24 de agosto de 2013

Suspicacia

     Si no nos aman, no podemos ser ni hay felicidad alguna en nuestras vidas. Pero el afecto del otro es un milagro y no siempre sucede. Alberto era un hombre lleno de sombrío pesimismo. Pensaba que el mundo era escenario del mal y que el bien obtenía tan solo victorias pírricas sobre este. A sus semejantes los veía como seres conducidos por el más descorazonador de los egoísmos y desconfiaba profundamente de ellos. No había felicidad alguna en su vida y, si seguía firme cumpliendo sus deberes con la sociedad y consigo mismo, era porque creía en su corazón.
     Aunque su lógica le convencía de que nada nuevo sucedería bajo el sol y, consecuentemente con ello, sus pensamientos nunca salían de un lodazal sombrío y crepuscular, él seguía confiando en el brillo de una quimera que titilaba en sus sentimientos cuando volvía su cabeza hacia el horizonte. Creía en la remota posibilidad de encontrar la satisfacción a un anhelo vago que no sabía describir ni formular racionalmente pero que brotaba de sus adentros y le animaba a seguir luchando y esperando.
     Era habitante de un lugar provinciano donde la vulgaridad se había asentado en las conciencias de la gente, que, llevada por la mezquindad del hombre más irreflexivo, apenas daba crédito, cuando hablaba de los otros, a la existencia de motivos de conducta que no fueran los más puramente egoístas, incluyendo en esta calificación a los impulsos sexuales, única razón admitida para que un hombre y una mujer sintieran devoción el uno por el otro, tras la que, sin embargo, solo se veían animalescos alivios donde nada espiritual cabía hallar.
     Por lo demás, los corrillos hablaban siempre de los defectos y fragilidades de los otros y, cuando un paisano de aquel lugar hacía un poco de vida social, quedaba necesariamente adherido a alguna de las numerosas facciones en las que se dividía aquella pequeña ciudad, donde todos se conocían y se odiaban. Se hablaba de los tontos, de los pedantes y afectados, de los homosexuales, de los orgullosos, de los ambiciosos, tan despiadadamente que la almas inocentes que escuchaban por primera vez estos diálogos eran presas de la tristeza y se sentían como exiliados de repente del regazo de sus semejantes, a quienes veían de repente a la luz de la más fría desmitificación.
     Alberto no soportaba aquel ambiente pero había conseguido convertirle en un escéptico del afecto. Añoraba sentirse amado por los otros pero no era capaz de buscar a alguien de quien recibir ese amor porque no creía en la inocencia de la unión entre los seres humanos cuando de la cruda realidad se trataba. Llevaba una vida solitaria, apenas con más consuelo para sus sentimientos que la lectura de los clásicos de la literatura o la escucha de su amplia colección de CD's. Rara vez procuraba la compañía de la gente, a la que odiaba y temía y de quien solo esperaba escarnio y humillación.
     Pero Alberto se enamoró de pronto de una mujer singular, con una profunda inteligencia y sensibilidad y una gran fortaleza de ánimo que le hacía inmune a las influencias del prejuicio y la opinión. Ella fue en realidad la que hizo el primer acercamiento y Alberto, admirado por sus encantos y su inocencia, le abrió su corazón e hizo lo necesario por conquistarla. Pero Alberto tenía el alma marcada por el pesimismo y, al mismo tiempo que experimentaba la dulzura del amor, que le mostraba, por primera vez en su vida, su meliflua esencia, se entregaba y entregaba a su amada al tormento de la sospecha y las dudas, persistentes e hirientes.
     Alberto no acababa de creerse que alguien tan extraordinario como aquella dulce mujer se interesara realmente por él. Había pasado media vida sin sentirse auténticamente amado y su concepto de sí mismo era desoladoramente pobre. Tanto era así que sus dudas adquirían carácter de auténtico delirio. Llegaba a acusarla, en momentos de mucha perturbación, de estar compinchada con algún grupo de bromistas de la ciudad para reírse a costa de un soltero empedernido al que, de pronto le presentaban una mujer físicamente impecable. Ella, alarmada por estas reacciones, decidió abandonarlo y él experimentó tal desconcierto cuando la ausencia de su amada ya duraba cuatro días que fue a pedirle explicaciones.
     -No sé cómo puedes decir que amas a alguien al que acusas de esas cosas -dijo ella-. Creo que tus sentimientos solo me reservan odio y no deseo ser tu víctima. No tengo más que hablar contigo. Me has demostrado que no puedes cambiar y no estoy dispuesta a convivir con este sufrimiento. Espero que no sigas intentando lo que no te voy a conceder, porque sería un auténtico acoso que no te aconsejo que hagas.
