26 de julio de 2013

Susurros

A PerePussa Moix Vilaseca

     David era muy tímido y especialmente cohibido en materia de mujeres; si eran amigas, no tenía demasiadas dificultades en hablar con ellas e incluso hacerlas reír pero cuando había un interés romántico por medio, se volvía tan profundamente tímido que no llegaba siquiera a dar a conocer sus sentimientos a la chica. Llegó a la universidad sin conocer el amor de una mujer pero con la confiada esperanza de que lo conseguiría en los años de carrera.
     Su universidad distaba treinta kilómetros de la casa paterna por lo que hubo de alquilar una habitación en la casa de una anciana que aprovechaba el dinero y la compañía de los estudiantes para mejorar su calidad de vida. Así, David hubo de relacionarse en la intimidad de su hogar por primera vez con absolutos desconocidos. En principio, creyó que no habría muchos problemas pero los otros estudiantes del piso adolecían de cierta altivez en su trato y se guiaban por unos intereses muy restringidos y limitados, lo que chocaba con la personalidad de David, que anhelaba de la vida los dones de la imaginación, el conocimiento y el afecto humano. Por todo esto, apenas salía de su habitación cuando estaba en casa salvo para cenar, procurando hacerlo cuando no hubiera nadie en la cocina.
     Su vida habitual se había vuelto, de repente, muy solitaria. No conocía a nadie en la universidad, salvo a un amigo del instituto con el que, ciertamente, congeniaba mucho, llamado Andrés. Este, preocupado siempre por los problemas de timidez de David, procuraba animarlo a superarlos pero David no daba pasos muy grandes en esa dirección. David siempre buscaba la compañía de Andrés para no sentirse solo pero este estaba intentando conquistar a una muchacha por la que sentía cierto interés y acabó mostrándole su irritación por lo que consideraba una obsesión de su amigo por imponerle su proximidad a todas horas.
     De este modo, David acabó experimentando una agobiante sensación de aislamiento y un día, para acabar de agravarla, comenzó a dejarse atrapar por el influjo seductor que la imagen de una de las compañeras de clase ejercía sobre él. Era morena, de ojos claros, alta y muy callada y discreta. Sabía que se llamaba Marisa y soñaba con mezclar su alma con la de ella y ver aparecer un vínculo etéreo pero indestructible entre ambos, emanado de lo más libre que brotaba de sus adentros. Como era de esperar, no encontró el valor ni la habilidad para abordar este propósito y llegó un momento en que sintió que todas las puertas de la vida estaban cerradas y su mente se quebró.
     Un día, mediado el curso, sintió durante la clase que su pensamiento captaba las ideas de los vecinos de mesa de un modo extraño, sin que ellos se esforzaran en hacerse oír, tan solo le llegaban sus susurros y, sin embargo, estaba convencido de que deseaban ser escuchados por él. Tan insólita sensación le produjo pavor, como si algo sobrenatural estuviera ocurriendo. Los susurros, con una concisión llena de alusiones y juegos verbales, parecían hacer referencia a su propio pensamiento, como si de pronto se hubiera vuelto transparente para todo el mundo.
     Cuando salió de clase, avanzando por las calles, continuó experimentando esa horrible sensación; ahora era como si los transeúntes quisieran escarnecerlo con ofensas personales, siempre como si conocieran el contenido de su pensamiento, incluso, a veces, los susurros parecían adelantarse a lo que iba a pensar unos segundos más tarde. Sintió tal desesperación que no fue al comedor universitario y comió de los alimentos que había en el lugar en el que se alojaba para no tener que seguir escuchando esos pavorosos susurros. A esa hora no había nadie en la casa, ni siquiera la anciana y pudo disfrutar del sosiego que necesitaba.
     Al día siguiente, sin embargo, los susurros volvieron y su desesperación aumentó. Sabía que estaba enfermo, no podía caberle duda alguna pero eso no le libraba de sucumbir al influjo angustioso de los susurros que, con sus astutos juegos de palabras y sus crueles alusiones, le atormentaban y llenaban de horror. La compañía de la gente le acabó resultando agobiante; necesitaba un tiempo de tranquilidad para reponerse de aquel desorden mental y acabó dándose largas caminatas durante la noche pues ver las calles libres de gente acallaba relativamente su angustia. Pero, de pronto, viéndose urgido a huir de la gente de esta manera, comenzó a dudar de que su naturaleza fuera idónea para merecer el afecto de los otros y le atrapó la horrible sospecha de que había perdido su condición humana.
     Seguía enamorado de Marisa pero su corazón estaba sometido a la deformación de su enfermedad y apenas se daba cuenta de su amor y de la desesperación en que le tenía su incapacidad para acercarse a ella. Seguía yendo a las clases pero la mayor parte del tiempo lo pasaba sufriendo el martirio de los susurros. Un día, al mes de enfermar, Marisa se colocó en el pupitre de delante. Él apenas se alegró, ya no sabía siquiera si estaba enamorado, ya ni siquiera la miraba a los ojos desde la distancia para admirarla y hacerla ver sus sentimientos pues había perdido toda esperanza de ganar su afecto. Temió que los susurros le hicieran una jugarreta todavía más horrible con ella allí al lado. Y, de pronto, pareció como si sus temores se fueran a cumplir, porque escuchó el primer susurro, sonaba agradable, esa era la peor señal porque indicaba que las humillaciones que vendrían a continuación serían mucho más crueles. El susurro era simplemente:
     -Te quiero...
     David tenía los ojos sobre la mesa, como siempre, absolutamente asustado pero, venciendo su pavor, levantó la mirada y vio a Marisa vuelta hacia él y mirándole con ojos tristes. Entonces volvió a oír el mismo susurro saliendo de los labios de la chica:
     -Te quiero... -y Marisa continuó:- No nos conocemos de nada pero en la cara mostramos todo lo que somos. Eres un chico maravilloso. Sé que te gusto mucho; no puedes vivir así, tienes que mostrar tus sentimientos o te volverás loco...
     David, de súbito, sintió cómo su alma recuperaba la luz de la armonía y, contemplando, a través de la dulce mirada de la muchacha, su espíritu bondadoso y bello, dio en imaginar que aquellos ojos eran las puertas del paraíso y que su vida alcanzaba al fin el camino de la felicidad.

