28 de agosto de 2013

La forja de un destino

     El padre de Juan se puso furioso cuando vio a su hijo fumando un cigarrillo.
     -¿Desde cuándo fumas, desgraciado? -le gritó.
     Juan, mirando al suelo consternado, le contestó:    
     -No fumo. Era solo por probar, solo me he fumado este...
     Su padre, levantando su dedo índice, como señalando las sublimes esferas, testigos de su advertencia, dijo entonces lleno de cólera:
     -Mira lo que te digo, Juan: una de dos, o no vuelves a probar un cigarro o te quito la paga, así que ya sabes lo que hay...
     A las dos horas, después de haber ayudado a su padre en unas tareas de casa, Juan, mientras fumaba un cigarro en el parque con la pandilla de amigos del instituto, comentaba con ellos la reprimenda que le habían dado. Tosía constantemente por su inexperiencia como fumador y, en lo profundo de su conciencia hubiera deseado tener una razón de peso para no seguir fumando pero nadie se la daba. Recordando la amenaza de su padre, les dijo a sus compañeros que quería llegar a ser rico para tener control sobre la gente y hacerla ir por donde él quisiera.
     Sara, una chica que le atraía mucho, estaba a su lado. Soñaba con conquistarla pero aún no la veía muy dispuesta a ceder. De pronto, a propósito del tema del tabaco, intervino Sara diciendo:
     -A mí no me besará nunca un fumador. Dicen que los besos de un fumador saben a tabaco…
     Juan, cuando escuchó a Sara decir estas palabras, se pasó cinco minutos pensativo y luego sacó su paquete de Winston, lo mostró en alto ante sus amigos y dijo, elevando la voz:
     -¿Alguien fuma Winston? Se lo doy a quien lo quiera. ¡Bah, yo lo voy a dejar! Se me va en tabaco todo el dinero de la paga. 
     Una vez que se desprendió de su paquete, volvió su rostro a Sara y, sonriéndole, le dijo:
    -Es un vicio tonto...

24 de agosto de 2013

Suspicacia

     Si no nos aman, no podemos ser ni hay felicidad alguna en nuestras vidas. Pero el afecto del otro es un milagro y no siempre sucede. Alberto era un hombre lleno de sombrío pesimismo. Pensaba que el mundo era escenario del mal y que el bien obtenía tan solo victorias pírricas sobre este. A sus semejantes los veía como seres conducidos por el más descorazonador de los egoísmos y desconfiaba profundamente de ellos. No había felicidad alguna en su vida y, si seguía firme cumpliendo sus deberes con la sociedad y consigo mismo, era porque creía en su corazón.
     Aunque su lógica le convencía de que nada nuevo sucedería bajo el sol y, consecuentemente con ello, sus pensamientos nunca salían de un lodazal sombrío y crepuscular, él seguía confiando en el brillo de una quimera que titilaba en sus sentimientos cuando volvía su cabeza hacia el horizonte. Creía en la remota posibilidad de encontrar la satisfacción a un anhelo vago que no sabía describir ni formular racionalmente pero que brotaba de sus adentros y le animaba a seguir luchando y esperando.
     Era habitante de un lugar provinciano donde la vulgaridad se había asentado en las conciencias de la gente, que, llevada por la mezquindad del hombre más irreflexivo, apenas daba crédito, cuando hablaba de los otros, a la existencia de motivos de conducta que no fueran los más puramente egoístas, incluyendo en esta calificación a los impulsos sexuales, única razón admitida para que un hombre y una mujer sintieran devoción el uno por el otro, tras la que, sin embargo, solo se veían animalescos alivios donde nada espiritual cabía hallar.
     Por lo demás, los corrillos hablaban siempre de los defectos y fragilidades de los otros y, cuando un paisano de aquel lugar hacía un poco de vida social, quedaba necesariamente adherido a alguna de las numerosas facciones en las que se dividía aquella pequeña ciudad, donde todos se conocían y se odiaban. Se hablaba de los tontos, de los pedantes y afectados, de los homosexuales, de los orgullosos, de los ambiciosos, tan despiadadamente que la almas inocentes que escuchaban por primera vez estos diálogos eran presas de la tristeza y se sentían como exiliados de repente del regazo de sus semejantes, a quienes veían de repente a la luz de la más fría desmitificación.
     Alberto no soportaba aquel ambiente pero había conseguido convertirle en un escéptico del afecto. Añoraba sentirse amado por los otros pero no era capaz de buscar a alguien de quien recibir ese amor porque no creía en la inocencia de la unión entre los seres humanos cuando de la cruda realidad se trataba. Llevaba una vida solitaria, apenas con más consuelo para sus sentimientos que la lectura de los clásicos de la literatura o la escucha de su amplia colección de CD's. Rara vez procuraba la compañía de la gente, a la que odiaba y temía y de quien solo esperaba escarnio y humillación.
     Pero Alberto se enamoró de pronto de una mujer singular, con una profunda inteligencia y sensibilidad y una gran fortaleza de ánimo que le hacía inmune a las influencias del prejuicio y la opinión. Ella fue en realidad la que hizo el primer acercamiento y Alberto, admirado por sus encantos y su inocencia, le abrió su corazón e hizo lo necesario por conquistarla. Pero Alberto tenía el alma marcada por el pesimismo y, al mismo tiempo que experimentaba la dulzura del amor, que le mostraba, por primera vez en su vida, su meliflua esencia, se entregaba y entregaba a su amada al tormento de la sospecha y las dudas, persistentes e hirientes.
     Alberto no acababa de creerse que alguien tan extraordinario como aquella dulce mujer se interesara realmente por él. Había pasado media vida sin sentirse auténticamente amado y su concepto de sí mismo era desoladoramente pobre. Tanto era así que sus dudas adquirían carácter de auténtico delirio. Llegaba a acusarla, en momentos de mucha perturbación, de estar compinchada con algún grupo de bromistas de la ciudad para reírse a costa de un soltero empedernido al que, de pronto le presentaban una mujer físicamente impecable. Ella, alarmada por estas reacciones, decidió abandonarlo y él experimentó tal desconcierto cuando la ausencia de su amada ya duraba cuatro días que fue a pedirle explicaciones.
     -No sé cómo puedes decir que amas a alguien al que acusas de esas cosas -dijo ella-. Creo que tus sentimientos solo me reservan odio y no deseo ser tu víctima. No tengo más que hablar contigo. Me has demostrado que no puedes cambiar y no estoy dispuesta a convivir con este sufrimiento. Espero que no sigas intentando lo que no te voy a conceder, porque sería un auténtico acoso que no te aconsejo que hagas.
     Alberto, sumido en un profundo desánimo, abandonó la casa de aquella mujer con el honrado propósito de no volver nunca más puesto que no quería ser causa de su sufrimiento ni someterla a una persecución ilícita e indigna. Pero aquella mujer era más inteligente de lo que él era capaz de creer y no había pronunciado aquellas palabras con tanta sinceridad como él presumía. Cuando llegó a su casa, encendió su ordenador para entregarse a la triste tarea de repasar los correos electrónicos que le había mandado, llenos de apasionado amor, un amor al que se había entregado por primera vez en su vida en aquel mundo infernal de hombres y mujeres sin alma.
     Cuando entró en su buzón y descubrió que la mujer todavía estaba entre sus contactos, decidió escribirle un último mensaje intentando una reconciliación con la desesperación de quien de pronto se dio cuenta de que jamás en su vida tendría otra oportunidad de alcanzar la felicidad puesto que era aquella mujer precisamente y no otra cosa alguna lo que sintió que había anhelado siempre lo más profundo de su corazón.
     "No me expulses de tu vida; déjame que, al menos sea tu amigo -escribió-. No necesito que me des nada. Lo que amo de ti eres tú. No amo tus bellos pechos, ni tu hermoso rostro, ni tu silueta perfecta, ni siquiera tus cualidades morales. Lo que hace dulce y luminosa tu presencia para mí es sencillamente tu ser esencial, la realidad que sustenta tanta belleza y bondad. Tu hermosura desaparecerá con el tiempo pero ni el tiempo ni las circunstancias podrán arrancarte de mi corazón. Para siempre te amaré, aunque tú ya no estés aquí, aunque no me ames, aunque seas solo un vago recuerdo con unas cuantas fotos. No necesito una compañera, no voy a buscar otra mujer, te necesito a ti, tú eres lo que buscaba mi corazón desde que se encendieron en él las luces del deseo. No hay nada más puro, inocente y elevado que lo que siento por ti, no he nacido para otra cosa que para esto."
     Cuando ella recibió el correo respondió simplemente:
     "No voy a ser amiga de alguien que solo me causa dolor con sus acusaciones. Mi decisión de alejarme es irrevocable."
     Él sintió el mundo derrumbarse cuando leyó estas palabras. Pero salió a pasear y cuando volvió y se dio cuenta de que ella seguía entre sus contactos volvió a escribirle:
      "No sé de un ser más puro e inocente que tú. Cada vez que te he acusado ha sido con el pensamiento eclipsado por el delirio. No podría acusarte de nada gozando de un mínimo de sensatez."
     Pero ella sabía que Alberto había cometido el mismo error innumerables veces llevado por el bajo concepto que tenía de sí mismo y decidió permanecer callada. Alberto, sin embargo, continuó escribiendo todos los días y aunque ella no le respondía nada, la mera posibilidad de que ella leyera una sola de esas cartas ya era suficiente para que él sintiera una profunda felicidad escribiéndolas pues en ellas volcaba todo el amor que sentía su corazón, que este afecto tan incondicional había hecho despertar y colmarse de vida. Aunque ella jamás respondía a sus cartas y él tan solo tenía constancia de que las recibía sin saber a ciencia cierta si las leía o no, acabó hablándole con la confianza de quien sabe que es amado por la persona con la que habla:
     "Ratoncito -le decía-, los que acostumbran a hablar de los demás y a inmiscuirse en sus asuntos pensarán, al ver que ya no estás conmigo, que hay algo oscuro detrás de este hecho. Una vecina se me acercó ayer a preguntarme por el particular y yo le respondí:
     "-No sé nada de ella, dicen que la ha engatusado un millonario; ya sabemos cómo son las personas...
     "Seguro que se ha dado cuenta de que era una mentira; es muy perspicaz como todos los de este pueblo. Ahora sospechará algo mucho peor. Miedo me da pensar qué..."
     Alberto no recibía respuesta alguna de ella aunque pasaban los días, las semanas e incluso los meses pero él ya no dudaba de que una hermosísima persona le amaba sin que hubiera más que pureza, libertad y belleza en este sentimiento. Había alcanzado la felicidad que tanto había añorado. El amor colmaba su corazón y se sentía igualmente amado con intensidad por una mujer excepcional. Al fin se sentía un habitante del mundo, al fin veía la vida a la luz del más claro optimismo, al fin las sombras del escepticismo se disipaban de su pensamiento y, cuando ella le escribió este breve correo después de su larguísimo silencio:
     "Ven a mi casa, te invito a cenar."
él casi no se dio cuenta de que era la primera vez en seis meses que le dirigía la palabra.