     Alberto, sumido en un profundo desánimo, abandonó la casa de aquella mujer con el honrado propósito de no volver nunca más puesto que no quería ser causa de su sufrimiento ni someterla a una persecución ilícita e indigna. Pero aquella mujer era más inteligente de lo que él era capaz de creer y no había pronunciado aquellas palabras con tanta sinceridad como él presumía. Cuando llegó a su casa, encendió su ordenador para entregarse a la triste tarea de repasar los correos electrónicos que le había mandado, llenos de apasionado amor, un amor al que se había entregado por primera vez en su vida en aquel mundo infernal de hombres y mujeres sin alma.
     Cuando entró en su buzón y descubrió que la mujer todavía estaba entre sus contactos, decidió escribirle un último mensaje intentando una reconciliación con la desesperación de quien de pronto se dio cuenta de que jamás en su vida tendría otra oportunidad de alcanzar la felicidad puesto que era aquella mujer precisamente y no otra cosa alguna lo que sintió que había anhelado siempre lo más profundo de su corazón.
     "No me expulses de tu vida; déjame que, al menos sea tu amigo -escribió-. No necesito que me des nada. Lo que amo de ti eres tú. No amo tus bellos pechos, ni tu hermoso rostro, ni tu silueta perfecta, ni siquiera tus cualidades morales. Lo que hace dulce y luminosa tu presencia para mí es sencillamente tu ser esencial, la realidad que sustenta tanta belleza y bondad. Tu hermosura desaparecerá con el tiempo pero ni el tiempo ni las circunstancias podrán arrancarte de mi corazón. Para siempre te amaré, aunque tú ya no estés aquí, aunque no me ames, aunque seas solo un vago recuerdo con unas cuantas fotos. No necesito una compañera, no voy a buscar otra mujer, te necesito a ti, tú eres lo que buscaba mi corazón desde que se encendieron en él las luces del deseo. No hay nada más puro, inocente y elevado que lo que siento por ti, no he nacido para otra cosa que para esto."
     Cuando ella recibió el correo respondió simplemente:
     "No voy a ser amiga de alguien que solo me causa dolor con sus acusaciones. Mi decisión de alejarme es irrevocable."
     Él sintió el mundo derrumbarse cuando leyó estas palabras. Pero salió a pasear y cuando volvió y se dio cuenta de que ella seguía entre sus contactos volvió a escribirle:
      "No sé de un ser más puro e inocente que tú. Cada vez que te he acusado ha sido con el pensamiento eclipsado por el delirio. No podría acusarte de nada gozando de un mínimo de sensatez."
     Pero ella sabía que Alberto había cometido el mismo error innumerables veces llevado por el bajo concepto que tenía de sí mismo y decidió permanecer callada. Alberto, sin embargo, continuó escribiendo todos los días y aunque ella no le respondía nada, la mera posibilidad de que ella leyera una sola de esas cartas ya era suficiente para que él sintiera una profunda felicidad escribiéndolas pues en ellas volcaba todo el amor que sentía su corazón, que este afecto tan incondicional había hecho despertar y colmarse de vida. Aunque ella jamás respondía a sus cartas y él tan solo tenía constancia de que las recibía sin saber a ciencia cierta si las leía o no, acabó hablándole con la confianza de quien sabe que es amado por la persona con la que habla:
     "Ratoncito -le decía-, los que acostumbran a hablar de los demás y a inmiscuirse en sus asuntos pensarán, al ver que ya no estás conmigo, que hay algo oscuro detrás de este hecho. Una vecina se me acercó ayer a preguntarme por el particular y yo le respondí:
     "-No sé nada de ella, dicen que la ha engatusado un millonario; ya sabemos cómo son las personas...
     "Seguro que se ha dado cuenta de que era una mentira; es muy perspicaz como todos los de este pueblo. Ahora sospechará algo mucho peor. Miedo me da pensar qué..."
     Alberto no recibía respuesta alguna de ella aunque pasaban los días, las semanas e incluso los meses pero él ya no dudaba de que una hermosísima persona le amaba sin que hubiera más que pureza, libertad y belleza en este sentimiento. Había alcanzado la felicidad que tanto había añorado. El amor colmaba su corazón y se sentía igualmente amado con intensidad por una mujer excepcional. Al fin se sentía un habitante del mundo, al fin veía la vida a la luz del más claro optimismo, al fin las sombras del escepticismo se disipaban de su pensamiento y, cuando ella le escribió este breve correo después de su larguísimo silencio:
     "Ven a mi casa, te invito a cenar."
él casi no se dio cuenta de que era la primera vez en seis meses que le dirigía la palabra.

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