22 de julio de 2013

El sádico

     En la oficina, hubo unos minutos de distensión y Jorge, hablando de la película de la noche anterior, protagonizada por un asesino sádico, ilustró a los otros con sus conocimientos sobre el sadismo:
     -Para un sádico -decía-, el deseo más hondo es humillar al ser que le fascina. El sádico está oculto entre gente anónima hasta que se decide a actuar, libre de toda inhibición, y se convierte en protagonista del telediario. En esta oficina, podría haber uno de ellos, nunca lo podríamos saber.
     -Yo te aseguro que no soy sádico -dijo Alberto.
     -Eso podría probar más bien lo contrario -respondió Jorge-. Un auténtico sádico jamás reconocería que lo es, hasta la última fibra de su ser se negaría a admitirlo.
     Cuando el jefe oyó esto, con cara de tomar la comunión dijo:
     -Yo sí soy un sádico.

21 de julio de 2013

Acosador

     Felipe era un adolescente introvertido poco amigo de complicidades con los chicos de su edad y sin interés aparente por las chicas. Por ello, los compañeros del instituto lo consideraban extraño y muchas veces era objeto de bromas casi irrespetuosas. Pero había una chica en otra clase que fue entrando en su corazón de manera inexorable. La belleza de su rostro y la gracia de su figura eran la ventana por donde asomaba un espíritu que a Felipe le parecía lleno de delicadeza femenina y dotado de una bondad sencilla y natural, rasgos todos estos que le fascinaban cuando, de lejos, la observaba soñando con poder algún día ser objeto de su atención.
     Pero, pese a su timidez, no esperó a que la suerte se la atrajera y un día, sin más preámbulo se plantó delante de ella y le preguntó si quería ser su novia. Ella respondió con extrañeza que no podía concederle lo que le pedía porque no lo conocía. Él interpretó esto como el principio del fin de su vida. Todo estaba perdido, pensó, no había podido convencerla de que fuera su novia, ¿qué le quedaba ya en la carrera de los años sino contemplar la llegada de su muerte pues el ángel que el destino le había concedido para compartir su vida con él se negaba a ser su novia...?
     Pero Felipe no sabía rendirse y, sin cambiar mucho la fórmula con que lo hacía, volvió a pedir tres o cuatro veces más a la chica que fuera su novia. Esto la puso en alerta y acabó diciéndole:
     -No te acerques más a mí o te denunciaré por acoso...
     Felipe se asustó mucho y, esta vez sí, creyó que era el fin de las esperanzas de felicidad de su vida. Pero llegado a su casa aquel día se puso a meditar en qué diferencia podía haber entre un acosador sexual y él. Su conclusión fue que un acosador no podía amar una belleza que deseaba forzar pues, al forzarla, la estaba destruyendo y desfigurando; en cambio él amaba cuanta belleza, física o psíquica, conformaba la realidad de aquella muchacha y jamás habría deseado hacer otra cosa con esa belleza que expresársela a ella, como si actuara de espejo, para demostrarle su veneración. Jamás un acosador, pensó, haría a una mujer sentirse orgullosa de ser lo que era, más allá de una escueta y soez referencia a sus atributos sexuales. Llegada a esta conclusión, meditó lo que haría para hacerle ver a ella esta diferencia y, cuando su mente se le iluminó con una idea, se propuso ponerla en práctica a la hora del descanso de la mañana.
     A esa hora, cuando los alumnos de la clase de la chica estaban saliendo en masa del aula para ir al patio, Felipe se plantó delante de ella y ante su gesto de indignación, le dijo:
     -No te voy a molestar más que un momento, ven conmigo...
     Entonces, tras llevarla de la mano hasta los ventanales de la clase, abrió una hoja hasta el tope de forma que quedara tocando el muro para que el cristal actuara más claramente como un espejo. Le dijo a la chica que se pusiera delante de la hoja y le dijera qué veía.
     Ella se rió un poquito y dijo:
     -Pues yo... a mí.
     Y Felipe dijo entonces:
     -No, estás viendo mi corazón...

19 de julio de 2013

Un final en medio del amor

     Andrés sentía por Gloria el amor más puro e intenso. Solo saber que ella era real pese a su belleza y bondad ilimitadas le transmitía la felicidad más profunda y la fe más alta en la vida. Pero Andrés contrajo cáncer y, según dictado de los médicos, era incurable y no existía tratamiento para él. Su duelo al comprender que se acababa su vida en plena juventud le sumió en una honda tristeza e inquietud pero su amor sobresalía sobre estos sentimientos porque, por encima de su deseo de sobrevivir estaba su júbilo de amar, de sentirse uno espiritualmente con el ser más bello que conocía, de darse a otro ser por entero pese a ser libre de no hacerlo. Amar de aquella manera a Gloria le otorgaba dignidad como hombre en un tiempo en que todo se reducía a intercambiar cosas bajo el puro signo del interés. Tanto la amó aquel último año de su vida y tanto afecto le devolvió ella que se sintió como si hubiera vivido con ella una vida entera y murió sin experimentar apenas el más leve dolor.

16 de julio de 2013

Un hombre poderoso

     Gonzalo quería a Fátima, eso era una evidencia, era un sentimiento tan natural que no le daba ni siquiera importancia. No se lo decía nunca a ella. Al contrario, solo le hablaba de los planes que tenía de futuro. Hablar de amor le producía pudor, sentía que era cosa de chicas. Prefería darle vueltas en su pensamiento a la empresa que añoraba fundar cuando tuviera algo más de dinero que a un sentimiento que le incomodaba porque no sabía cómo expresarlo ni lo que era. Pero tan literalmente hizo del amor algo irrelevante que, cuando su tío de Florida le ofreció un empleo de importancia en la empresa que tenía en aquel estado, pidió a Fátima que no le olvidara mientras él hacía el suficiente dinero en EE.UU. Con él fundaría un negocio a su vuelta a España y, cuando fuera verdaderamente rico, contraerían matrimonio y tendrían hijos que estudiarían en los mejores centros de enseñanza de Europa o América.
     Fátima sentía que Gonzalo no la quería lo suficiente y, por ello, su afecto por él también flaqueaba, de modo que mostró su disconformidad con los deseos de Gonzalo y le puso en la disyuntiva de elegir entre el trabajo en Florida y ella pues no creía en la constancia del amor de Gonzalo una vez que lo separaran de ella miles de kilómetros y muchos meses o años de ausencia.
     Gonzalo no esperaba este contratiempo y, cuando vio, tras muchas discusiones y ruegos, que era imposible hacerla cambiar de opinión, un pundonoroso despecho unido a la despreocupada ligereza propia de la juventud le hizo renunciar al amor del ser por el que más afecto sentía en el mundo, la única mujer que podría haberle dado la felicidad.
     Su vida en adelante fue el de un acelerado ascenso en su nivel económico. Como si, definitivamente, ya no le importara otra cosa que los planes de futuro, respiraba solo para llegar más lejos cada vez. Fundó su añorada empresa y la hizo crecer con su talento práctico. Fue extendiendo su radio de acción por toda la provincia y luego por toda la comunidad y finalmente se transformó en una empresa de ámbito nacional.
     Su corazón ya estaba muerto; su esposa, con la que se había casado en su etapa de América, apenas le transmitía una emoción más honda que la de los electrodomésticos de casa. Por eso, no vivía para otra cosa que su trabajo, su excitante carrera hacia los astros del poder económico.
     Su esposa, sin haberle dado hijos, le pidió el divorcio al mismo tiempo que su empresa se convertía en una marca internacional. Con un orgullo cada vez más exacerbado porque sus logros empresariales entraban en conflicto con un corazón, en realidad, humillado, que detestaba a aquellos otros capaces de sentir, se empeñó en litigar duramente contra su ex; y mientras esto ocurría, el odio colmaba sus venas frente a la imagen no solo de una esposa que era ya toda una extraña sino de toda esa gente de la calle que tenía suerte de estar libre de la corrupción en la que su espíritu se desintegraba, inocentes corderillos que no tenían en sus manos la dura y sucia encomienda de mantener en pie la economía.
     Las mujeres empezaron a parecerle auténticos juguetes de su sarcástica frialdad y acabó utilizando prostitutas de alto nivel para practicar un galanteo burdamente cínico porque, sus afectos, envueltos en la corteza del escepticismo y el desprecio a los sentimientos, dormían una muerte grotesca, hundidos en la profundidad de su pecho.
     Su talento le llevaba cada vez más lejos y era lo único en lo que creía hallar un poco de felicidad: la promesa del mañana, el un poco más que hoy, la dorada meta que siempre se estaba moviendo de sitio, como el horizonte cuando se avanza hacia él a través de un estéril desierto. Era su modo de vivir la esperanza, su único instrumento para dotar de sentido a su vida pues sus sentimientos, el auténtico vínculo con el palpitar de la existencia, estaban agostados.
