5 de julio de 2013

La carga

A Paloma González

     Antonio había dejado de tener fe a los veintitrés años. Desde entonces, practicaba la lujuria pero sin llegar al desenfreno porque no estaba en su naturaleza; la gula le tentaba unas veces sí y otras no; la envidia le daba dolor de cabeza y procuraba mantenerla lejos de su ánimo; la pereza era su muy respetada compañera excepto, lógicamente, cuando le era infiel con las cosas que verdaderamente le gustaba hacer en la vida; la soberbia la acabó abandonando cuando dejó de escuchar a sus enemigos y logró desprenderse del odio a sí mismo; la ira le enfurecía tanto que la obligó a marcharse y le dio un portazo; pero la codicia y la avaricia realmente lo perturbaban porque sentía que no había nada tan arraigado en su esencia como el amor a las cosas. Realmente, se decía, habría sido capaz de matar por un mechón de pelo de John Lenon o por una casa en Las Bahamas. Cuando una cosa lo encaprichaba, la perspectiva con la que observaba al resto del mundo, incluyendo a sus semejantes, estaba subordinada al exclusivo logro de su deseo.
     Una vez se obstinó en conseguir la colección de extraterrestres de plástico de Star Trek. Eran tantos y le costaba tanto reunirlos que no dormía en la noche de la inquietud que le producía la posibilidad de que su colección, al final, quedara incompleta. No era probable que dejaran de vender los muñecos pero sí que cambiara el formato y tuviera que empezar otra vez desde el principio con lo que las piezas que ahora eran su orgullo perderían todo su valor por no estar integradas en un todo completo. Hizo largos viajes e interminables colas solo para obtener un único eslabón de su larga y codiciada serie friki.
     Pero acabó llegando el día en que su vida le puso ante la encrucijada más esencial con la que se había encontrado jamás. Había pasado la noche entera frente a un establecimiento friki para entrar de los primeros y conseguir un denobulano. Estaba el cuarto de la fila y estaba convencido de que, con sueño, pero volvería a casa con su hermoso extraterrestre lleno de crestas en la cara. A las ocho, se escuchó el chirriar de la persiana metálica y sus sentidos se concentraron en la entrada por la que estaba decidido a introducirse en unos segundos con la velocidad de un rayo. Pero, en ese mismo momento, uno de los jóvenes que había en la cola cayó al suelo y comenzó a convulsionar. La persiana acabó de levantarse y desde dentro abrieron la puerta del establecimiento. Los tres que le precedían entraron rápidamente y sin vacilación alguna. Antonio sabía que, si se agachaba a ponerle al joven el cardasiano que llevaba en el bolsillo para un posible intercambio entre sus mandíbulas, perdería una noche de sueño, se quedaría sin el codiciado denobulano e incluso se haría picadillo su cardasiano. Centésimas de segundo tardó su deliberación pero finalmente sacó rápido de su bolsillo el extraterrestre de plástico y se lo puso en la boca al joven que convulsionaba para que no se mordiera la lengua.
     Tan drástica y rápida decisión se produjo en medio del destello de una revelación: sintió que su vida se simplificaba y su carga anímica se hacia más liviana y llevadera si, de una vez, cambiaba su obcecado interés por las cosas por un noble respeto al ser humano, si renunciaba a su denobulano y a todo el resto de los tediosos monigotes de Star Trek para llenar su vacío no con una cobarde idolatría que sumergía su espíritu en las tinieblas de la inhumanidad sino con el auténtico ejercicio de su naturaleza humana, que le exigía el cuidado de sus semejantes con una voz tan potente y radical que escucharla y obedecerla era siempre el equipaje menos pesado para el camino y la única vía de alcanzar la auténtica felicidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario