10 de agosto de 2013

El niño con inquietudes

     Los seis años de Ramón no le impedían tener la cabeza repleta de inquietudes y siempre estaba preguntando y consultando sus dudas con los mayores. Aquella tarde de verano, estaba sentado junto a la hamaca de su padre leyendo un cuento infantil a la sombra de unas moreras y, tras levantar de pronto los ojos del cuento, le dijo a su padre:
     -Papá, yo de mayor quiero ser astronauta...
     -¡Ja! ¡Hijo, qué alto te levantas! -dijo su padre-. No, tú serás abogado, como yo. Así tendrás un trabajo asegurado y nunca te faltará qué comer.
     Ramón sintió piedad por todos aquellos que no eran abogados como su padre porque creyó que a todos ellos les faltaba qué comer. Viendo limitadas sus posibilidades de futuro a la abogacía, su instinto solidario enseguida le hizo olvidarse de la decepción de no poder ser astronauta porque pensó que los abogados ayudaban a ser felices a la gente, como le había dicho su madre.
     -Papá, ¿los malos tienen miedo de los abogados? -preguntó.
     -No, es a los jueces a los que les tienen miedo -respondió su padre-. Los abogados a veces tenemos que ayudar a los malos también. De todas maneras, en el mundo no hay buenos de verdad. Todos son unos canallas...
     Ramón se analizó interiormente a sí mismo durante unos segundos y llegó a la certera conclusión de que él no era para nada un ser dañino y esperaba no serlo nunca por lo que aquellas palabras le hicieron sentirse solo con su bondad en un mundo donde todos eran, según la expresión de su padre, canallas.
     -Papá, ¿y por qué la gente no arregla el mundo? -preguntó entonces.
     Su padre se incorporó algo en la hamaca, enseñó sus dientes en una sonrisa sardónica y tras guiñarle el ojo, le dijo como invadido por un súbito placer:
     -Hijo, ¿y para qué quieres tú que se arregle el mundo? Así estamos muy bien ya. ¿Me entiendes, hijo? -y volvió a guiñar el ojo, que chispeaba de alegría, mordió la punta de su lengua y volvió a recostarse complacido. Finalmente, concluyendo, dijo crípticamente:- Si no hay problemas...
     Ramón no entendía a lo que se refería su padre pero sintió tanta decepción al comprender que el mundo iba a seguir así indefinidamente, con aquellas terribles guerras y hambrunas y atentados que, durante un rato, no quiso seguir hablando porque temía que su corazón sufriera otros desengaños. Pero, después de su largo silencio, volvió a hablar para decir:
     -Papá, ¿por qué sabes tanto? Yo quiero saber mucho también, quiero ser el que más sepa del mundo.
     Pero su padre le contestó:
     -Ramón, no hace falta que aprendas tantas cosas. Ese cuento que lees, ¿para qué quieres leerlo? Vete a ver la tele, anda y no molestes más...

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