21 de agosto de 2013

La planta de patatas

A Nuria Velasco Vegas

     Hugo se acordó toda su vida de la primera planta de patatas que vio. Era una planta de muy poca altura, de hojas redondeadas y poco resistentes y tallo tan débil que se vencía hacia un lado. Era lo más ridículo que había visto y, cuando su abuelo, con una azada, comenzó a cavar el surco y debajo aparecieron dos patatas gigantescas como nunca había visto iguales, rodeadas de pequeños bultos que parecían sus vástagos diminutos, se dio tal sorpresa que el recuerdo del hecho quedó impreso en su esfera emocional para siempre.
     Alentado por el ejemplo en adelante se cercioraba de los límites auténticos de cada cosa y nunca se fiaba de alguien que menospreciaba algo o lo consideraba de poca importancia porque pensaba que, debajo de una superficie insignificante, podría esconderse algo maravilloso y desconocido como había comprobado que sucedía con la planta de la patata.
     Cuando se hizo un adolescente, se manifestó como una persona solitaria. Hablaba poco y era muy retraído socialmente. Su más profundo interés era guardarse de los límites que le imponía el trato con la otra gente. Sus compañeros le parecía que buscaban el consenso en todo, incluso en la forma de vestir o de expresarse y él pensaba que, si hacía lo mismo, se traicionaría a sí mismo, perdería el alma que palpitaba en lo profundo de su ser y sería tan solo lo que el significado de la palabra joven abarcaba, sin mayor peso ni entidad.
     Este prejuicio llenó sus siguientes años de dolor y soledad. Apenas podía ver otra cosa en la relación con los otros que un peligro, pensaba que se mutilaría lo más genuino de sí mismo si se abría a los otros porque, a juzgar por las apariencias, había un abismo entre sus intereses y los de él. No creía en la posibilidad de seguir siendo dueño de su raíz profunda si, de pronto, empezaba a comportarse como todos ellos. Sospechaba que, bajo la superficie de la gente común, no había más que un escuálido y enfermizo apéndice alimentando sus banalidades mientras que él no vivía más que para lo que latía en su interior, para sus sentimientos, para esa fe en la grandeza insospechada de lo humilde y lo pequeño que había heredado de su infancia.
     A los treinta y nueve años, cuando ya era un gris empleado de oficina que recibía a cada nuevo cliente con la misma expresión en el rostro y la misma frase formularia y que, en su vida corriente, guardaba como tras un cerrojo todo su interior, tan oculto para todos los demás que nadie sospechaba que existiera nada peculiar tras su rostro impasible y optimista, ocurrió algo que le hizo cuestionarse toda su vida. Y fue que llegó a su despacho una aldeana de muy avanzada edad que mostraba en su modo de manifestarse su gran ignorancia de todas las formas de urbanidad y, cuando le dijo "Siéntese, por favor...", ella se abalanzó sobre él y lo cubrió de besos diciéndole:
     -¡Qué bueno es este chico, Señor! ¿Que le hago yo un favor si me siento cuando soy yo la que debería agradecérselo porque tengo delicadas las piernas? ¡Qué alma del cielo! ¡Claro que me siento, bien mío, y un euro que te voy a dar también por ser tan hermoso!
     Hugo, por más que lo intentó, no pudo reprimir la risa, pero aquello le hizo acordarse de las patatas de su abuelo, de lo que se escondía debajo de una insignificante planta y volvió a darse cuenta de la falacia de los límites, de la impostura de lo fragmentario y restrictivo. Se vio a sí mismo convertido en el ser mutilado que tanto había querido evitar ser, con toda la riqueza que guardaba su espíritu encerrada en su interior, sin posibilidad alguna de salir afuera, solo porque no tenía el valor suficiente para manifestarla, para hacerla real, para invocarla en los otros. Pensó que no era mejor que los demás y que el mundo albergaba muy pocas personas que verdaderamente tuvieran el valor de ser, que el miedo les enfriaba el corazón y las volvía dañinas porque habían perdido toda la esperanza de ofrendar a los demás su riqueza y ser felices de esa manera.
     Esa noche no encendió el televisor, ni leyó el tedioso libro de Historia que tenía empezado, ni fue a la casa del vecino a hablar de política; en su lugar, estuvo escribiendo los poemas más disparatados y apasionados que pudo a la camarera del bar donde se tomaba el desayuno y al día siguiente se los entregó diciéndole:
     -Si no te lo tomas a mal, hace mucho tiempo que te quiero. Si vas a ser mi chica, prepárate porque no quiero dejar nunca de asombrarte.

