21 de julio de 2013

Acosador

     Felipe era un adolescente introvertido poco amigo de complicidades con los chicos de su edad y sin interés aparente por las chicas. Por ello, los compañeros del instituto lo consideraban extraño y muchas veces era objeto de bromas casi irrespetuosas. Pero había una chica en otra clase que fue entrando en su corazón de manera inexorable. La belleza de su rostro y la gracia de su figura eran la ventana por donde asomaba un espíritu que a Felipe le parecía lleno de delicadeza femenina y dotado de una bondad sencilla y natural, rasgos todos estos que le fascinaban cuando, de lejos, la observaba soñando con poder algún día ser objeto de su atención.
     Pero, pese a su timidez, no esperó a que la suerte se la atrajera y un día, sin más preámbulo se plantó delante de ella y le preguntó si quería ser su novia. Ella respondió con extrañeza que no podía concederle lo que le pedía porque no lo conocía. Él interpretó esto como el principio del fin de su vida. Todo estaba perdido, pensó, no había podido convencerla de que fuera su novia, ¿qué le quedaba ya en la carrera de los años sino contemplar la llegada de su muerte pues el ángel que el destino le había concedido para compartir su vida con él se negaba a ser su novia...?
     Pero Felipe no sabía rendirse y, sin cambiar mucho la fórmula con que lo hacía, volvió a pedir tres o cuatro veces más a la chica que fuera su novia. Esto la puso en alerta y acabó diciéndole:
     -No te acerques más a mí o te denunciaré por acoso...
     Felipe se asustó mucho y, esta vez sí, creyó que era el fin de las esperanzas de felicidad de su vida. Pero llegado a su casa aquel día se puso a meditar en qué diferencia podía haber entre un acosador sexual y él. Su conclusión fue que un acosador no podía amar una belleza que deseaba forzar pues, al forzarla, la estaba destruyendo y desfigurando; en cambio él amaba cuanta belleza, física o psíquica, conformaba la realidad de aquella muchacha y jamás habría deseado hacer otra cosa con esa belleza que expresársela a ella, como si actuara de espejo, para demostrarle su veneración. Jamás un acosador, pensó, haría a una mujer sentirse orgullosa de ser lo que era, más allá de una escueta y soez referencia a sus atributos sexuales. Llegada a esta conclusión, meditó lo que haría para hacerle ver a ella esta diferencia y, cuando su mente se le iluminó con una idea, se propuso ponerla en práctica a la hora del descanso de la mañana.
     A esa hora, cuando los alumnos de la clase de la chica estaban saliendo en masa del aula para ir al patio, Felipe se plantó delante de ella y ante su gesto de indignación, le dijo:
     -No te voy a molestar más que un momento, ven conmigo...
     Entonces, tras llevarla de la mano hasta los ventanales de la clase, abrió una hoja hasta el tope de forma que quedara tocando el muro para que el cristal actuara más claramente como un espejo. Le dijo a la chica que se pusiera delante de la hoja y le dijera qué veía.
     Ella se rió un poquito y dijo:
     -Pues yo... a mí.
     Y Felipe dijo entonces:
     -No, estás viendo mi corazón...

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