2 de julio de 2013

Obcecado

"No quebrará la caña cascada, 
ni apagará la mecha moribunda."
Isaías, 42, 3

     Juan era desafortunado en amores. Tan consciente era él mismo de su falta de atractivo para las mujeres que se lanzaba a conquistar chicas de aspecto muy corriente, aun sin que fueran del todo su tipo, porque no confiaba tener la suerte de ganar el corazón de una mujer que, de verdad, fuera completamente hermosa. Pero aún así jamás llegaba demasiado lejos con ninguna relación y él lo achacaba, con amargura, a que repugnaba al delicado sexo femenino.
     Su auténtica vocación era la pintura pero dejó la academia de arte por instigación de su autoritario padre, que deseaba emplearlo en su negocio. Cuando su padre se jubiló, el negocio pasó a su hermano, quien para ahorrar en gastos, empleó a su esposa y despidió a Juan. Pero él seguía pintando cuadros en sus ratos de ocio; pintaba retorcidas y grises figuras que expresaban su desesperación y su desengaño del mundo. 
     Al cabo de unos años en una gestoría, perdió también este trabajo y, tras buscar uno nuevo durante meses, fue al fin contratado por unos grandes almacenes. No llevaba allí mucho tiempo cuando entró a trabajar una muchacha, a la que, cuando Juan pudo ver, no solo la encontró hermosa sino la más bella de cuantas había conocido en su vida, incluyendo cuantas actrices había visto en el cine. Lógicamente, siguiendo con su habitual modo de juzgarse a sí mismo, consideró que no era razonable albergar esperanzas de conseguir el amor de tan esplendorosa belleza pero el deseo le hirió irremediablemente y se entregó, en las semanas subsiguientes, a rumiar la desazón de su pasión, espoleada además por su sempiterno rechazo a aceptar ese destino de fracaso sentimental que él mismo se había atribuido. 
     Por todo esto, un día, hablando con la chica acerca de un detalle sobre la caja que atendía, le dijo con un amargo desprecio por sí mismo:
     -Caray, eres tan guapa que jamás tendrías que fijarte en un hombre como yo...
     Ella, contrariando esas palabras, le respondió:
     -No soy solo una cara bonita y valoro mucho la bondad de las personas; y me da la impresión de que tú la tienes.
     Juan se alejó, al instante, amargado porque estaba aún pensando en la frase que le había dicho a ella y no había entrado del todo en el campo de su atención la respuesta de la chica. Cuando, al fin, consiguió ocuparse de lo que ella había contestado, sospechó que había en ello una invitación a intentar conocerse más y una insinuación de que, como hombre, le era agradable. Pero no se acababa de convencer de que eso fuera así en realidad, podría haber querido decir que daba, en efecto, prioridad a la bondad pero eso no significaba necesariamente que hubiera dicho que le parecía lo suficientemente atractivo para salir con él. De modo que decidió que ella le aclarara más lo que había querido decir. Y después de mucho pensar en la manera como la abordaría para preguntárselo, el siguiente día le dijo, al salir del trabajo, dándole, como excusa para hablar con ella, una chocolatina:
     -Elisa, y un hombre bueno ¿tiene que tener otras características para gustarte?
     -Sí -respondió ella-. Tiene que ser humilde, tierno, sensible y ser atento y amable -y apresurando el paso añadió:- ¡Perdona, tengo que irme volando! Me espera mi madre para ir a casa de mis abuelos. Gracias por la chocolatina...
     Juan consideró, después de escuchar aquellas palabras, que había razones ciertas para albergar alguna pequeña esperanza de lograr llegar a algo con Elisa, aquella bellísima compañera de trabajo de la que estaba empezando a enamorarse pero a su entender había mucha ambigüedad en la respuesta. Él era todas las cosas que ella había dicho e incluso intuía que ella lo sabía perfectamente pero, ¿no sería, en realidad, una mentira piadosa? Estaba seguro de que ella deseaba un cuerpo hercúleo y un rostro atractivo e imponente, era lo más habitual... él, al menos, se fijaba en eso al ver a una mujer aunque él se veía en la necesidad de renunciar a los físicos atrayentes precisamente porque no era un hombre guapo. Y, aunque no fuera una mentira piadosa, aunque tuviera posibilidades, ¿quién le decía que, si lo intentaba con ella, obtendría el éxito deseado? No se sentía capaz de dar un paso adelante si no se cercioraba de que realmente podía llegar a conquistar a aquella mujer. No quería verse decepcionado y volver a sufrir.
     Sin embargo, su corazón no se detenía, lejos de ello, cada vez estaba más prendado de Elisa, cada vez anhelaba más entrar en el alma de aquella mujer, cada vez se dejaba llevar más por la admiración de su belleza y su dulzura y la embriaguez de la pasión hacía que desbordara de añoranza por ella.
     Por eso, en un desesperado intento de resolver todas sus dudas, la invitó dos días después a dar un paseo a la salida del trabajo. Ella aceptó diciendo sin más:
     -Sí, ¿por qué no?
     De modo que, tras recorrer las calles de la ciudad hablando de sus vidas y de las expectativas que tenían sobre su futuro, mostrándose el uno al otro una simpatía desbordante, Juan sin preocuparse de disimular sus intenciones lo más mínimo ante ella, le soltó:
     -Elisa, quiero preguntarte algo que espero que me lo respondas con sinceridad. ¿Crees que tendría posibilidades de que te enamoraras de mí durante una relación de amigos? 
     Elisa se quedó en silencio unos segundos y respondió: 
     -No puedo hacer que concibas ninguna esperanza conmigo, Juan. Solo te puedo dar mi amistad.
     Juan no dudó un instante de que Elisa hablaba en serio: jamás se enamoraría de él, era lo que estaba sospechando todo el tiempo. Pero, paradójicamente, volvió a casa con el corazón henchido de felicidad. Ahora que ella le había confesado con inequívoca claridad que, sin rechazar una relación de amistad, jamás habría algo más, sin saber a ciencia cierta por qué, era cuando sus esperanzas entraron en la autopista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario