y, al ver a su lado a un hombre solo escribiendo en una servilleta, le dijo:
     -Por curiosidad, ¿qué está escribiendo usted?
     -Un poema... -respondió el hombre.
     -¿Sobre qué si se puede saber? -preguntó María.
     -Un poema de amor, sobre la felicidad de amar... -respondió el hombre.
     -¿Usted cree que se es feliz amando? -preguntó María riendo despectivamente.
     -Es la única manera de serlo -respondió el hombre.
     -Pues, en mi caso, sería más feliz si no amara tanto -dijo María-. Mi pareja es un mastuerzo.
     -Suele pasar -dijo el hombre-. Es tiempo de cambiar a alguien que vea en usted a un auténtico ser humano. No podemos vivir sin amor.
     -A mí no me falta, insisto, él me quiere en exceso -dijo María-. Pero sería más feliz si fuera más fría, se nota que usted no pisa con los pies en la tierra, amar solo trae sufrimiento. Cuando abra sus ojos a la realidad, descubrirá que tengo razón. Pero siga con su poema, seguro que le sale muy bonito...
     -No se puede amar mucho a un mastuerzo -dijo el hombre-. ¿Qué le hace a usted pensar que lo ama tanto? Nadie sufre sin hacer sufrir al mismo tiempo. ¿Qué clase de amor es ese que causa sufrimiento? Sus palabras me llenan de estupefacción...
     María, que sufría cuando se ponía en cuestión la inteligencia de sus palabras, al contrario que cuando ponía ella en cuestión la de los otros, al oír lo que el hombre le dijo, tan concentrada en su indignación llegó a quedar que se le cayó al suelo el plato de las aceitunas.
     -Bueno, el amor es más complicado que todas esas tonterías sobre mariposas, flores y primavera -respondió ella con cierta irritación en el tono.
     -Pero una persona inteligente resuelve con facilidad cualquier problema en el amor. ¿No es usted inteligente? -dijo el hombre.
     -¡Por supuesto que lo soy! -dijo María hecha una fiera-. Demasiado para el gusto de los demás.
     -Seguro que la contamos entre nuestros científicos de primera línea -dijo el hombre con sarcasmo.
     María, totalmente enfurecida, pagó la cuenta, cogió su bolso y salió a la calle a esperar a su pareja.

15 de septiembre de 2013

La estantería de Lovecraft

A Susana Escarabajal Magaña

     Juan era un lector infatigable. Soñaba con que, en algún libro, encontraría no solo el secreto de la vida sino la libertad y la felicidad absolutas. Era una idea un tanto ilusa pero la tenía desde niño y la razón del adulto no se la había podido hacer desarraigar de su espíritu entregado a la fantasía vívida. Cuando sus libros fueron tantos que no le cabían en las estanterías que tenía, decidió que compraría una nueva mucho más grande para sustituir a las demás. No tomó medidas, fue a la tienda de muebles olvidado de ese detalle. Cuando vio una estantería con grabados que recordaban las obras de Lovecraft, se enamoró de ella y sin dudar un instante pidió que la llevaran a su domicilio. La estantería fue desmontada, transportada e introducida en casa de Juan pero, cuando fue montada de nuevo para colocarla en el lugar elegido, se descubrió que tenía más altura que el techo de la casa.
     Los empleados le dijeron, entonces, que se la iban a llevar pero Juan, encaprichado de la estantería, les pidió que la dejaran, que se la quedaba a pesar de que era demasiado grande pues estaba convencido de que había una forma de solucionarlo, solo tenía que pensar en ello durante unos días. Los empleados, convencidos de que Juan era un loco, decidieron no replicarle nada y se marcharon.
     Juan, desde un principio, creyó que la solución al problema llegaría pensando con detenimiento. Tenía que haber algún detalle de algún tipo en el que no había pensado todavía. Debía haber olvidado algo. Algo escapaba a su espíritu y, mientras no descubriera lo que era, la estantería seguiría desmontada en su estudio y siendo objeto de su preocupación. Había descartado muy pronto la opción de construir el techo a una altura mayor pues eso requeriría un gasto económico desproporcionado, también desde el principio se negaba a que a la estantería le fuera seccionado un trozo a la medida de la altura que le sobraba ya fuera por arriba o por abajo o el centro pues esta mutilación acabaría con su fascinadora belleza. Cavar el suelo y hacerlo más bajo quizá fuera más económico pero no consideraba proporcionada medida tan drástica.
     Cuando estas medidas materiales obvias fueron rechazadas, no se detuvo, sintió que en algún lugar escondido de su mente, le aguardaba un secreto que le revelaría la manera de superar las dificultades y hacerse con sus deseos. Pero, cuando se ponía a elucubrar sobre ello, no se veía más que a sí mismo, minuto tras minuto, oprimido por la inquietante presencia de aquella incógnita. Cada mañana al despertar, volvía a su mente el problema de la estantería. Por una parte, ansiaba desprenderse lo antes posible de él. Pero, por otra, sentía un impulso irrefrenable de entregarse a la indagación de aquel enigma, de observarse a sí mismo, en medio de aquella impotencia, entre fascinado y horrorizado, intentando comprender por qué su techo no daba cabida a su estantería.
     A veces incluso miraba los grabados de la madera del mueble, creyendo que, en sus horribles figuras, encontraría la salida a su martirio y otras veces miraba hacia su infancia y al resto de su vida, como si en sus recuerdos más íntimos estuviera la respuesta. Dejó de frecuentar el trato social, apenas salía más que para las necesidades más vitales. Aunque no pasaba de ser un absurdo capricho, su obsesión por la estantería se acabó convirtiendo en su único interés, en el centro absoluto de su pensamiento. Veía ahora su techo como una amenaza a su libertad, hubiera deseado vivir en un mundo sin techos, con el infinito como límite, con la posibilidad de ser absolutamente feliz, de gozar de un manantial absoluto de luz para su existencia. Pero miraba a su techo y lo veía tan macizo, tan opaco, tan cercano a su cabeza, que se desesperaba y se entregaba a su interminable elucubración y contemplación de sí.
     Vagaba horas y horas después del trabajo caminando mientras fumaba de un lado a otro de su estudio, cada vez más hastiado, con la sensación de estar abriendo un abismo en su propio interior buscando una libertad que cada vez se encontraba más lejos. Su mente pasaba una y otra vez por las mismas cuestiones, las que no admitían solución alguna, las que entraban dentro de la categoría de lo imposible y, aunque no encontraba avance alguno en ellas, eran lo primero que venía a su cabeza cuando tenía espacio para abrirse con desembarazo a la contemplación de su conciencia.
     Podría haber perdido el juicio, aislado como estaba de todos y en medio de estas extrañas reflexiones, pero no se vuelve loco quien no quiere y un día, repasando los grabados de la estantería, creyó verse a sí mismo reflejado en ellos en la figura de un hombre con vestiduras talares que sujetaba un libro en lo alto y tenía un brazo alzado, como declamando una invocación, más adelante aparecían dos seres alados ante él y a continuación era transportado por los aires y en la última imagen era arrojado contra la tierra, el natural elemento de los seres humanos y el impacto contra el suelo le hacía perder la vida.
     De pronto, vio claro que su libertad no se la estaba quitando el techo sino la estantería, llamó a la tienda de muebles y pidió que se la llevaran. Había sabido comprender que no la necesitaba, que la sola fuerza de su capricho le había entregado al mal y al sufrimiento. Para siempre ya consideró como verosímil que el corazón no necesita de las cosas imposibles y que la felicidad consiste en aceptar que ya ha llegado y no en alcanzar sueños fragosos.

11 de septiembre de 2013

Lo que hacen los niños

A I.D.S.