     Gonzalo acabó por situarse al umbral del grupo de privilegio que decide el rumbo del mundo con despotismo, estupidez e imprudencia manifiestos. Asistía a recepciones de embajadas y a cenas donde comenzaba a pedírsele adhesión a causas grotescas por las que nunca había sentido interés pero que, de pronto, se veía apoyando con beligerancia por el juego de intereses en que estaba envuelta su actividad económica.
     Pero un día, de regreso de un viaje a Londres del que había vuelto con la sensación viva de que se estaba tramando, en secreto, un golpe de estado en un país tercermundista con un previsible y espantoso baño de sangre y dolor, el destino, que nos gobierna desde el corazón y busca nuestra felicidad más allá de la obcecación de nuestra mente, permitió a Gonzalo encontrarse con Fátima en el aeropuerto. Su antigua amada manifestaba el peso de los años pero a Gonzalo le estremeció la sensación de reencontrarse con algo mucho tiempo dormido en su interior. Ella no lo vio o no lo conoció y pasó de largo. Pero en el interior de Gonzalo comenzaron a rebullir las tristezas de la nostalgia y el dolor por toda esa luz que se había perdido para su vida. Recordó entonces el amor que sentía por aquella chica, aquel amor tan natural que no hacía falta ni expresarlo con palabras y, a su manera, lloró, sin lágrimas, sin sollozos, pero su corazón hizo un desesperado duelo.
     Pidió que se investigara el paradero de Fátima; quería hablar con ella, decirle que aún la quería, que era la única mujer a la que había amado en su vida. Encontraron su dirección. Le dijeron que se alojaba en un hotel y su chófer le condujo hasta allí. Al encontrarla de nuevo, su estómago volvió a sentir el escalofrío y el encogimiento del temor y el deseo. Ella, de súbito, no lo reconoció pero nada más oírle hablar, asombrada, le cogió las manos. Era una mujer casada pero lo que tuvo con Gonzalo había sido tan puro, a fin de cuentas, que al reencontrarse con él resurgió en su corazón sin remordimiento alguno el afecto que había sentido por él hacía tantísimos años.
     Cuando Gonzalo explicó su vida, Fátima le dijo que era esposa de un importante miembro del gobierno de cierto país del Tercer Mundo. Gonzalo, al oír el nombre del país, sintió una alegría inmensa en su interior, que estaba reviviendo, retornando al mundo, no por otra cosa que porque el destino ponía en su mano la posibilidad de hacer el bien a la única mujer que había habitado alguna vez su corazón y que volvía a entrar en él para insuflarle nueva vida y salvar el alma de Gonzalo. Rápidamente, le dijo que la seguía queriendo con todo su corazón pero que deseaba ante todo su felicidad, que lo tuviera en cuenta cuando le dijera lo que iba a decirle a continuación...
     Gonzalo observó satisfecho por televisión la noticia donde hablaban de la detención de dos americanos y de varios políticos de la oposición en un país africano. De ese modo, se abortaba un golpe de estado de signo dictatorial que habría llevado a esa nación a una guerra. Lo estaba celebrando con una botella de cava al mismo tiempo que chateaba con Fátima por internet, que le hablaba desde aquel país.
     -Fátima, tú eres el ángel que ha salvado mi alma -decía en un mensaje a su antigua novia-. Te sigo queriendo, Fátima, solo tú despiertas mi corazón, es fabuloso. El amor que siento por ti es mi guía para conducirme por el mundo. Aunque no te tenga, aunque estés lejos de mi, has logrado que recuerde quién soy.
     -Me alegro mucho, Gonzalo -respondió Fátima-. Considérame tu amiga para toda la vida.
     -Fátima, voy a utilizar mi potencial económico no para seguir creciendo sino para erradicar la pobreza en el mundo -escribió Gonzalo-. Es imposible amarte como te amo y actuar con crueldad con los otros seres humanos...
     -¡Gonzalo, cómo has cambiado! -dijo Fátima-. Antes nunca hablabas de amor.
     -Era inmaduro y no daba valor a lo que me entregaba la naturaleza porque lo hacía a manos llenas, creí que los dones de la vida eran inagotables -dijo Gonzalo.
     -No son inagotables pero sí nos dejan una gran saciedad cuando somos conscientes de su importancia -dijo Fátima.
     -Fátima -escribió entonces Gonzalo-, ¿no hay posibilidad alguna de que pidas el divorcio? ¿No estás siquiera un poco descontenta con tu marido?
     Pero, mientras Fátima dudaba con la respuesta, Gonzalo comenzó a sentir la misma desazón que sentía cada vez que necesitaba hacer crecer su empresa un poco más y, arrepentido de haber hecho la pregunta, sintió, de pronto, cómo su alma se entregaba a todo el inmenso afecto que aquella mujer le inspiraba y hacía de él una razón suficiente para vivir. Entonces, le escribió:
     -No respondas, mi corazón ya ha contestado.

11 de julio de 2013

Un lector malicioso

     El afamado escritor daba cabezadas en su caseta de la Feria del Libro pero, de pronto, llegó alguien a que le firmara un ejemplar de su maravillosa nueva novela.
     -Este año no creo que gane otra vez el Planeta -dijo con malicia el lector.
     El escritor miró a la cara al lector y dijo:
     -No, este año no he escrito nada tan malo como para eso.

10 de julio de 2013

Eduardo y Elisa

     -Elisa, ¿sería posible que me amaras alguna vez?
     -Eduardo, por favor, de ese tema ya hemos hablado, yo no puedo darte lo que quieres de mí. Si acaso, te permito que mantengamos una relación de amistad.
     -¡Qué crueldad, Elisa...!
     -¡Crueldad! Respeta tú mis sentimientos. Debo ser libre para poder ser feliz. Para ti no es imprescindible que yo te ame. No morirás porque yo no te corresponda.
     -Elisa, me has amargado el día...
     -Templanza, Eduardo... No te hace falta que te amen para ser feliz, te basta con amar... ¿De qué te serviría que yo te dijera: "Te amo, Eduardo"? Lo que tú sientes es lo importante, ¿no te das cuenta, hombre?
     -Me vas a hacer llorar, Elisa...
     -¡Qué mimoso eres! ¿Y si te dijera que sí te amo, te sentirías satisfecho, niño pequeño?
     -Voy a llorar, Elisa, eres muy cruel...
     -Venga, hombre, no llores. Te amo. ¿Oyes? Te amo, Eduardo...
     -Me estás haciendo llorar...
     -Pero si ya tienes lo que querías....
     -Pero, en cuarenta y tres años que llevamos casados, aún no lo habías reconocido, Elisa...

7 de julio de 2013

Seis microrrelatos sobre tópicos absurdos (VI)

El arte se aprende

A Luis Martínez Trasviña

     El padre de Enrique quería que su hijo fuera escritor; por eso, lo obligó a leer todos los clásicos griegos y latinos en el idioma original; le hizo aprenderse de memoria diccionarios enteros de terminología especializada; le mostró minuciosamente todas las técnicas literarias. Cuando no sabía responder una pregunta de un tema ya tratado, lo encerraba en su cuarto y lo dejaba sin cenar. Enrique era muy receptivo y obediente pero no llegó muy lejos en la literatura. Mientras su padre le inculcaba la idea de que había una necesidad en el arte, perdió el único utillaje que podía haberle hecho un artista: su corazón, su instinto y su fe en la libertad.

Seis microrrelatos sobre tópicos absurdos (V)

Las personas tienen defectos

A Eya Jlassi

     A un hombre que tenía de profesión la caricatura le preguntaron cuál consideraba el peor defecto de todos y él respondió:
     -No ser otro...

Seis microrrelatos sobre tópicos absurdos (IV)

El dinero no da la felicidad pero ayuda

A Bea Magaña

     Janos Ouspensky era lo que se dice un hombre completamente rico. Tan rico era que sacaba dinero hasta del aire. Todo en su vida eran comodidades y satisfacciones y, sin embargo, siempre esperaba algo más, siempre estaba insatisfecho. Un día vio un mendigo borracho en la calle y le preguntó si era muy dura su vida. El mendigo le respondió que el alcohol no daba la felicidad pero ayudaba.

Seis microrrelatos sobre tópicos absurdos (III)

Un narcisista está orgulloso de sí mismo

A Txaro Cárdenas

     Un novelista de segunda categoría estaba convencido de que aquel año ganaría el Premio Planeta. Anunció entre todos sus amigos que se había presentado al premio y que tenía probabilidades muy altas de quedar finalista porque había escrito una obra maestra absoluta. Decía que no había dejado un solo detalle en la trama sin resolver a pesar de ser un argumento complejísimo demostrando una memoria prodigiosa como novelista. Pero como era de suponer, su novela no llegó a la final. Sintió entonces tanta vergüenza que dijo a todo el mundo que su novela no había sido seleccionada por la sencilla razón de que se le había olvidado enviar el manuscrito. 

6 de julio de 2013

Seis microrrelatos sobre tópicos absurdos (II)

Para amar tiene que haber correspondencia
A Susana Escarabajal Magaña

     Bruno tenía una novia y jamás le daba ninguna cosa por la que no estuviera seguro de que iba a obtener algo a cambio. Cuando se dio cuenta de lo aburrido de que era eso, pensó que lo divertido era que su novia le diera cosas sin que él le correspondiera con nada. Pero también se aburría muchísimo así. Un día decidió ser él quien le diera cosas a su novia sin pedirle nada y entonces fue cuando Bruno empezó a divertirse de veras con ella. 

Seis microrrelatos sobre tópicos absurdos (I)

El bien es una imposición contra natura
A I.D.S.

     El viejo general aspiró el humo de su pipa y, mientras lo soltaba, comenzó a decir:
     -Al pueblo hay que sujetarlo en corto, de lo contrario, se exterminarían unos a otros.
     El coronel asintió con la cabeza y dijo:
     -Míranos a nosotros si no.

5 de julio de 2013

La carga

A Paloma González

     Antonio había dejado de tener fe a los veintitrés años. Desde entonces, practicaba la lujuria pero sin llegar al desenfreno porque no estaba en su naturaleza; la gula le tentaba unas veces sí y otras no; la envidia le daba dolor de cabeza y procuraba mantenerla lejos de su ánimo; la pereza era su muy respetada compañera excepto, lógicamente, cuando le era infiel con las cosas que verdaderamente le gustaba hacer en la vida; la soberbia la acabó abandonando cuando dejó de escuchar a sus enemigos y logró desprenderse del odio a sí mismo; la ira le enfurecía tanto que la obligó a marcharse y le dio un portazo; pero la codicia y la avaricia realmente lo perturbaban porque sentía que no había nada tan arraigado en su esencia como el amor a las cosas. Realmente, se decía, habría sido capaz de matar por un mechón de pelo de John Lenon o por una casa en Las Bahamas. Cuando una cosa lo encaprichaba, la perspectiva con la que observaba al resto del mundo, incluyendo a sus semejantes, estaba subordinada al exclusivo logro de su deseo.
     Una vez se obstinó en conseguir la colección de extraterrestres de plástico de Star Trek. Eran tantos y le costaba tanto reunirlos que no dormía en la noche de la inquietud que le producía la posibilidad de que su colección, al final, quedara incompleta. No era probable que dejaran de vender los muñecos pero sí que cambiara el formato y tuviera que empezar otra vez desde el principio con lo que las piezas que ahora eran su orgullo perderían todo su valor por no estar integradas en un todo completo. Hizo largos viajes e interminables colas solo para obtener un único eslabón de su larga y codiciada serie friki.
     Pero acabó llegando el día en que su vida le puso ante la encrucijada más esencial con la que se había encontrado jamás. Había pasado la noche entera frente a un establecimiento friki para entrar de los primeros y conseguir un denobulano. Estaba el cuarto de la fila y estaba convencido de que, con sueño, pero volvería a casa con su hermoso extraterrestre lleno de crestas en la cara. A las ocho, se escuchó el chirriar de la persiana metálica y sus sentidos se concentraron en la entrada por la que estaba decidido a introducirse en unos segundos con la velocidad de un rayo. Pero, en ese mismo momento, uno de los jóvenes que había en la cola cayó al suelo y comenzó a convulsionar. La persiana acabó de levantarse y desde dentro abrieron la puerta del establecimiento. Los tres que le precedían entraron rápidamente y sin vacilación alguna. Antonio sabía que, si se agachaba a ponerle al joven el cardasiano que llevaba en el bolsillo para un posible intercambio entre sus mandíbulas, perdería una noche de sueño, se quedaría sin el codiciado denobulano e incluso se haría picadillo su cardasiano. Centésimas de segundo tardó su deliberación pero finalmente sacó rápido de su bolsillo el extraterrestre de plástico y se lo puso en la boca al joven que convulsionaba para que no se mordiera la lengua.
     Tan drástica y rápida decisión se produjo en medio del destello de una revelación: sintió que su vida se simplificaba y su carga anímica se hacia más liviana y llevadera si, de una vez, cambiaba su obcecado interés por las cosas por un noble respeto al ser humano, si renunciaba a su denobulano y a todo el resto de los tediosos monigotes de Star Trek para llenar su vacío no con una cobarde idolatría que sumergía su espíritu en las tinieblas de la inhumanidad sino con el auténtico ejercicio de su naturaleza humana, que le exigía el cuidado de sus semejantes con una voz tan potente y radical que escucharla y obedecerla era siempre el equipaje menos pesado para el camino y la única vía de alcanzar la auténtica felicidad.

4 de julio de 2013

El descubrimiento de Klaus Wulff

A Luis Martínez Trasviña

     Klaus Wulff era un científico obsesionado con la idea de Dios. Se preguntaba constantemente de dónde habrían sacado los seres humanos esa idea tan alejada de las cosas del mundo. Todo en el mundo es imperfecto. Las ráfagas de viento no soplan con uniformidad, la tierra sobre nuestros pies no es lisa, la luna no es redonda por completo, el mar no tiene orillas rectas... Nada es perfecto en el mundo, entonces, se preguntaba él, ¿de dónde ha sacado el ser humano la idea de Dios, el ser absolutamente perfecto que jamás defrauda, y para el que lo único imposible es alcanzar mayor grandeza?
     Wulff contrajo una enfermedad y vio próxima su muerte. Se dio cuenta de que su vida era lo más valioso que tenía y que ni un mar con las orillas rectas ni un suelo liso decían nada a su corazón en ese momento. Estaba a punto de morir y su alma sentía una soledad tan grande que no había nada en el mundo que añorara más que sentir cerca la presencia de un ser humano, no le importaba si era feo, poco inteligente, arrogante, malvado o bajo de estatura, le bastaba que fuera un ser humano porque, en la situación en la que se encontraba, no sabía de nada en el mundo que tuviera el valor para su alma de un semejante.
     Una muchacha le atendía en el hospital; su belleza era muy grande y Wulff se enamoró de ella. No tenía esperanza alguna de salir con vida de su enfermedad pero su felicidad, al ver llegar cada mañana a aquella chica, daba a su corazón un remanso de eternidad. Sintió la firme convicción de que esa muchacha, al igual que Dios, era incapaz de alcanzar mayor perfección a sus ojos porque incluso lo que, antes de amarla, había considerado defectos aparecían ahora ante él como partes esenciales del ser total que cautivaba su alma y no podían ser mancilladas con la actitud indolente de un rechazo escéptico. Para él, en aquel momento, no podía haber cosa alguna, ni real ni imaginada, que pudiera sustituir en su corazón a aquella mujer como el objeto máximo de su veneración, ni siquiera se imaginaba dedicando a un dios con cualidades excelsas una adoración mayor que la que le dedicaba a ella en lo más profundo de su ser.
     Klaus pensó que, aunque tarde, al fin había obtenido la respuesta a sus interrogantes filosóficos: la idea de Dios era remedo de los seres humanos, criaturas que, en su individualidad, son depósito de la perfección absoluta y cuyo su carácter caduco incrementa su divinidad pues les hace gestores de un universo que se marcha con ellos pero donde no existen las limitaciones.
     Un día, cogiendo, con lágrimas en la cara, las manos de la muchacha, le confesó lo que sentía por ella y le pidió que, sin importar si tenía o no novio, le permitiera tratarla como su amada porque se iba a marchar de este mundo y no tenía a nadie. Ella aceptó la proposición y muchas veces, incluso fuera de horario, venía a verle y a charlar con él.
     Al cabo de unas semanas, el diagnóstico que se le había hecho resultó equivocado. Su enfermedad era otra en realidad que podía curarse. A los dos meses, salió del hospital casi totalmente restablecido pero su alma llevaba sobre sí el sombrío peso de la tristeza. La muchacha de la que se había enamorado, fiel al compromiso contraído con él, cuando superó su enfermedad, se despidió y dejó incluso de asistirle en su habitación. Era una mujer de una coherencia insobornable pues aspiraba a la perfección moral cultivando una voluntad férrea dirigida por la razón más impoluta.
     Pero Klaus tenía el número de su móvil y la llamó. Ella contestó a la llamada y Klaus le dijo:
     -Anke, ya no voy a morir, al menos de momento, pero estoy enamorado de ti. Me gustaría seguir fingiendo que somos amantes. Quisiera compartirte con tu novio. Lo podemos hacer sin problema alguno. Somos libres, el mundo nos ofrece todas las posibilidades en el reducido espacio de nuestras vidas. Somos dioses y podemos alcanzar la felicidad tan solo olvidándonos de lo que nos dictan las normas y los preceptos.
     Anke, que sintió una oleada de felicidad al oír estas palabras, respondió, irónica:
     -Klaus, no me importa hacer lo que me propones pero va a ser un poco difícil satisfacer tu fantasía hasta que encuentre verdaderamente un novio.

2 de julio de 2013

Obcecado

"No quebrará la caña cascada, 
ni apagará la mecha moribunda."
Isaías, 42, 3

     Juan era desafortunado en amores. Tan consciente era él mismo de su falta de atractivo para las mujeres que se lanzaba a conquistar chicas de aspecto muy corriente, aun sin que fueran del todo su tipo, porque no confiaba tener la suerte de ganar el corazón de una mujer que, de verdad, fuera completamente hermosa. Pero aún así jamás llegaba demasiado lejos con ninguna relación y él lo achacaba, con amargura, a que repugnaba al delicado sexo femenino.
     Su auténtica vocación era la pintura pero dejó la academia de arte por instigación de su autoritario padre, que deseaba emplearlo en su negocio. Cuando su padre se jubiló, el negocio pasó a su hermano, quien para ahorrar en gastos, empleó a su esposa y despidió a Juan. Pero él seguía pintando cuadros en sus ratos de ocio; pintaba retorcidas y grises figuras que expresaban su desesperación y su desengaño del mundo. 
     Al cabo de unos años en una gestoría, perdió también este trabajo y, tras buscar uno nuevo durante meses, fue al fin contratado por unos grandes almacenes. No llevaba allí mucho tiempo cuando entró a trabajar una muchacha, a la que, cuando Juan pudo ver, no solo la encontró hermosa sino la más bella de cuantas había conocido en su vida, incluyendo cuantas actrices había visto en el cine. Lógicamente, siguiendo con su habitual modo de juzgarse a sí mismo, consideró que no era razonable albergar esperanzas de conseguir el amor de tan esplendorosa belleza pero el deseo le hirió irremediablemente y se entregó, en las semanas subsiguientes, a rumiar la desazón de su pasión, espoleada además por su sempiterno rechazo a aceptar ese destino de fracaso sentimental que él mismo se había atribuido. 
     Por todo esto, un día, hablando con la chica acerca de un detalle sobre la caja que atendía, le dijo con un amargo desprecio por sí mismo:
     -Caray, eres tan guapa que jamás tendrías que fijarte en un hombre como yo...
     Ella, contrariando esas palabras, le respondió:
     -No soy solo una cara bonita y valoro mucho la bondad de las personas; y me da la impresión de que tú la tienes.
     Juan se alejó, al instante, amargado porque estaba aún pensando en la frase que le había dicho a ella y no había entrado del todo en el campo de su atención la respuesta de la chica. Cuando, al fin, consiguió ocuparse de lo que ella había contestado, sospechó que había en ello una invitación a intentar conocerse más y una insinuación de que, como hombre, le era agradable. Pero no se acababa de convencer de que eso fuera así en realidad, podría haber querido decir que daba, en efecto, prioridad a la bondad pero eso no significaba necesariamente que hubiera dicho que le parecía lo suficientemente atractivo para salir con él. De modo que decidió que ella le aclarara más lo que había querido decir. Y después de mucho pensar en la manera como la abordaría para preguntárselo, el siguiente día le dijo, al salir del trabajo, dándole, como excusa para hablar con ella, una chocolatina:
     -Elisa, y un hombre bueno ¿tiene que tener otras características para gustarte?
     -Sí -respondió ella-. Tiene que ser humilde, tierno, sensible y ser atento y amable -y apresurando el paso añadió:- ¡Perdona, tengo que irme volando! Me espera mi madre para ir a casa de mis abuelos. Gracias por la chocolatina...
     Juan consideró, después de escuchar aquellas palabras, que había razones ciertas para albergar alguna pequeña esperanza de lograr llegar a algo con Elisa, aquella bellísima compañera de trabajo de la que estaba empezando a enamorarse pero a su entender había mucha ambigüedad en la respuesta. Él era todas las cosas que ella había dicho e incluso intuía que ella lo sabía perfectamente pero, ¿no sería, en realidad, una mentira piadosa? Estaba seguro de que ella deseaba un cuerpo hercúleo y un rostro atractivo e imponente, era lo más habitual... él, al menos, se fijaba en eso al ver a una mujer aunque él se veía en la necesidad de renunciar a los físicos atrayentes precisamente porque no era un hombre guapo. Y, aunque no fuera una mentira piadosa, aunque tuviera posibilidades, ¿quién le decía que, si lo intentaba con ella, obtendría el éxito deseado? No se sentía capaz de dar un paso adelante si no se cercioraba de que realmente podía llegar a conquistar a aquella mujer. No quería verse decepcionado y volver a sufrir.
     Sin embargo, su corazón no se detenía, lejos de ello, cada vez estaba más prendado de Elisa, cada vez anhelaba más entrar en el alma de aquella mujer, cada vez se dejaba llevar más por la admiración de su belleza y su dulzura y la embriaguez de la pasión hacía que desbordara de añoranza por ella.
     Por eso, en un desesperado intento de resolver todas sus dudas, la invitó dos días después a dar un paseo a la salida del trabajo. Ella aceptó diciendo sin más:
     -Sí, ¿por qué no?
     De modo que, tras recorrer las calles de la ciudad hablando de sus vidas y de las expectativas que tenían sobre su futuro, mostrándose el uno al otro una simpatía desbordante, Juan sin preocuparse de disimular sus intenciones lo más mínimo ante ella, le soltó:
     -Elisa, quiero preguntarte algo que espero que me lo respondas con sinceridad. ¿Crees que tendría posibilidades de que te enamoraras de mí durante una relación de amigos? 
     Elisa se quedó en silencio unos segundos y respondió: 
     -No puedo hacer que concibas ninguna esperanza conmigo, Juan. Solo te puedo dar mi amistad.
     Juan no dudó un instante de que Elisa hablaba en serio: jamás se enamoraría de él, era lo que estaba sospechando todo el tiempo. Pero, paradójicamente, volvió a casa con el corazón henchido de felicidad. Ahora que ella le había confesado con inequívoca claridad que, sin rechazar una relación de amistad, jamás habría algo más, sin saber a ciencia cierta por qué, era cuando sus esperanzas entraron en la autopista.