21 de agosto de 2013

La planta de patatas

A Nuria Velasco Vegas

     Hugo se acordó toda su vida de la primera planta de patatas que vio. Era una planta de muy poca altura, de hojas redondeadas y poco resistentes y tallo tan débil que se vencía hacia un lado. Era lo más ridículo que había visto y, cuando su abuelo, con una azada, comenzó a cavar el surco y debajo aparecieron dos patatas gigantescas como nunca había visto iguales, rodeadas de pequeños bultos que parecían sus vástagos diminutos, se dio tal sorpresa que el recuerdo del hecho quedó impreso en su esfera emocional para siempre.
     Alentado por el ejemplo en adelante se cercioraba de los límites auténticos de cada cosa y nunca se fiaba de alguien que menospreciaba algo o lo consideraba de poca importancia porque pensaba que, debajo de una superficie insignificante, podría esconderse algo maravilloso y desconocido como había comprobado que sucedía con la planta de la patata.
     Cuando se hizo un adolescente, se manifestó como una persona solitaria. Hablaba poco y era muy retraído socialmente. Su más profundo interés era guardarse de los límites que le imponía el trato con la otra gente. Sus compañeros le parecía que buscaban el consenso en todo, incluso en la forma de vestir o de expresarse y él pensaba que, si hacía lo mismo, se traicionaría a sí mismo, perdería el alma que palpitaba en lo profundo de su ser y sería tan solo lo que el significado de la palabra joven abarcaba, sin mayor peso ni entidad.
     Este prejuicio llenó sus siguientes años de dolor y soledad. Apenas podía ver otra cosa en la relación con los otros que un peligro, pensaba que se mutilaría lo más genuino de sí mismo si se abría a los otros porque, a juzgar por las apariencias, había un abismo entre sus intereses y los de él. No creía en la posibilidad de seguir siendo dueño de su raíz profunda si, de pronto, empezaba a comportarse como todos ellos. Sospechaba que, bajo la superficie de la gente común, no había más que un escuálido y enfermizo apéndice alimentando sus banalidades mientras que él no vivía más que para lo que latía en su interior, para sus sentimientos, para esa fe en la grandeza insospechada de lo humilde y lo pequeño que había heredado de su infancia.
     A los treinta y nueve años, cuando ya era un gris empleado de oficina que recibía a cada nuevo cliente con la misma expresión en el rostro y la misma frase formularia y que, en su vida corriente, guardaba como tras un cerrojo todo su interior, tan oculto para todos los demás que nadie sospechaba que existiera nada peculiar tras su rostro impasible y optimista, ocurrió algo que le hizo cuestionarse toda su vida. Y fue que llegó a su despacho una aldeana de muy avanzada edad que mostraba en su modo de manifestarse su gran ignorancia de todas las formas de urbanidad y, cuando le dijo "Siéntese, por favor...", ella se abalanzó sobre él y lo cubrió de besos diciéndole:
     -¡Qué bueno es este chico, Señor! ¿Que le hago yo un favor si me siento cuando soy yo la que debería agradecérselo porque tengo delicadas las piernas? ¡Qué alma del cielo! ¡Claro que me siento, bien mío, y un euro que te voy a dar también por ser tan hermoso!
     Hugo, por más que lo intentó, no pudo reprimir la risa, pero aquello le hizo acordarse de las patatas de su abuelo, de lo que se escondía debajo de una insignificante planta y volvió a darse cuenta de la falacia de los límites, de la impostura de lo fragmentario y restrictivo. Se vio a sí mismo convertido en el ser mutilado que tanto había querido evitar ser, con toda la riqueza que guardaba su espíritu encerrada en su interior, sin posibilidad alguna de salir afuera, solo porque no tenía el valor suficiente para manifestarla, para hacerla real, para invocarla en los otros. Pensó que no era mejor que los demás y que el mundo albergaba muy pocas personas que verdaderamente tuvieran el valor de ser, que el miedo les enfriaba el corazón y las volvía dañinas porque habían perdido toda la esperanza de ofrendar a los demás su riqueza y ser felices de esa manera.
     Esa noche no encendió el televisor, ni leyó el tedioso libro de Historia que tenía empezado, ni fue a la casa del vecino a hablar de política; en su lugar, estuvo escribiendo los poemas más disparatados y apasionados que pudo a la camarera del bar donde se tomaba el desayuno y al día siguiente se los entregó diciéndole:
     -Si no te lo tomas a mal, hace mucho tiempo que te quiero. Si vas a ser mi chica, prepárate porque no quiero dejar nunca de asombrarte.

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