     Ana Doctora, mujer de cuarenta y siete años de Castelldefels, como persona carente de generosidad, era inflexible en su clasificación valorativa de las cosas del mundo. En el mundo, para ella, todo era materia. Dios no existía porque las cosas se habían creado solas a sí mismas. Por lo tanto, era más importante una loncha de jamón que un verso o un coche caro que el beso de alguien a quien amara. La vida había que vivirla con egoísmo porque cada uno, se decía, es responsable de su bienestar. Le parecía zafia la ternura excesiva; para ella, el amor había de ser un goce físico que la llenara de euforia y le hiciera sentir orgullo de sus propias dotes físicas de mujer adulta pues, para ella, no había cosa más insignificante que un niño.
     Su cerebro no se detenía a analizar en exceso las cosas que escuchaba, pero sí consideraba estúpido lo que no tenía una lógica fría y evidente y esa era la forma en que habían ido forjándose sus ideas. No era un adalid de la lealtad, por decirlo de alguna manera; su vida sentimental dependía exclusivamente de sus amantes. Seguía casada porque era confortable disfrutar del nivel de vida que le permitía el puesto de trabajo de su marido. Sus vestidos y complementos, que adulaban su vanidad de mujer ansiosa de ser valorada y admirada, no estarían al alcance de su economía si se divorciaba y, por otra parte, no veía ninguna razón lógica por la que tuviera que renunciar a la vida fácil que su marido le proporcionaba.
     Pero la aparente indolencia de Ana Doctora, su disipada actitud ética, su fría manera de vivir la vida, era un ligerísimo velo que ocultaba los horribles remordimientos de su amor propio. Su alma se retorcía de desesperación cada vez que no lograba su obstinado empeño en aparentar madurez y demostrar que ya no era una niña. Su infancia había tenido la marca del maltrato y, para ella, ser valioso era ser adulto y ser adulto era ser frío y egoísta. Pero su corazón maltratado la hacía insegura y nunca llegaba a sentir demostrado del todo que ya era una mujer. Cada vez que sentía la sombra de un menosprecio o de un escarnio, estallaba con violencia para defender su dignidad pero paradójicamente, era durante esta reacción cuando se ponía en evidencia toda la puerilidad de sus ideas, lo infantil de sus pensamientos, la inmadurez de sus reacciones y su sensación de humillación e impotencia se extendía hasta el infinito como el reflejo de dos espejos contrapuestos.
     Era poco apta para ceder en ningún tema de discusión y sentía honda frustración cuando la contrariaban; para ella, aprender algo de los otros o no tener la razón era propio de los niños y ella no podía tolerarse un solo resto de infancia en su alma. ¿Qué peor cosa puede haber para un ser con cerebro de niño que demostrarle que no es tan listo como él cree?
     La belleza física lo era todo para ella, los niños no llaman al goce lúbrico ni gozan de él, por lo que un adulto atractivo y con vigor sexual era el único tipo de persona valioso y merecedor de dignidad. Nada recordaba con más asco que aquella cosa deforme y chiquita que había tenido dentro de sí durante dos meses en la experiencia más agobiante de su vida.
     Un día de agosto hubo de enfrentarse a un episodio más de furia que, sin embargo, tuvo consecuencias inesperadas para ella. Estaba en una terraza de un bar tomando algo con una amiga. Ella no se daba cuenta pero el afecto de aquella amiga, le hacía sentirse una niña querida y se encontraba de buen humor. Sus consejos de mujer pragmática habían convencido a aquella amiga unos días antes de que, para superar el dolor por la muerte de su querida abuelita, lo que tenía que hacer era olvidarse de su marido, que le aburría profundamente, y buscarse un amante. Aquella la reconocía ahora como su mejor y más valiosa consejera y amiga pues el dolor por su abuela no pasaba de ser un susto ante la proximidad de la muerte y todo lo que necesitaba para superarlo era darle vitalidad a su propio cuerpo.
     La pareja de amigas sintió de pronto la necesidad de flirtear con un joven de buena apariencia que había en una mesa frontera. Pero este era una persona inteligente que se sintió asqueado de ellas, que con aquellas miradas tiernas y aquellas risas sin causa para afectar menos edad y aquellas referencias a su belleza cuando se decidieron a hablar, parecían invitarle a una deslealtad que, lleno su corazón de devoción por la persona a la que amaba, vio como un sacrilegio, odioso para él aun en el mero ámbito de la imaginación de aquellas mujeres. De modo que, llevado por su natural sarcasmo, que utilizaba para defender su vida del cinismo de los tiempos, les dijo:
     -Ahí dentro hay una escoba, no es muy guapa pero creo que es lo que les puede ir bien a ustedes.
     Ana Doctora, que creyó percibir en aquella frase la negación de todos sus atributos de mujer, degradando su valor hasta equipararlo al de una escoba o, como mucho, al de una empleada de hogar, tan profundamente ahondó su imaginación en lo que de real había en aquella alusión y tanto se rebelaron sus entrañas contra ese desolador panorama que, tomando al joven como si fuera el último reducto de la causa de sus frustraciones para defenderse de ellas lanzando el más formidable de los ataques contra él, le disparó estas exclamaciones:
     -¿Pues sabes lo que te digo, querido amigo? ¡Que antes lo haría con una escoba que contigo, que no eres más que un impotente! ¡Debajo de tu machismo asqueroso se ve lo poco hombre que eres! ¡No te queda más remedio que mansturbarte porque eres tan feo y tan malvado que ninguna mujer se atreve a acercarse a ti! ¡No tienes a nadie en la vida porque eres malo... malo... y yo me alegro de todo ese sufrimiento que te corroe por dentro porque la amargura te acabará destruyendo! ¡Eres un idiota sin cerebro, infantil y estúpido! ¡No puedo ni mirarte a la cara porque eres tan feo que me das asco!
     Y en el mismo momento en que acabó de decir esto, como era tan cobarde como pendenciera, huyó corriendo hacia su piso dejando a su amiga sola. No solo temía que el joven fuera violento y le pegara sino que le respondiera una dolorosa verdad porque, a su entender, los insultos y vejaciones verbales hechos en medio de la cólera eran la verdad última que el corazón de los enfurecidos revelaba a los desafortunados que se hacían merecedores de sus iras.
     Pero tan torpemente se manejaron sus piernas adormecidas por la ginebra que dio un traspiés, cayó y se rompió un brazo. El terrible dolor físico hizo que saliera del campo de su percepción toda la estructura de su deformada personalidad. Y se sintió de repente como una niña pequeña, indefensa y sola, como solía estarlo en su infancia. Iba a llorar pero se calló porque se acordó de lo que le hacía su madre cuando lloraba. Su madre le pegaba hasta que se callaba y, si no podía callar, le seguía pegando. No debo demostrar debilidad, se dijo al momento, es pueril, no tiene sentido, es lo que hacen los niños... 

7 de septiembre de 2013

Los malos

     En la cámara de la muerte de Huntsville acababan de ajusticiar a un mexicano. Uno de los funcionarios de prisión que miraban por la ventana como testigos del acto se había desmayado sobre su silla y su vecino de asiento y otros compañeros lo estaban auxiliando. Al lado de su silla, a un par de puestos más allá, sin embargo, un hombre de apariencia pulcra y semblante hierático observaba estos movimientos de los funcionarios con indolente descuido. Era un representante de la tesorería del estado de Texas. El funcionario volvió a abrir los ojos y todos se calmaron. Uno de los que habían atendido al compañero mareado se sentó juntó al hombre de pulcra apariencia y dijo:
     -Odio las ejecuciones. Deberían haberlas excluido ya de las leyes de este estado. Los tejanos somos buena gente, no está bien que hagamos esto con los delincuentes.
     -¿Y por qué no? -dijo el hombre pulcro-. El mal existe, hay que erradicarlo...
     El compañero del mareado le extendió la mano y dijo:
     -Frank Murder, funcionario de esta prisión.
     El pulcro le estrechó su mano y dijo:
     -Tom Wyoming, de la tesorería de Texas.
     -¿Por qué hay que erradicarlo? -dijo Murder-. Dijo Jesús que el que estuviera libre de pecado que tirara la primera piedra...
     -Usted no entiende de esto. Yo he escrito un libro sobre el mal. En el mundo hay tres tipos de personas que causan sufrimiento a los demás. En primer lugar están los malvados de corazón. Son los que por instinto natural están inclinados a dañar a sus semejantes. Las religiones y el poder político nacieron entre otras cosas para defendernos de ellos. Para prevenir las acciones de estos seres dañinos, la sociedad ha de reprimir los instintos naturales de todos los demás. Es un efecto indeseable de la presencia de estos seres en el mundo pero así es como debe hacerse por tradición. En segundo lugar están los indiferentes. Ellos no sienten cuando causan perjuicio a los demás, solo se preocupan de su propio bienestar. No son malvados de corazón pero tampoco desean la felicidad de sus semejantes. Si no hubiera policía y normas y leyes, estos seres llenarían nuestras vidas de dificultades, serían nuestros peores parásitos. Y en tercer lugar están los degenerados. Son los que no quieren reprimir sus instintos en favor de la sociedad. Son bondadosos de corazón y desean la felicidad de los demás pero adoptan actitudes indecentes. Los maricas, los drogadictos, las putas, los comunistas, los ateos... Todos ellos actúan llevados por sus instintos desordenados, porque no se sienten con fuerzas para refrenarlos.
     El funcionario mareado estaba vomitando pero Wyoming seguía con su perorata acerca de su libro.
     -Los buenos somos los demás, los que hemos dejado a un lado las veleidades del corazón y nos plegamos a los dictados de la sociedad con obediente resignación, sin atender a otra cosa que la lógica y el sentido práctico. Yo me casé sin enamorarme, solo porque lo vi útil y... lógico -Wyoming hizo un elegante gesto con la mano para decir lógico a imitación de los de Carl Sagan; de pronto agarró del brazo a Murder y le dijo con un tono oscuro, como lleno de una ira que intentaba disimular:- ¿Entiende por qué es tan importante erradicar el mal? Todos ellos deberían morir para que el horrible esfuerzo de contención de nuestros instintos que hacemos las buenas personas sea vengado en sus detestables carnes. Nuestras vidas han de ser grises y oscuras pero ellos no merecen ni siquiera vivir...
     Detrás del asiento de Wyoming, había un periodista y estaba escuchándole. Cuando pronunció estas últimas palabras, el periodista se inclinó hacia él, le tocó el hombro y le dijo:
     -Oiga, ¿y qué tiene de malo que muramos todos? Después de todo ¿para qué vivir estas vidas tan grises? Mejor decretar un día de libertad verdadera y permitirnos todas las indecencias que ansían nuestros corazones en medio del más salvaje Apocalipsis.
     El periodista se levantó y dijo antes de marcharse:
     -Yo sí estoy enamorado de mi esposa; solo espero que no me clasifique por eso entre los degenerados...

6 de septiembre de 2013

La modelo

     Sofía repasaba la revista de chismes de los famosos en la sala de espera de la consulta del veterinario con su doberman al lado. De pronto apareció en la puerta Josefina, su prima, con su mastín sujeto de la correa.
     -¡Hola, Sofía! -dijo Josefina con sorpresa-. Te creía de vacaciones.
     -Estaba, sí, pero ya he vuelto, eran solo de una semana -respondió Sofía mientras Josefina tomaba asiento a su lado-. A mi marido le ha dado por hacerlas trocitos.
     -No es mala idea, Sofía -dijo Josefina-. Si se toma el mes entero, llega un momento en que ya no sabe en lo que entretenerse.
     Sofía dejó entonces la revista en el asiento de al lado mientras decía:
     -Pues los famosos bien que están todo el año de juerga, de sarao en sarao y no se cansan nunca de tanta frivolidad -dijo Sofía-. ¿Sabes que esa modelo tan guapa que está tan de moda ahora (y que ni me acuerdo del nombre porque es que la tengo atravesada) tiene tres casas solo por pasear su cuerpo de zorra por una pasarela?
     -Ah, ya sé quién me dices... -dijo Josefina.
     -No la puedo soportar, Finita, es superior a mis fuerzas... -dijo Sofía.
     -Suele pasar a veces... -dijo Josefina distraídamente.
     -Tan lista, tan guapa, tan encantadora... -Sofía ponía grotescos rictus de admiración-. ¡No la puedo aguantar, Finita!
     -A mí no me parece tan presumida -dijo Josefina-, a mí no me cae tan mal...
     -Pero es que no es que sea presumida, es..., es... -Sofía no encontraba la expresión adecuada-. Y luego la manía que tiene con el tenis... ¡Siempre con la raquetita y las pelotas! Que si el tenis es su deporte favorito... que si me gusta mucho el ténis... que si gané de niña un trofeo...
     -Mujer, ella contesta a las preguntas que se le hacen -dijo Josefina.
     -Pero lo que más me revienta de esa pedorra es que le gusta Pablo Milanés -dijo Sofía.
     -¡Si es el que te gusta a ti! -dijo con perplejidad Josefina.
     -¡Por eso mismo me revienta! -dijo Sofía-. Y la ropa que lleva siempre... ¡Qué vestidos más bonitos lleva la zorra! Me los pondría yo todos, ni uno me parece feo...
     -¿Y entonces qué te parece mal? -dijo Josefina.
     -Es que no te lo puedo explicar, es... es... -Sofía volvía a quedarse atascada-. Y esa forma de caminar tan elegante... ¡Parece un cisne, la desgraciada! Pero no la puedo tragar. Es...
     -A ver si le tienes un poco de envidia... -dijo Josefina intentando aclarar las cosas.
     -¡No, no...! -replicó inmediatamente Sofía-. Eso sí que no. Mi alto sentido moral me impide dejarme arrastrar por las bajas pasiones, eso sí que no... Y le gusta Cervantes... Solo por eso, ya la estrangulaba...
     -¿Qué pasa, que es el que te gusta a ti? -preguntó Josefina.
     -El que me habría gustado leer pero que no le entiendo ni jota...-respondió Sofía.
     -Sofía, no sigas, tú le tienes envidia y mucha -dijo Josefina-, pero no tienes por qué. Cada uno en su lugar...
     -¡Que te digo que no! -dijo Sofía dándose un manotazo en la pierna-. Es..., es..., es que es y eso no se lo consiento a nadie.

