4 de julio de 2013

El descubrimiento de Klaus Wulff

A Luis Martínez Trasviña

     Klaus Wulff era un científico obsesionado con la idea de Dios. Se preguntaba constantemente de dónde habrían sacado los seres humanos esa idea tan alejada de las cosas del mundo. Todo en el mundo es imperfecto. Las ráfagas de viento no soplan con uniformidad, la tierra sobre nuestros pies no es lisa, la luna no es redonda por completo, el mar no tiene orillas rectas... Nada es perfecto en el mundo, entonces, se preguntaba él, ¿de dónde ha sacado el ser humano la idea de Dios, el ser absolutamente perfecto que jamás defrauda, y para el que lo único imposible es alcanzar mayor grandeza?
     Wulff contrajo una enfermedad y vio próxima su muerte. Se dio cuenta de que su vida era lo más valioso que tenía y que ni un mar con las orillas rectas ni un suelo liso decían nada a su corazón en ese momento. Estaba a punto de morir y su alma sentía una soledad tan grande que no había nada en el mundo que añorara más que sentir cerca la presencia de un ser humano, no le importaba si era feo, poco inteligente, arrogante, malvado o bajo de estatura, le bastaba que fuera un ser humano porque, en la situación en la que se encontraba, no sabía de nada en el mundo que tuviera el valor para su alma de un semejante.
     Una muchacha le atendía en el hospital; su belleza era muy grande y Wulff se enamoró de ella. No tenía esperanza alguna de salir con vida de su enfermedad pero su felicidad, al ver llegar cada mañana a aquella chica, daba a su corazón un remanso de eternidad. Sintió la firme convicción de que esa muchacha, al igual que Dios, era incapaz de alcanzar mayor perfección a sus ojos porque incluso lo que, antes de amarla, había considerado defectos aparecían ahora ante él como partes esenciales del ser total que cautivaba su alma y no podían ser mancilladas con la actitud indolente de un rechazo escéptico. Para él, en aquel momento, no podía haber cosa alguna, ni real ni imaginada, que pudiera sustituir en su corazón a aquella mujer como el objeto máximo de su veneración, ni siquiera se imaginaba dedicando a un dios con cualidades excelsas una adoración mayor que la que le dedicaba a ella en lo más profundo de su ser.
     Klaus pensó que, aunque tarde, al fin había obtenido la respuesta a sus interrogantes filosóficos: la idea de Dios era remedo de los seres humanos, criaturas que, en su individualidad, son depósito de la perfección absoluta y cuyo su carácter caduco incrementa su divinidad pues les hace gestores de un universo que se marcha con ellos pero donde no existen las limitaciones.
     Un día, cogiendo, con lágrimas en la cara, las manos de la muchacha, le confesó lo que sentía por ella y le pidió que, sin importar si tenía o no novio, le permitiera tratarla como su amada porque se iba a marchar de este mundo y no tenía a nadie. Ella aceptó la proposición y muchas veces, incluso fuera de horario, venía a verle y a charlar con él.
     Al cabo de unas semanas, el diagnóstico que se le había hecho resultó equivocado. Su enfermedad era otra en realidad que podía curarse. A los dos meses, salió del hospital casi totalmente restablecido pero su alma llevaba sobre sí el sombrío peso de la tristeza. La muchacha de la que se había enamorado, fiel al compromiso contraído con él, cuando superó su enfermedad, se despidió y dejó incluso de asistirle en su habitación. Era una mujer de una coherencia insobornable pues aspiraba a la perfección moral cultivando una voluntad férrea dirigida por la razón más impoluta.
     Pero Klaus tenía el número de su móvil y la llamó. Ella contestó a la llamada y Klaus le dijo:
     -Anke, ya no voy a morir, al menos de momento, pero estoy enamorado de ti. Me gustaría seguir fingiendo que somos amantes. Quisiera compartirte con tu novio. Lo podemos hacer sin problema alguno. Somos libres, el mundo nos ofrece todas las posibilidades en el reducido espacio de nuestras vidas. Somos dioses y podemos alcanzar la felicidad tan solo olvidándonos de lo que nos dictan las normas y los preceptos.
     Anke, que sintió una oleada de felicidad al oír estas palabras, respondió, irónica:
     -Klaus, no me importa hacer lo que me propones pero va a ser un poco difícil satisfacer tu fantasía hasta que encuentre verdaderamente un novio.

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