15 de agosto de 2013

El mal perro

     ¡Qué bueno y tierno era cuando fue cachorro! Pero ya entonces hacía cosas inconvenientes y es que los perros no tienen raciocinio alguno. Se orinaba en el sofá, hacía caca en nuestras camas, destrozaba los cojines y almohadas. Hubo que ponerlo firme para que se comportara como es debido. Cada vez que hacía una trastada, golpe en el morro con el periódico y encerrado en el trastero. ¡Cómo aullaba en su prisión mientras cumplía su condena! Está claro que un perro, cuando tiene libertad, se vuelve peligroso. No hay quién le reprima sus impulsos salvajes. Hay quien dice que se vuelven malos porque no tienen el amor y la protección de las personas pero eso son paparruchas, un perro lo que necesita es mano dura y zurrarle si es preciso.
     Cuando fue más grande, ya hubo que arrearle fuerte porque se ponía muy pesado con los arrumacos y los lametones y cada vez que venían visitas empezaba a ladrarles y a gruñirles el muy bruto. Una de las veces, le dimos tal paliza con la escoba que, desde entonces, cojeaba al caminar. No sabes la vergüenza que pasaba yo cuando iba por la calle. "¿Qué le ha pasado al perrito?", me preguntaban. ¿Y como iba yo a responderles que era producto de una paliza y bien merecida, por cierto? "Son cosas del reuma", tenía que responder. "¿Del reuma tan joven?"
     Mi padre me enseñó que la letra con sangre entra pero, claro, yo tenía inteligencia para aprender a ser un buen hombre pero un animal es distinto. A un animal ni pegándole lo haces bueno. Y la prueba es lo que ha hecho, señor policía, herir en el cuello a ese niño pero, como le estoy diciendo, en absoluto es por mi responsabilidad, yo he cumplido con mi obligación de educador y, si el perro es agresivo, es porque lo tenía en sus genes y porque es incapaz de ser mejor.
   

14 de agosto de 2013

El suicidio de Dios

     Y dijo Dios:
     -Desde que expulsé a los hombres del Paraíso, no han tenido un día bueno, ni siquiera cuando yo los he colmado de bendiciones. Se entregan a mi adoración o a la de sus ídolos con compulsivo afán gastando en ello dispendiosamente la energía que precisan para cuidarse a sí mismos. Hablan de mí como de un ser lleno de perfecciones sin fin, aun habiéndolos expulsado del Edén y, sin embargo, se acusan a sí mismos de ser depósitos de suciedad y vicio cuando casi no se puede decir que los haya hecho libres de elegir lo que son pues es muy amargo para ellos convivir con el dolor de contrariar sus impulsos.
     Entonces llamó a Uriel, el arcángel que, con espada de fuego, custodiaba las puertas del Paraíso, y le dijo:
     -Sal de donde estás, Uriel, para que el Hombre pueda volver a entrar en el Edén. No nos hemos portado honestamente con esta criatura mía. Le hemos dado un castigo que no merecía llevados por una ira injusta y envidiosa. Abandonemos todos, incluso Satanás, nuestra influencia sobre la Tierra. Desaparezcan los ángeles, demonios, dioses, ídolos y cualquier poder y autoridad de los lindes del universo. Usaré mi omnipotencia para disolverme en la nada. Mi corazón misericordioso se ha abierto a los horrores de sus culpas y no puede cargar con tanto peso. Las ansias vengativas me han cegado y solo he visto tinieblas y traición donde parpadeaba la llama de la inocencia. Ya se va apagando mi Gloria en los umbrales del vacío, cuando el Hombre advierta mi ausencia, regresará la luz a su corazón y, en la Tierra, brillará de nuevo la vida y la esperanza porque cada individuo será su dios y el amor por sus semejantes colmará dulcemente su pecho.