3 de septiembre de 2013

Camino al Limbo

A I.D.

     Las monjas me cuidaron mientras aún me alimentaba por la boca. Mezclaban en la papilla de lentejas con chorizo los diez comprimidos que tenía que tomar en cada comida y el sabor recuerdo que no era muy agradable, aguantaba los vómitos porque las monjas me reñían y me hacían llorar. Cuando ya no pude comer por mi cuenta, me agujerearon el estómago en un hospital y me colocaron una sonda para alimentarme. Yo no tenía ya ganas de vivir pero ahí seguía, con la mente en blanco, acostado en una cama de hospital, sin moverme, con el cuerpo lleno de llagas e imaginándome que estaba trabajando en el andamio, pica que te pica en la pared, hasta hacer un agujero como un abismo.
     Morí un martes. Ese día eliminaron al Real Madrid de la Champions. Me lo contaron en la sala de espera del Purgatorio. Ya fue mala suerte la del Real Madrid ese año pero nada comparado con la mía, eso sí. En el Purgatorio, te muelen a tirones de pelos y a pescozones, pero lo aguantas bien porque por lo menos no has ido al Infierno, que ahí sí que lo pasas mal. Yo tenía sin purgar los malos pensamientos. Sabes que siempre le da a uno por pensar cosas que no se pueden pensar. Yo no sé cómo demonios saben las jerarquías celestiales lo que uno piensa, si yo mismo ni lo sabía a veces o se me olvidaba al cabo de un rato. Hay que ver lo poco que se paran las cabezas al cabo del día. Siempre rodando, siempre dándole mil vueltas a las cosas. No es de extrañar que en todo ese ajetreo entren infracciones al código celestial.
     Pues así estuve por lo menos una eternidad hasta que va un ángel, rodeado de luces y en un tono orgulloso va y me dice:
     -El Reino de los Cielos se ha abierto para ti. ¡Osanna!
     Yo iba con mucha prevención porque a mí nunca me preguntaron en todo el tiempo en que estuve en el Purgatorio cuáles eran mis aficiones y cómo me lo pasaba yo mejor y de camino al Cielo, me iba diciendo:
     -Manolo, a ver si a ti no te va a gustar esto y has estado padeciendo una eternidad para nada.
     Pues ni corto ni perezoso me planto en la Gloria y allí no ponían más que corales y lo que a mí me gusta es el pasodoble y la rumba. ¡Qué desilusión, chico! Se me caían las lágrimas a chorro. Tanto sufrimiento y, al final, nada. Como que a Dios no le gustaba la canción española, con la alegría que da oír a Manolo Escobar o a Juanito Valderrama. ¡Bueno...! Yo pensé que ojalá hubiera cambiado de religión a tiempo pero seguro que me habría pasado peor porque Manolo es un pobre desgraciao que no tiene suerte con nada.
     Luego vino el espectáculo. Verle la cara a Dios. Allí algunos ya aplaudieron a rabiar, señal de que les gustaba lo que veían pero a mí me hubiera gustado más ver una bailarina bonita o un estriptis o por lo menos la cara de una chica guapa pero la de Dios, con toda su cólera terrible y todos sus años a cuestas y esa luz tan potente que irradia que te deja los ojos escocidos, no es lo que yo considero un espectáculo que te ponga contento.
     Había estado infinitos años aguantando mojicones y pellizcos para ir a un sitio donde a los diez minutos ya lo había hecho todo. Me entró una desesperación, un malestar, un pánico, una sensación de claustrofobia tan grande que me levanté de la butaca y grité:
     -¡Que me lleven a otro sitio, por todos los santos, que aquí me destemplo...!
     Los ángeles se pusieron a hablar entre ellos y cuando acabaron vino uno y me dijo:
     -Mira, hace unos años que hemos quitado el Limbo pero sigue para los que ya estaban allí. Si quieres ir te llevamos.
     Y voy de camino al Limbo, fíjate. Una eternidad padeciendo y ahora con los niños sin bautizar y a poner la mente y los sentidos en blanco. Pero menos da una piedra.

1 de septiembre de 2013

Alice Perfect

     Alicia era una hermosa mujer de ojos azules y pelo negro que vestía con la elegancia más refinada, tan atrayente para cualquier hombre normal que la observara como poco receptiva a los envites de los moscones a los que deslumbraba la perfección y delicadeza de sus formas femeninas.
     A sus treinta y tres años, aún no se había casado ni pensaba en hacerlo. Su trabajo era el auténtico amor de su vida. Se conjugaba tan bien lo más genuino de su personalidad con la tarea que realizaba como decoradora de casas de la alta sociedad que sentía su corazón desembarazado de cualquier frustración y colmado de felicidad tan solo en el ejercicio de su profesión. A las personas para las que trabajaba no se les escapaba la excelencia de sus cualidades, producto de una combinación entre una inteligencia sobresaliente que resolvía instantáneamente cualquier problema y unas cualidades innatas para la belleza y el encanto que se volvían inteligibles a los demás una vez culminado el esfuerzo creativo.
     La conocían como Alice Perfect porque cualquiera que veía su trabajo se quedaba completamente fascinado y su toque tenía una distinción que todos reconocían aun en el más apresurado de los golpes de vista. Ella huía, como de un demonio, de la espontaneidad, a medida que iba acumulando experiencia, la iba incorporando a cada nuevo trabajo. Todo lo que hacía como decoradora tenía una explicación o una utilidad y, si la belleza de sus decoraciones emanaba de un impulso desconocido de su esencia más personal, caprichoso e ingobernable, procuraba aderezarla con todo tipo de baluartes racionales para que el ojo de los otros no se perdiera en los enigmas de su individualidad. Sin embargo, cuando los clientes aplaudían su trabajo con calor y muestras de asombro, sentía la felicidad de haber hallado aposento en los otros para su ser y su mismidad y no echaba de menos las engorrosas veleidades de un amor. Y es que era especialmente sensible al placer religioso de ser una pieza bien engrasada de la dinámica social, sin un solo inconveniente que perturbara a los demás. Si hubiera sido educada con severidad, quizá hubiera buscado imperiosamente saltarse alguna regla, herir algún corazón, caminar a contracorriente pero nunca nadie había reprimido sus impulsos y veía a los otros con la inocencia y confianza de quien nunca ha vislumbrado inconveniente alguno en ser quien se es.
     No salía nunca de las esferas de la sociedad pudiente pero en cierta ocasión, un cliente tuvo el capricho de que su bañera se adornara con unos versos eróticos y, cuando Alicia estuvo haciendo un trabajo en su casa, le encargó la misión de encontrar a un poeta que los escribiera exclusivamente para la ocasión. Ella no buscó el poeta más premiado, ni el de más nombre, porque era lo suficientemente inteligente como para juzgar por sí misma, sino el mejor. Investigó durante semanas incansablemente hasta que encontró a un escritor sutil y decidido pero de clase media y bastante sencillo de carácter.
     Cuando Alicia se presentó en su casa tras intercambiar con él unos cuantos correos electrónicos, el escritor, de nombre Ricardo, se vio tan atraído por aquella mujer que nunca se había sentido tan bien en su vida como aquellos veinte minutos que habló con ella aquel día. Cuando Alicia le habló de escribir un poema erótico, le pareció que lo trasladaban a otra dimensión de su ser porque lo que hasta entonces estaba sintiendo no tenía mucho que ver con el deseo sexual. Tenía Alicia unos labios carnosos y su voz era femenina y agradable y en sus ojos claros se podía ver la expresión de la inocencia más bondadosa. Ricardo se había olvidado de todo lo que hacía de Alicia una hembra deseable y había concentrado su atención en aquellos ojos de ángel, en aquella boca de niña y en aquella voz tierna y dulce y sintió tal oleada de afinidad con el espíritu del que eran reflejo aquellos rasgos que en su ánimo se alumbró el imperioso deseo de entrar en el corazón de aquella mujer porque, aunque solo habían pasado unos minutos desde que había entrado en su casa, la sentía tan próxima como si la conociera desde su infancia. El clima confiado y cómplice de su conversación, debido al excelente sentido del humor de ambos, facilitó esta impresión pero había mucho más, había un mundo de similitudes entre ambos que Ricardo captó mientras concentraba su mirada en aquellos ojos sencillos y bondadosos. Lo más irrenunciable de su ser se sentía reflejo de la cálida luz que irradiaba aquella chica. Las palabras que intercambiaban, los gestos expresivos, las fórmulas de cortesía y urbanidad, apenas mostraban nada de lo que Ricardo estaba percibiendo; su inteligencia apenas intervenía en lo que estaba sucediendo en su interior, eran sus emociones, su corazón, las que le gritaban que Alicia podía ser la mujer de su vida.
     Cuando Alicia se marchó, Ricardo se sentía absolutamente eufórico. Había conseguido de ella la promesa de ser su amiga. No tardó ni un segundo en ponerse a escribir unos versos pero no los del poema erótico para el cliente de Alicia sino los del poema de amor que quería dedicarle a ella. Sus letras tenían de repente un filón inagotable: la dorada imagen de aquella mujer, su nueva amiga, el tierno ser que le acababa de traer la esperanza tras una vida de desencuentro con los otros, soledad y odio a sí mismo. Ella le había hecho sentir libre de culpas la parte más honda de su ser porque la había visto reflejada en la persona más agradable que había conocido nunca. Lo primero que escribió fue esto:

Mi corazón te reconoce 
como si llegaras de mi infancia 

     Escribió poemas de amor sin parar hasta que volvió Alicia.
     -¡Pero qué niño eres! -le dijo cuando vio que el encargo había sido sustituido por un pequeño poemario dedicado a ella-. De acuerdo, los leeré esta noche pero escribe el erótico, que mañana vengo por él.
     Alicia, cuando leyó el minipoemario de Ricardo, los encontró perfectos y se sintió muy halagada por ser objeto de semejantes obras maestras. En los meses siguientes, Ricardo y Alicia, continuaron su relación de amigos. Ricardo continuaba escribiéndole poemas, de esa forma conseguía darle un empaque solemne a lo que sentía por ella pero lo que más liberaba su corazón era toda aquella poesía suya que se ha perdido para los libros, todas aquellas palabras bellas que fueron dichas solo para los oídos de Alicia, todos aquellos correos electrónicos, todas aquellas conversaciones donde Ricardo buscaba apasionadamente ser él, solo él, en el reflejo de ella, únicamente de ella. Las palabras que Alicia y Ricardo se dirigían acabaron volviéndose ininteligibles para los demás, no eran auténticas palabras, eran los sonidos del amor, salían del corazón, no de la inteligencia, buscaban al otro en su ser pleno y no meramente en lo que los unía a sus semejantes. Podían sentirse ambos por primera vez en su vida como libres de la utilidad, eran dignos de estar en el mundo y merecer el afecto de otra persona por el mero hecho de ser, no se juzgaban, se aceptaban sin restricciones, eran capaces de ver la belleza del otro donde acababa la que verían todos los demás. Alicia concedió al fin que el amor era más interesante que la decoración y Ricardo que ser persona no era realmente motivo de vergüenza.