26 de julio de 2013

Susurros

A PerePussa Moix Vilaseca

     David era muy tímido y especialmente cohibido en materia de mujeres; si eran amigas, no tenía demasiadas dificultades en hablar con ellas e incluso hacerlas reír pero cuando había un interés romántico por medio, se volvía tan profundamente tímido que no llegaba siquiera a dar a conocer sus sentimientos a la chica. Llegó a la universidad sin conocer el amor de una mujer pero con la confiada esperanza de que lo conseguiría en los años de carrera.
     Su universidad distaba treinta kilómetros de la casa paterna por lo que hubo de alquilar una habitación en la casa de una anciana que aprovechaba el dinero y la compañía de los estudiantes para mejorar su calidad de vida. Así, David hubo de relacionarse en la intimidad de su hogar por primera vez con absolutos desconocidos. En principio, creyó que no habría muchos problemas pero los otros estudiantes del piso adolecían de cierta altivez en su trato y se guiaban por unos intereses muy restringidos y limitados, lo que chocaba con la personalidad de David, que anhelaba de la vida los dones de la imaginación, el conocimiento y el afecto humano. Por todo esto, apenas salía de su habitación cuando estaba en casa salvo para cenar, procurando hacerlo cuando no hubiera nadie en la cocina.
     Su vida habitual se había vuelto, de repente, muy solitaria. No conocía a nadie en la universidad, salvo a un amigo del instituto con el que, ciertamente, congeniaba mucho, llamado Andrés. Este, preocupado siempre por los problemas de timidez de David, procuraba animarlo a superarlos pero David no daba pasos muy grandes en esa dirección. David siempre buscaba la compañía de Andrés para no sentirse solo pero este estaba intentando conquistar a una muchacha por la que sentía cierto interés y acabó mostrándole su irritación por lo que consideraba una obsesión de su amigo por imponerle su proximidad a todas horas.
     De este modo, David acabó experimentando una agobiante sensación de aislamiento y un día, para acabar de agravarla, comenzó a dejarse atrapar por el influjo seductor que la imagen de una de las compañeras de clase ejercía sobre él. Era morena, de ojos claros, alta y muy callada y discreta. Sabía que se llamaba Marisa y soñaba con mezclar su alma con la de ella y ver aparecer un vínculo etéreo pero indestructible entre ambos, emanado de lo más libre que brotaba de sus adentros. Como era de esperar, no encontró el valor ni la habilidad para abordar este propósito y llegó un momento en que sintió que todas las puertas de la vida estaban cerradas y su mente se quebró.
     Un día, mediado el curso, sintió durante la clase que su pensamiento captaba las ideas de los vecinos de mesa de un modo extraño, sin que ellos se esforzaran en hacerse oír, tan solo le llegaban sus susurros y, sin embargo, estaba convencido de que deseaban ser escuchados por él. Tan insólita sensación le produjo pavor, como si algo sobrenatural estuviera ocurriendo. Los susurros, con una concisión llena de alusiones y juegos verbales, parecían hacer referencia a su propio pensamiento, como si de pronto se hubiera vuelto transparente para todo el mundo.
     Cuando salió de clase, avanzando por las calles, continuó experimentando esa horrible sensación; ahora era como si los transeúntes quisieran escarnecerlo con ofensas personales, siempre como si conocieran el contenido de su pensamiento, incluso, a veces, los susurros parecían adelantarse a lo que iba a pensar unos segundos más tarde. Sintió tal desesperación que no fue al comedor universitario y comió de los alimentos que había en el lugar en el que se alojaba para no tener que seguir escuchando esos pavorosos susurros. A esa hora no había nadie en la casa, ni siquiera la anciana y pudo disfrutar del sosiego que necesitaba.
     Al día siguiente, sin embargo, los susurros volvieron y su desesperación aumentó. Sabía que estaba enfermo, no podía caberle duda alguna pero eso no le libraba de sucumbir al influjo angustioso de los susurros que, con sus astutos juegos de palabras y sus crueles alusiones, le atormentaban y llenaban de horror. La compañía de la gente le acabó resultando agobiante; necesitaba un tiempo de tranquilidad para reponerse de aquel desorden mental y acabó dándose largas caminatas durante la noche pues ver las calles libres de gente acallaba relativamente su angustia. Pero, de pronto, viéndose urgido a huir de la gente de esta manera, comenzó a dudar de que su naturaleza fuera idónea para merecer el afecto de los otros y le atrapó la horrible sospecha de que había perdido su condición humana.
     Seguía enamorado de Marisa pero su corazón estaba sometido a la deformación de su enfermedad y apenas se daba cuenta de su amor y de la desesperación en que le tenía su incapacidad para acercarse a ella. Seguía yendo a las clases pero la mayor parte del tiempo lo pasaba sufriendo el martirio de los susurros. Un día, al mes de enfermar, Marisa se colocó en el pupitre de delante. Él apenas se alegró, ya no sabía siquiera si estaba enamorado, ya ni siquiera la miraba a los ojos desde la distancia para admirarla y hacerla ver sus sentimientos pues había perdido toda esperanza de ganar su afecto. Temió que los susurros le hicieran una jugarreta todavía más horrible con ella allí al lado. Y, de pronto, pareció como si sus temores se fueran a cumplir, porque escuchó el primer susurro, sonaba agradable, esa era la peor señal porque indicaba que las humillaciones que vendrían a continuación serían mucho más crueles. El susurro era simplemente:
     -Te quiero...
     David tenía los ojos sobre la mesa, como siempre, absolutamente asustado pero, venciendo su pavor, levantó la mirada y vio a Marisa vuelta hacia él y mirándole con ojos tristes. Entonces volvió a oír el mismo susurro saliendo de los labios de la chica:
     -Te quiero... -y Marisa continuó:- No nos conocemos de nada pero en la cara mostramos todo lo que somos. Eres un chico maravilloso. Sé que te gusto mucho; no puedes vivir así, tienes que mostrar tus sentimientos o te volverás loco...
     David, de súbito, sintió cómo su alma recuperaba la luz de la armonía y, contemplando, a través de la dulce mirada de la muchacha, su espíritu bondadoso y bello, dio en imaginar que aquellos ojos eran las puertas del paraíso y que su vida alcanzaba al fin el camino de la felicidad.

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