12 de agosto de 2013

Sumergido en los otros

     José era el tercero de cinco hermanos por lo que, durante su infancia, pasó casi desapercibido para su familia. No tenía derecho a llorar cuando le negaban un capricho, como hacían sus hermanos pequeños, pero tampoco a dar órdenes ni cargar con las responsabilidades que correspondían a los mayores.
     En el colegio, sujeto, como alumno que era, a la obligación de aprender y hacer lo mismo que todos los demás, aunque él personalmente hubiera preferido no hacerlo, se sintió como sumergido en el océano de los otros sin posibilidad de salir a respirar a la superficie.
     Cuando llegó a la adolescencia, alguien, no sabía quién, ordenaba cómo tenían que ir todos vestidos, cómo tenían que divertirse, de qué forma había que hablar y sobre qué y acabó por pensar que la vida era un río pero el mismo para todo el mundo.
     Llegó a la universidad y vio que todo el mundo afectaba madurez y criterio propio y que, sin embargo, su diversión principal era censurar la forma de ser de los compañeros e intentar imponer sus puntos de vista a los demás a toda costa. Alguna chica de la universidad llegó a despertar sus emociones más de lo normal pero estaba tan inmerso en el temor a suscitar las censuras de los compañeros que le daba vergüenza acercarse con intenciones románticas a ellas pensando que hablarían de él como de un crápula o un sátiro.          Cuando tuvo una profesión estable, sintió como si tuviera su vida y su libertad embargadas por la deuda de afecto con sus padres, la autoridad terrible de su jefe, los hábitos inmutables de sus amigos, la omnipotencia del fútbol, la manía de ver Expediente-X y la voluntariosa fe en el partido al que votaba.
     Llegó a los treinta y ocho años con la clara conciencia de que su vida se la vivían los otros. Un día se miró en el espejo y, como estaba nublado en ese momento, tuvo una ilusión óptica y se vio como algo envejecido. Se deprimió mucho porque pensó que iba a volverse viejo antes de haber vivido de verdad pero no tenía ni idea de qué tenía que hacer para saber quién era con el fin de comportarse coherentemente como tal.
     Lo que hizo fue repasar su libro de Filosofía del instituto pero no consiguió aprender nada. Vio la lista de instintos humanos y pensó que poco le ayudaba en su vida el conocerlos puesto que no solo no había ningún instinto con el que no cumpliera ya sino que le era radicalmente imposible no hacerlo. También le chocó la idea de que un comportamiento que produce bienestar no puede catalogarse como libre porque contiene un estímulo que le imprime necesidad. Pasó dos años más leyendo filosofía con pertinaz obstinación pero lo acabó dejando defraudado en sus expectativas. Tenía cuarenta y dos años cuando decidió ir al psicólogo. Este le habló muy coherentemente de cómo era el alma humana pero no supo decirle cómo era él y lo dejó.
     A sus cuarenta y cuatro años murió su padre y su miedo a no ser él mismo nunca se acrecentó porque la muerte apareció a sus ojos con una solidez especial. No tenía todavía esposa y, sin saber por qué, pensó que lo que tenía que hacer era casarse y formar una familia.
     Encontró una mujer que, sin duda, le correspondía. Hablaban mucho entre ellos, conversaciones muy agradables. Era una mujer aparentemente perfecta para el matrimonio, jamás discutía con él, era todo amabilidad y sonrisas, aunque parecía sentir cierta urgencia por casarse y mostraba un interés muy acusado por los detalles materiales. Muchas veces le hablaba de la marca de frigorífico que prefería, de la conveniencia de tener dos cuartos de baño a no ser posible tres o de su capricho de que el armario del dormitorio de ambos fuera de color gris perla. Faltaban dos meses para que se celebrara la boda cuando José, incapaz de seguir ocultándose a sí mismo que no sentía nada por ella, se plantó en casa de sus padres y le dijo que no le importaba que se quedara con la casa que habían comprado y que la disfrutara de la manera que a ella le placiera pero que prefería no casarse con ella si no lo tenía muy a mal.
     A los cuarenta y seis años, se vio de nuevo ante la duda de qué tenía que hacer para sentirse vivo y real. Un sábado de aquel invierno, paseando por la ciudad, dio en un parque y se sentó en un banco. Los días anteriores había estado rumiando la amargura de su soledad y había tenido momentos de auténtica desesperación pero, en ese momento, observando a la gente que pasaba, tuvo un remanso de paz y, aunque se le pasó por la cabeza que podía ser un síntoma senil por su obsesión con la vejez, su transitorio estado de bienestar no se alteró por eso.
     Al poco apareció una muchacha de unos veintisiete años con un enorme perro. Era auténticamente hermosa, de cabello negro, piel muy blanca y ojos claros. La chica estaba a unos metros de él, sujetando abstraída la correa de su perro cuando el animal, al apercibirse de los movimientos de una ardilla al pie de un árbol, se arrancó en su persecución dando tal tirón que la chica cayó al suelo. José se apresuró a ayudarla a levantarse porque seguía sujetando la correa del perro y este estaba tirando aún de ella. A José la chica le parecía fascinante, no solo la encontraba absolutamente bella sino que intuía, por el mismo aspecto exterior, que su manera de ser era ajena a la vulgaridad, absolutamente personal y llena de inteligencia.
     -Tu perro es un poco desconsiderado -le dijo para bromear un poco.
     Ella sonrió y dijo:
     -Es muy bueno.
     -¿Vives por aquí cerca? -preguntó José.
     -Sí, cerca -respondió ella, que en cierto modo, también sentía cierta fascinación por el aura sobria y poco corriente que despedía José por lo que, llevada por la simpatía que se despertó en su ánimo, continuó hablando así:- ¡Qué frío hace hoy!
     -Mucho -dijo José que, en la voz de la chica, veía corroborada su primera impresión de que se encontraba ante un ser por el que experimentaba una atracción sutil-. Oye -dijo entonces olvidándose de todo su pudor-, me gustaría conocerte más, cuanto percibo en ti me inspira simpatía. Estoy angustiosamente solo, me gustaría tener una amiga.
     -Sí, ya me he dado cuenta de que tienes un aspecto triste -dijo ella-. Pobre, espérame en el bar que hay frente a la entrada del parque que vuelvo en media hora.
     José había estado cautivo media vida pero tan solo necesitó cinco minutos para encontrar la liberación. Aquella muchacha suponía, en realidad, la primera bienvenida al mundo que le daban.

10 de agosto de 2013

El niño con inquietudes

     Los seis años de Ramón no le impedían tener la cabeza repleta de inquietudes y siempre estaba preguntando y consultando sus dudas con los mayores. Aquella tarde de verano, estaba sentado junto a la hamaca de su padre leyendo un cuento infantil a la sombra de unas moreras y, tras levantar de pronto los ojos del cuento, le dijo a su padre:
     -Papá, yo de mayor quiero ser astronauta...
     -¡Ja! ¡Hijo, qué alto te levantas! -dijo su padre-. No, tú serás abogado, como yo. Así tendrás un trabajo asegurado y nunca te faltará qué comer.
     Ramón sintió piedad por todos aquellos que no eran abogados como su padre porque creyó que a todos ellos les faltaba qué comer. Viendo limitadas sus posibilidades de futuro a la abogacía, su instinto solidario enseguida le hizo olvidarse de la decepción de no poder ser astronauta porque pensó que los abogados ayudaban a ser felices a la gente, como le había dicho su madre.
     -Papá, ¿los malos tienen miedo de los abogados? -preguntó.
     -No, es a los jueces a los que les tienen miedo -respondió su padre-. Los abogados a veces tenemos que ayudar a los malos también. De todas maneras, en el mundo no hay buenos de verdad. Todos son unos canallas...
     Ramón se analizó interiormente a sí mismo durante unos segundos y llegó a la certera conclusión de que él no era para nada un ser dañino y esperaba no serlo nunca por lo que aquellas palabras le hicieron sentirse solo con su bondad en un mundo donde todos eran, según la expresión de su padre, canallas.
     -Papá, ¿y por qué la gente no arregla el mundo? -preguntó entonces.
     Su padre se incorporó algo en la hamaca, enseñó sus dientes en una sonrisa sardónica y tras guiñarle el ojo, le dijo como invadido por un súbito placer:
     -Hijo, ¿y para qué quieres tú que se arregle el mundo? Así estamos muy bien ya. ¿Me entiendes, hijo? -y volvió a guiñar el ojo, que chispeaba de alegría, mordió la punta de su lengua y volvió a recostarse complacido. Finalmente, concluyendo, dijo crípticamente:- Si no hay problemas...
     Ramón no entendía a lo que se refería su padre pero sintió tanta decepción al comprender que el mundo iba a seguir así indefinidamente, con aquellas terribles guerras y hambrunas y atentados que, durante un rato, no quiso seguir hablando porque temía que su corazón sufriera otros desengaños. Pero, después de su largo silencio, volvió a hablar para decir:
     -Papá, ¿por qué sabes tanto? Yo quiero saber mucho también, quiero ser el que más sepa del mundo.
     Pero su padre le contestó:
     -Ramón, no hace falta que aprendas tantas cosas. Ese cuento que lees, ¿para qué quieres leerlo? Vete a ver la tele, anda y no molestes más...

