20 de junio de 2013

Los nuevos

     Cuando los inquilinos del quinto A llegaron con su equipaje en una sábana liada, con sus ropas andrajosas y con su pelo despeinado, una corriente de indignación sublevó a todo el edificio. Alguien, no se sabía quién exactamente, había averiguado que eran gitanos rumanos. Con aquella compañía, ya nadie se sentía seguro ni feliz. Habría robos, tráfico de drogas con el consiguiente tráfago de drogadictos y personas indeseables por el edificio y, lo que es peor, personas de una cultura extraña y maligna, ignorantes de las reglas de la convivencia perturbarían constantemente la armonía de la vida vecinal. No era posible hacer nada, tenían los mismos derechos que los restantes vecinos. Pero lo tendrían verdaderamente difícil en lo que a estos se refería. Así se pactó entre todos ellos: "A los nuevos, ni agua".
     La gente honrada sabe cuándo ha permitido lo suficiente que se perturbe su paz y se atropellen sus derechos. Pero la honradez, cuando se solivianta, adquiere un no sé qué de villana canallada. Muy pronto, hubo que mostrar, a los nuevos, el férreo cerrojo que encerraba en una sola facción adversaria a todos los restantes vecinos. Las miradas de desprecio incluso a los niños, la negación del saludo y la evitación de una excesiva proximidad física, actuaron muy pronto, a modo de indicios, para los nuevos, de que, para sus vecinos, no eran gente de bien, ese tipo de gente que tiene verdadera conciencia y vive para ayudar a los demás.
     Los del quinto B y C se encargaron del trabajo más sucio. "Nunca, nunca, se le abrirá la puerta a uno de ellos si podemos evitarlo", se propusieron, "Rumanía se ha equivocado si quiere traer aquí sus costumbres estrafalarias". Pero hay, en los sentimientos humanos, un impulso al bien, por encima del prejuicio, una capacidad para ver la verdad que esconde lo más vivamente real, oculta para nuestros sentidos, que están apegados al concepto, y es algo que, fundamentalmente, realiza el amor. De tal modo es esto así que ninguno de los peligros consabidos que implicaba la relación con los Rumanos tuvo fuerza suficiente en el corazón de José, un muchacho de diecisiete años del quinto B, para que no brotara y creciera, hasta rebosarle en el alma, una poderosa e irresistible pasión por la bellísima hija mayor de los nuevos. La verdad es que, desde que estaban en el piso, los nuevos parecían bastante aseados y nadie hubiera dicho que eran delincuentes rumanos y, en el rostro y la figura de la chica, resaltaba una hermosura tan delicada que José pasaba los días cavilando tristemente con el vivo anhelo de conquistarla.
     Pero, un día, su espíritu se vio ante la encrucijada en la que se decide cuál de los dos grandes caminos de  la vida elegir. Y fue porque durante la cena se escuchó el timbre de la puerta de su casa al mismo tiempo que un estrépito de voces nerviosas; su padre fue a mirar mientras su madre le decía:
     -No abras, que son los rumanos.
     -No, si no abro -dijo el padre-; voy a mirar nada más, a ver qué es ese jaleo que están armando los desgraciados.
     Al poco regresó el padre y dijo:
     -No sé qué será. Están el rumano y su mujer con cara de susto andando nerviosos de un lado para otro delante de la puerta.
     -Será alguna jugarreta de esa gente, son muy teatrales y les gusta hacer el payaso -dijo la madre riendo tranquilamente.
     Pero José, que esa tarde había sido el último en entrar en casa y había podido apercibirse de algo que probablemente desconocía el resto de su familia, fue presa súbita del estremecimiento e, intuyendo el motivo del nerviosismo de los padres de su dorado sueño, se levantó de la mesa, corrió en busca de la cuerda que guardaban en casa para los viajes al campo y, con la mayor de las celeridades, descorrió cerrojos, accionó el picaporte y dejó que su casa se abriera a un padre asustado que, cuando vio la cuerda en las manos de José, se la arrebató, la ató a un hierro de la escalera e intentó descender con ella por el hueco del ascensor, por el que había caído su hija. Pero su peso era excesivo y José se apercibió de que no tenía habilidad ni fuerza suficiente para lograrlo por lo que se prestó él a hacer el trabajo.
     Una vez sobre el techo del ascensor, ató el cuerpo de la niña, que estaba inconsciente, por debajo de las axilas y las personas que aguardaban arriba tiraron de la cuerda para hacerla ascender. Los "nuevos" fueron objeto de la atención de los vecinos durante las siguientes horas pues no solo les proporcionaron hielo para evitar la inflamación, sino también medios de transporte para ir al hospital, bocadillos para sustituir la cena e, incluso, la compañía de un ATS del cuarto B, que se encargó de hablar con el personal del centro y asesorarlos en todo lo que fuera menester.
     Este ATS fue quien dijo, al día siguiente, a los cautelosos vecinos que los nuevos no eran delincuentes rumanos sino la familia de un ingeniero ucraniano a la que les habían robado las maletas al llegar a España después de dejarlos en un descampado. Hubieron de ir caminando hasta el piso que habían comprado acarreando como pudieron, lo poco que les habían dejado los ladrones, que, al parecer, sí eran de nacionalidad rumana.
     Dos días después, por su propio pie, subió las escaleras la hermosa chica con la que soñaba José. Él estaba allí, a la puerta de su casa, observándola fascinado. El padre de la chica le dijo algo a ella al oído y ella se aproximó a José y le dio la mano sonriéndole. José le quiso dar además dos besos en las mejillas y ella se ruborizó y sus ojos adquirieron más hermosura todavía.
     -Me llamo José -dijo él entonces-. ¿Y tú?
     -Klara -respondió ella, comprendiendo, por los gestos, lo que José le preguntaba; y dijo algo en su idioma que José no entendió pero, entonces, ella le cogió de la mano y le condujo al comedor de su casa, donde sus padres tenían previsto invitarlo a cenar.

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