6 de agosto de 2013

La chica de la librería

A Emna Codepi

     Los padres de Pedro fueron personas eminentemente prácticas y le educaron en un análisis de las circunstancias de la vida absolutamente material. Lo que no pudiera tocarse o mirarse no podía merecer la atención de ninguna persona sensata, así concebían ellos el mundo y así acabó él conduciéndose por su existencia. Pero, al seguir a rajatabla este criterio mientras silenciaba la voz de su corazón aunque este no había muerto del todo, la desazón inmensa que experimentaba por echar de menos la felicidad y la vida auténticas le impulsaba incesantemente a buscar un alivio aunque, pensando, lleno de ignorancia, que su auténtica carencia era de índole material, su trayectoria biográfica se transformaba en un esfuerzo constante por acumular riquezas y propiedades sin que llegara a ver jamás una verdadera razón para detenerse.
     Su condición de rico empresario con una insaciable ambición le hacía un firme convencido de la economía de mercado. Tenía un amigo con ideología de izquierdas y siempre estaba discutiendo amigable y socarronamente con él. En cierta ocasión, sin embargo, su amigo le hizo vacilar. Le estaba diciendo que el liberalismo hacía que la economía creciera y eso permitía que creciera también la capacidad productora de alimentos y productos básicos de un país, lo que favorecía la supervivencia y el bienestar de todos. Pero entonces su amigo le dijo:
     -Si de eso se trata, ¿por qué no se va directamente a producir los recursos básicos de subsistencia en lugar de dar un rodeo inmenso, trabajoso, caprichoso, destructor del medio ambiente y empobrecedor de los otros países a través de los televisores de plasma y los coches japoneses?
     En su país, Colombia, lo normal era la pobreza y la desigualdad; él intentaba ser lo menos perjudicial posible para los demás pero, cuando se encontraba ante el dilema de a qué dar prioridad, si al bienestar de otro ser humano o a la supervivencia de su capacidad para aumentar sus propiedades, era incapaz de dudar y optaba siempre por el egoísmo, temeroso de que su vida perdiera su ya precario significado.
     El miedo era siempre lo que más le espoleaba a seguir adelante. Si sentía que su carrera de ambición se ralentizaba, el temor a quebrar y quedarse en la ruina le hacía intensificar sus esfuerzos arramblando a su paso con todo lo que se le oponía y convirtiendo a los semejantes a los que necesitaba para conseguir su meta en meros utensilios suyos. Tenía, ante todo, miedo a caer en el vacío y tener que enfrentarse a sí mismo, a ese ser terrible y exigente con él que nunca estaba satisfecho del todo por mucho que hiciera y consiguiera.
     Pero llegó la crisis mundial y su temor se cumplió. Su potente empresa acabó endeudada y en la bancarrota y, a sus cuarenta y ocho años, acabó de empleado de un banco con un exiguo sueldo. Además, su fracaso económico provocó el divorcio de su esposa de toda la vida, lo que aumentó su sensación de inseguridad y los recelos contra sí mismo.
     Al fin se veía a sí mismo cara a cara, sin deslumbrarse por el brillo anestésico de sus logros y lo que experimentó en un principio fue una aflicción devastadora. Sentía detenido el flujo de la vida; se desesperaba porque veía cerrado su horizonte y perdido todo estímulo. No solo había perdido la posibilidad de seguir saciándose de posesiones materiales, había perdido sobre todo la excusa para olvidarse de que nunca había sido feliz, de que nunca había vivido auténticamente. El ser que tenía relegado en los rincones polvorientos de su corazón dormido parecía mirarle ahora a través del espejo con las ansias de venganza que siente un preso ante el menosprecio de un carcelero.
     Pero su mentalidad práctica, herencia de sus padres, le salvó de la locura. Para él, solo merecía atención lo que se tocaba o miraba. El dolor del alma no podía tocarse ni verse por lo que no lo tuvo muy en cuenta en su vida diaria. Se dedicó a mantener una rutina de hombre solitario, que se entrega a pequeños placeres, sin mirar nunca de frente a ese inmenso dolor que lo dominaba todo, como si fuera un potente sol que no le hería más que cuando lo miraba directamente. Su mentalidad práctica, así mismo, le indujo al cabo de un tiempo a buscar una nueva pareja, la proximidad física de otro ser humano le parecía una fuente de placer derivada de la solidaridad que se siente por un semejante y la anhelaba. Con mentalidad práctica siempre, decidió además que elegiría a una persona a la que pudiera querer con el amor más grande y que le amara a él también así para evitar un nuevo divorcio.
     Salió con varias mujeres a lo largo de meses pero nada le decían a su olfato práctico y acababa abandonando la relación por lo que se entregaba al desánimo. Entretanto, el azar le hizo conocer a una chica muy joven y bella cuyo misterio le sedujo. Era la dueña de una librería en la que decidió entrar por primera vez cuando tuvo un desaire con su librero de toda la vida, que le miraba ya por encima del hombro por la caída de su nivel económico. La chica demostraba gran sensibilidad en todas sus maneras. Muchos días fue la consejera fielmente obedecida que le recomendaba las lecturas que más interés podrían despertar a un cliente de sus características.
     Pedro nunca había leído un libro de poemas pero un día, como la lectura se había convertido en su único placer, para salir un poco de sus hábitos, pidió a la chica un libro de poemas "que se entendieran" pues su archisabida mentalidad práctica, le hacía sentir aversión a leer algo que no tuviera un significado claro y evidente. En realidad, este capricho no era otra cosa que la subrepticia infiltración en su vida del vengativo ser del espejo, que haciendo despertar poco a poco su corazón y abriéndolo a la imagen seductora de la muchacha, preparaba su auténtica subida al poder. La chica le puso en la mano, con una bonita sonrisa, un libro de un poeta actual, que empezaba en aquel momento a publicar sus primeras obras y Pedro, con el alma deslumbrada por la belleza de la chica, regresó a su casa respirando el aroma de esperanza que le traía el clima benigno de aquel día y la perspectiva de gozar de una experiencia nueva con aquel libro de poemas, que intuía, sin saber por qué, que le haría disfrutar.
     Enseguida comenzó a leer el poemario y, aunque su mentalidad práctica le impelía a acabar los libros en el menor lapso de tiempo posible, solo el primer poema lo hubo de leer diez o doce veces y no porque no lo entendiera sino porque hablaba de forma tan convincente de la necesidad del ser humano de darse al amor y de seguir los impulsos del corazón por muy ilógicos que fueran que sintió que era objeto de una insólita revelación. Desconcertado por las emociones nuevas y perturbadoras que le inspiraba aquel poema, intentaba desentrañar el mecanismo que producía aquel extraño fenómeno. Pero no había artificio alguno, simplemente la sencilla y mera verdad que destilaban las palabras del poeta funcionaba como un arma que le sajaba por dentro y provocaba un seísmo de rebelión en los impulsos relegados de su personalidad.
     Más adelante leyó poemas sobre la lealtad a lo que se es, sin sumisión a los tácitos dictados de las costumbres, sobre el valor del instinto, superior a la inteligencia, sobre la necesidad de olvidar lo práctico ante la llamada de las emociones, sobre la importancia de disfrutar el presente y valorar los sentimientos por encima de las posesiones y otras muchas sugerencias que convulsionaban su pensamiento y se lo abrían a un mundo que nunca antes había sospechado que existiera.
     Esa noche, su último pensamiento fue para la chica de la librería y se prometió que la amaría hasta su muerte aunque ella solo le respondiera con desamor.

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