14 de agosto de 2013

El suicidio de Dios

     Y dijo Dios:
     -Desde que expulsé a los hombres del Paraíso, no han tenido un día bueno, ni siquiera cuando yo los he colmado de bendiciones. Se entregan a mi adoración o a la de sus ídolos con compulsivo afán gastando en ello dispendiosamente la energía que precisan para cuidarse a sí mismos. Hablan de mí como de un ser lleno de perfecciones sin fin, aun habiéndolos expulsado del Edén y, sin embargo, se acusan a sí mismos de ser depósitos de suciedad y vicio cuando casi no se puede decir que los haya hecho libres de elegir lo que son pues es muy amargo para ellos convivir con el dolor de contrariar sus impulsos.
     Entonces llamó a Uriel, el arcángel que, con espada de fuego, custodiaba las puertas del Paraíso, y le dijo:
     -Sal de donde estás, Uriel, para que el Hombre pueda volver a entrar en el Edén. No nos hemos portado honestamente con esta criatura mía. Le hemos dado un castigo que no merecía llevados por una ira injusta y envidiosa. Abandonemos todos, incluso Satanás, nuestra influencia sobre la Tierra. Desaparezcan los ángeles, demonios, dioses, ídolos y cualquier poder y autoridad de los lindes del universo. Usaré mi omnipotencia para disolverme en la nada. Mi corazón misericordioso se ha abierto a los horrores de sus culpas y no puede cargar con tanto peso. Las ansias vengativas me han cegado y solo he visto tinieblas y traición donde parpadeaba la llama de la inocencia. Ya se va apagando mi Gloria en los umbrales del vacío, cuando el Hombre advierta mi ausencia, regresará la luz a su corazón y, en la Tierra, brillará de nuevo la vida y la esperanza porque cada individuo será su dios y el amor por sus semejantes colmará dulcemente su pecho.

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