3 de agosto de 2013

Un escritor adolescente

A Zulma Peperina

     Sergio mostraba lo que escribía a su amigo Andrés, vecino de asiento en el instituto. Andrés, que era muy activo en la lectura de libros, mucho más que Sergio, le decía que sus escritos tenían calidad literaria y le explicaba las leyes inviolables de la literatura escrita que Sergio cumplía a rajatabla. Sergio experimentaba cierta pesadumbre con estos comentarios porque él no escribía para ganar el título de auténtico escritor sino para inspirar la solidaridad de los lectores mostrándose como él mismo, como ser único e individual, con sentimientos comunes al resto pero dotados de peculiaridades irrepetibles que habían de manifestar sus obras.
     Si su arte se limitaba a comportarse tal y como los lectores avezados esperaban que hiciera, sus obras ocultarían, en realidad, lo que él era y le procurarían una aceptación que, en rigor, no le atañía. Él sentía el arte como un modo de negociar con los demás un permiso para ser, para ser de la forma que él, desde su más profundo instinto personal, sentía la necesidad de ser. Sabía que el arte solía proponer un modelo ideal de ser humano pero él necesitaba infiltrar a través de ese modelo su propia forma de ser, real y concreta, no para imponerla con arrogancia sino con el patetismo del que, consciente de su soledad y extrañeza, espera el calor del resto de la humanidad y abre sin pudor su corazón para mostrar su alma tanto en lo que la hace semejante a las otras como en lo que la distingue de ellas.
     El no sabía formular todavía con precisión estas ideas pero sí sentía que le inspiraba mucha aversión la fría y, hasta cierto punto, jactanciosa aprobación de su vecino de asiento. Él escribía como un ejercicio de amor y libertad y, por eso, no entendía que le hablaran de diálogos, estilo, caracterización o mensaje y no de desencanto, esperanza, placer, tristeza...
     Pero las personas tenemos un órgano de conocimiento de la realidad mucho más agudo y certero que el que nos proporcionan las no siempre fiables operaciones de la inteligencia consciente y es una especie de intuición profunda que conduce nuestros deseos y nuestra búsqueda de la felicidad sin necesidad de explicaciones ni determinación del valor práctico de lo que nos impulsa a conseguir. Este órgano podríamos llamarlo la emotividad, aunque los poetas lo llaman corazón. El corazón de Sergio, que sabía mejor que su cabeza el motivo por el que escribía, le hizo cuestionarse por qué, en lugar de mostrarle sus obras a Andrés, no hacía que las leyera Clara, una chica muy bonita que golpeaba su pecho desde el interior cuando la veía llegar cada día y que ansiaba vincular a su vida sin que de momento se hubiera atrevido nunca a decirle nada que sugiriera este pensamiento.
     De modo que un día le pasó a Clara en un portafolios cuarenta hojas escritas bajo la excusa de que confiaba en su criterio crítico porque había escuchado sus comentarios sobre los clásicos en clase de Literatura; y es que, para él, habría sido imposible entregarle a la muchacha sus poemas y cuentos sin una explicación distinta a ese interés amoroso que sentía por ella, dada su profunda timidez.
     Daba la casualidad de que todos los poemas que había en el portafolios los había inspirado la imagen de Clara en el corazón de Sergio y este no vivió el resto del día preocupado por lo que diría Clara de sus obras a la mañana siguiente. Llegado este momento tan ansiado, Clara le devolvió el portafolios diciéndole:
     -Tu estilo es demasiado claro. Solo tiene una posibilidad de interpretación. Yo prefiero una literatura que permita infinitas lecturas...
     -¿Entonces no te han gustado los poemas? -preguntó, con calma aparente, Sergio.
     -No lo sé exactamente -respondió Clara-. Lo cierto es que me han perturbado algo. Los noto muy personales, casi me daba vergüenza leerte porque me sentía como fisgoneando en tu vida privada.
     Sergio agradeció a Clara su opinión y se sentó silenciosamente en su mesa a esperar el inicio de la clase. Pero por dentro se sintió muy decepcionado aunque ella no hubiera afirmado de manera inequívoca que no le habían gustado los poemas.
     Sergio, sin embargo, volvió a entregarle a la semana siguiente unos cuantos poemas recién escritos. Seguían siendo muy personales y dedicados al amor que sentía por ella pero dio mucha más intensidad a sus sentimientos, consciente ya de que su público era la chica de sus sueños. Ella los leyó y le felicitó por ellos. Él, animado por este éxito aparente, le mostró nuevos poemas en los días sucesivos, procurando poner en ellos tanta emoción como sentía su corazón por ella. Ella se los devolvía al otro día, cada vez con más turbación en la mirada y más rubor en las mejillas. Sergio no era plenamente consciente de la pasión que estaba engendrando en Clara pero esas señales físicas la hacían más bella a sus ojos y su amor por ella se intensificaba también paulatinamente.
     Un día, sin poderse reprimir más, la abordó a la salida del instituto y le dijo:
     -Clara, me caes muy bien. ¿Quieres salir conmigo esta noche?
     -Es mejor que no -respondió Clara.
     -¿Por qué? ¿No te caigo bien? -preguntó Sergio.
     -Sí, pero tú ya tienes una novia -dijo Clara.
     Sergio se quedó perplejo ante esta respuesta y dijo:
     -Yo no tengo novia, ¿por qué piensas que la tengo?
     -Tus poemas son muy hermosos -respondió Clara-; no se escribe así sin que uno sienta de verdad lo que dice. Casi me haces perder la respiración con tus versos. Has de tener ya una novia, no quiero interferir en vuestra vida, es una historia muy bonita, espero que te cases con ella...
     Clara agachó la mirada y, ante el silencio estupefacto de Sergio, intentó reemprender la marcha hacia su casa pero Sergio la detuvo y le contó la verdad.

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