6 de agosto de 2013

La chica de la librería

A Emna Codepi

     Los padres de Pedro fueron personas eminentemente prácticas y le educaron en un análisis de las circunstancias de la vida absolutamente material. Lo que no pudiera tocarse o mirarse no podía merecer la atención de ninguna persona sensata, así concebían ellos el mundo y así acabó él conduciéndose por su existencia. Pero, al seguir a rajatabla este criterio mientras silenciaba la voz de su corazón aunque este no había muerto del todo, la desazón inmensa que experimentaba por echar de menos la felicidad y la vida auténticas le impulsaba incesantemente a buscar un alivio aunque, pensando, lleno de ignorancia, que su auténtica carencia era de índole material, su trayectoria biográfica se transformaba en un esfuerzo constante por acumular riquezas y propiedades sin que llegara a ver jamás una verdadera razón para detenerse.
     Su condición de rico empresario con una insaciable ambición le hacía un firme convencido de la economía de mercado. Tenía un amigo con ideología de izquierdas y siempre estaba discutiendo amigable y socarronamente con él. En cierta ocasión, sin embargo, su amigo le hizo vacilar. Le estaba diciendo que el liberalismo hacía que la economía creciera y eso permitía que creciera también la capacidad productora de alimentos y productos básicos de un país, lo que favorecía la supervivencia y el bienestar de todos. Pero entonces su amigo le dijo:
     -Si de eso se trata, ¿por qué no se va directamente a producir los recursos básicos de subsistencia en lugar de dar un rodeo inmenso, trabajoso, caprichoso, destructor del medio ambiente y empobrecedor de los otros países a través de los televisores de plasma y los coches japoneses?
     En su país, Colombia, lo normal era la pobreza y la desigualdad; él intentaba ser lo menos perjudicial posible para los demás pero, cuando se encontraba ante el dilema de a qué dar prioridad, si al bienestar de otro ser humano o a la supervivencia de su capacidad para aumentar sus propiedades, era incapaz de dudar y optaba siempre por el egoísmo, temeroso de que su vida perdiera su ya precario significado.
     El miedo era siempre lo que más le espoleaba a seguir adelante. Si sentía que su carrera de ambición se ralentizaba, el temor a quebrar y quedarse en la ruina le hacía intensificar sus esfuerzos arramblando a su paso con todo lo que se le oponía y convirtiendo a los semejantes a los que necesitaba para conseguir su meta en meros utensilios suyos. Tenía, ante todo, miedo a caer en el vacío y tener que enfrentarse a sí mismo, a ese ser terrible y exigente con él que nunca estaba satisfecho del todo por mucho que hiciera y consiguiera.
     Pero llegó la crisis mundial y su temor se cumplió. Su potente empresa acabó endeudada y en la bancarrota y, a sus cuarenta y ocho años, acabó de empleado de un banco con un exiguo sueldo. Además, su fracaso económico provocó el divorcio de su esposa de toda la vida, lo que aumentó su sensación de inseguridad y los recelos contra sí mismo.
     Al fin se veía a sí mismo cara a cara, sin deslumbrarse por el brillo anestésico de sus logros y lo que experimentó en un principio fue una aflicción devastadora. Sentía detenido el flujo de la vida; se desesperaba porque veía cerrado su horizonte y perdido todo estímulo. No solo había perdido la posibilidad de seguir saciándose de posesiones materiales, había perdido sobre todo la excusa para olvidarse de que nunca había sido feliz, de que nunca había vivido auténticamente. El ser que tenía relegado en los rincones polvorientos de su corazón dormido parecía mirarle ahora a través del espejo con las ansias de venganza que siente un preso ante el menosprecio de un carcelero.
     Pero su mentalidad práctica, herencia de sus padres, le salvó de la locura. Para él, solo merecía atención lo que se tocaba o miraba. El dolor del alma no podía tocarse ni verse por lo que no lo tuvo muy en cuenta en su vida diaria. Se dedicó a mantener una rutina de hombre solitario, que se entrega a pequeños placeres, sin mirar nunca de frente a ese inmenso dolor que lo dominaba todo, como si fuera un potente sol que no le hería más que cuando lo miraba directamente. Su mentalidad práctica, así mismo, le indujo al cabo de un tiempo a buscar una nueva pareja, la proximidad física de otro ser humano le parecía una fuente de placer derivada de la solidaridad que se siente por un semejante y la anhelaba. Con mentalidad práctica siempre, decidió además que elegiría a una persona a la que pudiera querer con el amor más grande y que le amara a él también así para evitar un nuevo divorcio.
     Salió con varias mujeres a lo largo de meses pero nada le decían a su olfato práctico y acababa abandonando la relación por lo que se entregaba al desánimo. Entretanto, el azar le hizo conocer a una chica muy joven y bella cuyo misterio le sedujo. Era la dueña de una librería en la que decidió entrar por primera vez cuando tuvo un desaire con su librero de toda la vida, que le miraba ya por encima del hombro por la caída de su nivel económico. La chica demostraba gran sensibilidad en todas sus maneras. Muchos días fue la consejera fielmente obedecida que le recomendaba las lecturas que más interés podrían despertar a un cliente de sus características.
     Pedro nunca había leído un libro de poemas pero un día, como la lectura se había convertido en su único placer, para salir un poco de sus hábitos, pidió a la chica un libro de poemas "que se entendieran" pues su archisabida mentalidad práctica, le hacía sentir aversión a leer algo que no tuviera un significado claro y evidente. En realidad, este capricho no era otra cosa que la subrepticia infiltración en su vida del vengativo ser del espejo, que haciendo despertar poco a poco su corazón y abriéndolo a la imagen seductora de la muchacha, preparaba su auténtica subida al poder. La chica le puso en la mano, con una bonita sonrisa, un libro de un poeta actual, que empezaba en aquel momento a publicar sus primeras obras y Pedro, con el alma deslumbrada por la belleza de la chica, regresó a su casa respirando el aroma de esperanza que le traía el clima benigno de aquel día y la perspectiva de gozar de una experiencia nueva con aquel libro de poemas, que intuía, sin saber por qué, que le haría disfrutar.
     Enseguida comenzó a leer el poemario y, aunque su mentalidad práctica le impelía a acabar los libros en el menor lapso de tiempo posible, solo el primer poema lo hubo de leer diez o doce veces y no porque no lo entendiera sino porque hablaba de forma tan convincente de la necesidad del ser humano de darse al amor y de seguir los impulsos del corazón por muy ilógicos que fueran que sintió que era objeto de una insólita revelación. Desconcertado por las emociones nuevas y perturbadoras que le inspiraba aquel poema, intentaba desentrañar el mecanismo que producía aquel extraño fenómeno. Pero no había artificio alguno, simplemente la sencilla y mera verdad que destilaban las palabras del poeta funcionaba como un arma que le sajaba por dentro y provocaba un seísmo de rebelión en los impulsos relegados de su personalidad.
     Más adelante leyó poemas sobre la lealtad a lo que se es, sin sumisión a los tácitos dictados de las costumbres, sobre el valor del instinto, superior a la inteligencia, sobre la necesidad de olvidar lo práctico ante la llamada de las emociones, sobre la importancia de disfrutar el presente y valorar los sentimientos por encima de las posesiones y otras muchas sugerencias que convulsionaban su pensamiento y se lo abrían a un mundo que nunca antes había sospechado que existiera.
     Esa noche, su último pensamiento fue para la chica de la librería y se prometió que la amaría hasta su muerte aunque ella solo le respondiera con desamor.

3 de agosto de 2013

Un escritor adolescente

A Zulma Peperina

     Sergio mostraba lo que escribía a su amigo Andrés, vecino de asiento en el instituto. Andrés, que era muy activo en la lectura de libros, mucho más que Sergio, le decía que sus escritos tenían calidad literaria y le explicaba las leyes inviolables de la literatura escrita que Sergio cumplía a rajatabla. Sergio experimentaba cierta pesadumbre con estos comentarios porque él no escribía para ganar el título de auténtico escritor sino para inspirar la solidaridad de los lectores mostrándose como él mismo, como ser único e individual, con sentimientos comunes al resto pero dotados de peculiaridades irrepetibles que habían de manifestar sus obras.
     Si su arte se limitaba a comportarse tal y como los lectores avezados esperaban que hiciera, sus obras ocultarían, en realidad, lo que él era y le procurarían una aceptación que, en rigor, no le atañía. Él sentía el arte como un modo de negociar con los demás un permiso para ser, para ser de la forma que él, desde su más profundo instinto personal, sentía la necesidad de ser. Sabía que el arte solía proponer un modelo ideal de ser humano pero él necesitaba infiltrar a través de ese modelo su propia forma de ser, real y concreta, no para imponerla con arrogancia sino con el patetismo del que, consciente de su soledad y extrañeza, espera el calor del resto de la humanidad y abre sin pudor su corazón para mostrar su alma tanto en lo que la hace semejante a las otras como en lo que la distingue de ellas.
     El no sabía formular todavía con precisión estas ideas pero sí sentía que le inspiraba mucha aversión la fría y, hasta cierto punto, jactanciosa aprobación de su vecino de asiento. Él escribía como un ejercicio de amor y libertad y, por eso, no entendía que le hablaran de diálogos, estilo, caracterización o mensaje y no de desencanto, esperanza, placer, tristeza...
     Pero las personas tenemos un órgano de conocimiento de la realidad mucho más agudo y certero que el que nos proporcionan las no siempre fiables operaciones de la inteligencia consciente y es una especie de intuición profunda que conduce nuestros deseos y nuestra búsqueda de la felicidad sin necesidad de explicaciones ni determinación del valor práctico de lo que nos impulsa a conseguir. Este órgano podríamos llamarlo la emotividad, aunque los poetas lo llaman corazón. El corazón de Sergio, que sabía mejor que su cabeza el motivo por el que escribía, le hizo cuestionarse por qué, en lugar de mostrarle sus obras a Andrés, no hacía que las leyera Clara, una chica muy bonita que golpeaba su pecho desde el interior cuando la veía llegar cada día y que ansiaba vincular a su vida sin que de momento se hubiera atrevido nunca a decirle nada que sugiriera este pensamiento.
     De modo que un día le pasó a Clara en un portafolios cuarenta hojas escritas bajo la excusa de que confiaba en su criterio crítico porque había escuchado sus comentarios sobre los clásicos en clase de Literatura; y es que, para él, habría sido imposible entregarle a la muchacha sus poemas y cuentos sin una explicación distinta a ese interés amoroso que sentía por ella, dada su profunda timidez.
     Daba la casualidad de que todos los poemas que había en el portafolios los había inspirado la imagen de Clara en el corazón de Sergio y este no vivió el resto del día preocupado por lo que diría Clara de sus obras a la mañana siguiente. Llegado este momento tan ansiado, Clara le devolvió el portafolios diciéndole:
     -Tu estilo es demasiado claro. Solo tiene una posibilidad de interpretación. Yo prefiero una literatura que permita infinitas lecturas...
     -¿Entonces no te han gustado los poemas? -preguntó, con calma aparente, Sergio.
     -No lo sé exactamente -respondió Clara-. Lo cierto es que me han perturbado algo. Los noto muy personales, casi me daba vergüenza leerte porque me sentía como fisgoneando en tu vida privada.
     Sergio agradeció a Clara su opinión y se sentó silenciosamente en su mesa a esperar el inicio de la clase. Pero por dentro se sintió muy decepcionado aunque ella no hubiera afirmado de manera inequívoca que no le habían gustado los poemas.
     Sergio, sin embargo, volvió a entregarle a la semana siguiente unos cuantos poemas recién escritos. Seguían siendo muy personales y dedicados al amor que sentía por ella pero dio mucha más intensidad a sus sentimientos, consciente ya de que su público era la chica de sus sueños. Ella los leyó y le felicitó por ellos. Él, animado por este éxito aparente, le mostró nuevos poemas en los días sucesivos, procurando poner en ellos tanta emoción como sentía su corazón por ella. Ella se los devolvía al otro día, cada vez con más turbación en la mirada y más rubor en las mejillas. Sergio no era plenamente consciente de la pasión que estaba engendrando en Clara pero esas señales físicas la hacían más bella a sus ojos y su amor por ella se intensificaba también paulatinamente.
     Un día, sin poderse reprimir más, la abordó a la salida del instituto y le dijo:
     -Clara, me caes muy bien. ¿Quieres salir conmigo esta noche?
     -Es mejor que no -respondió Clara.
     -¿Por qué? ¿No te caigo bien? -preguntó Sergio.
     -Sí, pero tú ya tienes una novia -dijo Clara.
     Sergio se quedó perplejo ante esta respuesta y dijo:
     -Yo no tengo novia, ¿por qué piensas que la tengo?
     -Tus poemas son muy hermosos -respondió Clara-; no se escribe así sin que uno sienta de verdad lo que dice. Casi me haces perder la respiración con tus versos. Has de tener ya una novia, no quiero interferir en vuestra vida, es una historia muy bonita, espero que te cases con ella...
     Clara agachó la mirada y, ante el silencio estupefacto de Sergio, intentó reemprender la marcha hacia su casa pero Sergio la detuvo y le contó la verdad.