12 de agosto de 2013

Sumergido en los otros

     José era el tercero de cinco hermanos por lo que, durante su infancia, pasó casi desapercibido para su familia. No tenía derecho a llorar cuando le negaban un capricho, como hacían sus hermanos pequeños, pero tampoco a dar órdenes ni cargar con las responsabilidades que correspondían a los mayores.
     En el colegio, sujeto, como alumno que era, a la obligación de aprender y hacer lo mismo que todos los demás, aunque él personalmente hubiera preferido no hacerlo, se sintió como sumergido en el océano de los otros sin posibilidad de salir a respirar a la superficie.
     Cuando llegó a la adolescencia, alguien, no sabía quién, ordenaba cómo tenían que ir todos vestidos, cómo tenían que divertirse, de qué forma había que hablar y sobre qué y acabó por pensar que la vida era un río pero el mismo para todo el mundo.
     Llegó a la universidad y vio que todo el mundo afectaba madurez y criterio propio y que, sin embargo, su diversión principal era censurar la forma de ser de los compañeros e intentar imponer sus puntos de vista a los demás a toda costa. Alguna chica de la universidad llegó a despertar sus emociones más de lo normal pero estaba tan inmerso en el temor a suscitar las censuras de los compañeros que le daba vergüenza acercarse con intenciones románticas a ellas pensando que hablarían de él como de un crápula o un sátiro.          Cuando tuvo una profesión estable, sintió como si tuviera su vida y su libertad embargadas por la deuda de afecto con sus padres, la autoridad terrible de su jefe, los hábitos inmutables de sus amigos, la omnipotencia del fútbol, la manía de ver Expediente-X y la voluntariosa fe en el partido al que votaba.
     Llegó a los treinta y ocho años con la clara conciencia de que su vida se la vivían los otros. Un día se miró en el espejo y, como estaba nublado en ese momento, tuvo una ilusión óptica y se vio como algo envejecido. Se deprimió mucho porque pensó que iba a volverse viejo antes de haber vivido de verdad pero no tenía ni idea de qué tenía que hacer para saber quién era con el fin de comportarse coherentemente como tal.
     Lo que hizo fue repasar su libro de Filosofía del instituto pero no consiguió aprender nada. Vio la lista de instintos humanos y pensó que poco le ayudaba en su vida el conocerlos puesto que no solo no había ningún instinto con el que no cumpliera ya sino que le era radicalmente imposible no hacerlo. También le chocó la idea de que un comportamiento que produce bienestar no puede catalogarse como libre porque contiene un estímulo que le imprime necesidad. Pasó dos años más leyendo filosofía con pertinaz obstinación pero lo acabó dejando defraudado en sus expectativas. Tenía cuarenta y dos años cuando decidió ir al psicólogo. Este le habló muy coherentemente de cómo era el alma humana pero no supo decirle cómo era él y lo dejó.
     A sus cuarenta y cuatro años murió su padre y su miedo a no ser él mismo nunca se acrecentó porque la muerte apareció a sus ojos con una solidez especial. No tenía todavía esposa y, sin saber por qué, pensó que lo que tenía que hacer era casarse y formar una familia.
     Encontró una mujer que, sin duda, le correspondía. Hablaban mucho entre ellos, conversaciones muy agradables. Era una mujer aparentemente perfecta para el matrimonio, jamás discutía con él, era todo amabilidad y sonrisas, aunque parecía sentir cierta urgencia por casarse y mostraba un interés muy acusado por los detalles materiales. Muchas veces le hablaba de la marca de frigorífico que prefería, de la conveniencia de tener dos cuartos de baño a no ser posible tres o de su capricho de que el armario del dormitorio de ambos fuera de color gris perla. Faltaban dos meses para que se celebrara la boda cuando José, incapaz de seguir ocultándose a sí mismo que no sentía nada por ella, se plantó en casa de sus padres y le dijo que no le importaba que se quedara con la casa que habían comprado y que la disfrutara de la manera que a ella le placiera pero que prefería no casarse con ella si no lo tenía muy a mal.
     A los cuarenta y seis años, se vio de nuevo ante la duda de qué tenía que hacer para sentirse vivo y real. Un sábado de aquel invierno, paseando por la ciudad, dio en un parque y se sentó en un banco. Los días anteriores había estado rumiando la amargura de su soledad y había tenido momentos de auténtica desesperación pero, en ese momento, observando a la gente que pasaba, tuvo un remanso de paz y, aunque se le pasó por la cabeza que podía ser un síntoma senil por su obsesión con la vejez, su transitorio estado de bienestar no se alteró por eso.
     Al poco apareció una muchacha de unos veintisiete años con un enorme perro. Era auténticamente hermosa, de cabello negro, piel muy blanca y ojos claros. La chica estaba a unos metros de él, sujetando abstraída la correa de su perro cuando el animal, al apercibirse de los movimientos de una ardilla al pie de un árbol, se arrancó en su persecución dando tal tirón que la chica cayó al suelo. José se apresuró a ayudarla a levantarse porque seguía sujetando la correa del perro y este estaba tirando aún de ella. A José la chica le parecía fascinante, no solo la encontraba absolutamente bella sino que intuía, por el mismo aspecto exterior, que su manera de ser era ajena a la vulgaridad, absolutamente personal y llena de inteligencia.
     -Tu perro es un poco desconsiderado -le dijo para bromear un poco.
     Ella sonrió y dijo:
     -Es muy bueno.
     -¿Vives por aquí cerca? -preguntó José.
     -Sí, cerca -respondió ella, que en cierto modo, también sentía cierta fascinación por el aura sobria y poco corriente que despedía José por lo que, llevada por la simpatía que se despertó en su ánimo, continuó hablando así:- ¡Qué frío hace hoy!
     -Mucho -dijo José que, en la voz de la chica, veía corroborada su primera impresión de que se encontraba ante un ser por el que experimentaba una atracción sutil-. Oye -dijo entonces olvidándose de todo su pudor-, me gustaría conocerte más, cuanto percibo en ti me inspira simpatía. Estoy angustiosamente solo, me gustaría tener una amiga.
     -Sí, ya me he dado cuenta de que tienes un aspecto triste -dijo ella-. Pobre, espérame en el bar que hay frente a la entrada del parque que vuelvo en media hora.
     José había estado cautivo media vida pero tan solo necesitó cinco minutos para encontrar la liberación. Aquella muchacha suponía, en realidad, la primera bienvenida al mundo que le daban.

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