30 de junio de 2013

Las dificultades de la felicidad

     Para doña Amancia, la vida era un valle de lágrimas literalmente. El mero hecho de que fuera deseada transformaba una cosa, a sus ojos, en un fenómeno insólito, casi contrario a las leyes de la naturaleza. La felicidad era, para doña Amancia, una ambición a contrapelo de la realidad. Siempre había algo o alguien que la volvía improbable o extremadamente difícil de alcanzar. Por eso, su mayor temor era toparse con un contratiempo o caer víctima de las contingencias porque para ella no existía un azar propiamente dicho; lo que sucedía sin estar previsto tendía a caer más veces del lado de la desgracia que del de la fortuna. Una religión como la católica, cuyo negro pesimismo se gestó en una oscura época de hambre, enfermedades y guerras, no podía menos de tener un gran predicamento en la asustada alma de doña Amancia, que vivía entregada al suplicio de la culpa y el temor al infierno.
     Pero su temor a la culpa la volvía cascarrabias porque, cada vez que le pasaba algo malo, acusaba a los demás de ser, directa o indirectamente, gestores de su daño o bien los agobiaba con quejas, rociadas en lágrimas, de no ser lo suficientemente bien protegida y cuidada por su familia. Y todo esto lo hacía por no quedarse ella con la culpa pues casi llegaba a darse cuenta de que no había nadie o nada tan responsable de sus infelicidades como ella misma pero, para la culpa, como para todo lo que la hacía infeliz, no había solución y su acto reflejo, indefectiblemente, era tirársela a sus semejantes como si fuera una sabandija asquerosa que le caminara por la mano.
     Durante veinte años, amargó a sus familiares, más aún que amargada estaba ella misma, quejándose de un dolor de cabeza que le acudía a las tres de la madrugada, ni un minuto más ni un minuto menos y le duraba hasta las tres cincuenta y cinco exactas. Gracias a nuevos fármacos con efecto retardado, consiguió liberarse de su dolor pero, muchos años después, aún programaba el despertador, a veces, para comprobar si seguía funcionando la medicina.
     Su vida fue un sufrimiento constante en cierta manera, no solo para ella sino también, y ante todo, para quienes tenía alrededor pero vivió, hasta cierto punto, satisfecha porque, y esto a fin de cuentas era lo que más le importó siempre, la desgracia nunca le pilló por sorpresa con el consiguiente disgusto que se siente en un caso de esos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario