28 de agosto de 2013

La forja de un destino

     El padre de Juan se puso furioso cuando vio a su hijo fumando un cigarrillo.
     -¿Desde cuándo fumas, desgraciado? -le gritó.
     Juan, mirando al suelo consternado, le contestó:    
     -No fumo. Era solo por probar, solo me he fumado este...
     Su padre, levantando su dedo índice, como señalando las sublimes esferas, testigos de su advertencia, dijo entonces lleno de cólera:
     -Mira lo que te digo, Juan: una de dos, o no vuelves a probar un cigarro o te quito la paga, así que ya sabes lo que hay...
     A las dos horas, después de haber ayudado a su padre en unas tareas de casa, Juan, mientras fumaba un cigarro en el parque con la pandilla de amigos del instituto, comentaba con ellos la reprimenda que le habían dado. Tosía constantemente por su inexperiencia como fumador y, en lo profundo de su conciencia hubiera deseado tener una razón de peso para no seguir fumando pero nadie se la daba. Recordando la amenaza de su padre, les dijo a sus compañeros que quería llegar a ser rico para tener control sobre la gente y hacerla ir por donde él quisiera.
     Sara, una chica que le atraía mucho, estaba a su lado. Soñaba con conquistarla pero aún no la veía muy dispuesta a ceder. De pronto, a propósito del tema del tabaco, intervino Sara diciendo:
     -A mí no me besará nunca un fumador. Dicen que los besos de un fumador saben a tabaco…
     Juan, cuando escuchó a Sara decir estas palabras, se pasó cinco minutos pensativo y luego sacó su paquete de Winston, lo mostró en alto ante sus amigos y dijo, elevando la voz:
     -¿Alguien fuma Winston? Se lo doy a quien lo quiera. ¡Bah, yo lo voy a dejar! Se me va en tabaco todo el dinero de la paga. 
     Una vez que se desprendió de su paquete, volvió su rostro a Sara y, sonriéndole, le dijo:
    -Es un vicio tonto...

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