15 de agosto de 2013

El mal perro

     ¡Qué bueno y tierno era cuando fue cachorro! Pero ya entonces hacía cosas inconvenientes y es que los perros no tienen raciocinio alguno. Se orinaba en el sofá, hacía caca en nuestras camas, destrozaba los cojines y almohadas. Hubo que ponerlo firme para que se comportara como es debido. Cada vez que hacía una trastada, golpe en el morro con el periódico y encerrado en el trastero. ¡Cómo aullaba en su prisión mientras cumplía su condena! Está claro que un perro, cuando tiene libertad, se vuelve peligroso. No hay quién le reprima sus impulsos salvajes. Hay quien dice que se vuelven malos porque no tienen el amor y la protección de las personas pero eso son paparruchas, un perro lo que necesita es mano dura y zurrarle si es preciso.
     Cuando fue más grande, ya hubo que arrearle fuerte porque se ponía muy pesado con los arrumacos y los lametones y cada vez que venían visitas empezaba a ladrarles y a gruñirles el muy bruto. Una de las veces, le dimos tal paliza con la escoba que, desde entonces, cojeaba al caminar. No sabes la vergüenza que pasaba yo cuando iba por la calle. "¿Qué le ha pasado al perrito?", me preguntaban. ¿Y como iba yo a responderles que era producto de una paliza y bien merecida, por cierto? "Son cosas del reuma", tenía que responder. "¿Del reuma tan joven?"
     Mi padre me enseñó que la letra con sangre entra pero, claro, yo tenía inteligencia para aprender a ser un buen hombre pero un animal es distinto. A un animal ni pegándole lo haces bueno. Y la prueba es lo que ha hecho, señor policía, herir en el cuello a ese niño pero, como le estoy diciendo, en absoluto es por mi responsabilidad, yo he cumplido con mi obligación de educador y, si el perro es agresivo, es porque lo tenía en sus genes y porque es incapaz de ser mejor.
   

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