25 de junio de 2013

La noche de San Juan

A Josi Bustamante

    Pedro era muy tímido y, a sus 20 años, aún no había salido con ninguna chica. Por la noche, como no salía mucho de casa, solía escuchar programas de radio en la cama mientras le llegaba el sueño. Un sábado, escuchando un espacio de ciencias ocultas, oyó, a una quiromante y echadora de cartas, afirmando que, la noche de San Juan, si te bañabas en el mar a la luz de la luna, tenías la visión del rostro de la persona más importante de tu vida. Faltaban dos días para la noche de San Juan y a Pedro le encantó la idea de poder contemplar el rostro de la mujer de su vida pero, como le daba vergüenza bañarse de noche por si le veía alguien y pensaba que estaba loco, decidió aprovisionarse de una botella de agua mineral llena de agua del mar y bañarse con ella tranquilamente en casa.
     Cuando llegó la noche esperada, entró en el cuarto de baño y, tras apagar la luz y abrir la ventana para que entrara el influjo de la luna, se echó el agua embotellada sobre la cabeza. Esperó a tener la visión pero pasaron muchos minutos y no aparecía ante sus ojos. La oscuridad que había en el cuarto de baño propició que tropezara con el borde de la bañera y diera con su cabeza contra el suelo. Debido al golpe, pequeños puntos de luz se le empezaron a aparecer ante los ojos. Fue a secarse delante del espejo y, al encender la luz para ver si se había hecho una herida, creyó ver durante unas décimas de segundo reflejándose en el cristal por detrás de él una chica con una sonrisa muy alegre y una expresión vivaracha. El corazón le dio un vuelco y se le erizó la piel; estremecido, miró hacia atrás pero no había nadie y salió del cuarto de baño aterrorizado e intentando dar una explicación lógica al suceso. Pero, cuando se desprendió del horror que le inspiraba aquel episodio, contemplaba, con ilusión, la posibilidad de que aquella visión fuera la de la persona especial que le reservaba el futuro. Le dio la impresión de que la aparición era de una mujer mayor que él, de unos veintiocho años, pero de rostro tan agraciado que cada vez que lo recordaba, sentía un estremecimiento de placer.
     Pedro era demasiado tímido. Tenía horribles problemas de personalidad y, cuando acabó su carrera en la universidad, con muy malas notas porque su insatisfactoria vida emocional no le dejaba centrarse en los estudios, tuvo que renunciar a ejercer su carrera porque le avergonzaba hablar ante unos alumnos y no se sentía preparado para convertirse en profesor. Hubo, por tanto, de quedarse en casa de sus padres, e ingresar de aprendiz en el garaje de su padre.
     Transcurrían los años y Pedro no se atrevía a buscar novia. Pasaba todo su tiempo libre entregándose a leer clásicos de la narrativa o libros de parapsicología puesto que su temor a los seres humanos lo aliviaba entrando en un mundo de fantasía, horripilante a veces pero donde su autoestima estaba más a salvo que ante la mirada de otra persona. El miedo se fue introduciendo en su corazón cada vez más. Temía que los clientes del garaje le hicieran preguntas complicadas porque se sentía un completo estúpido. Además, trabajar de mecánico, un oficio tan lleno de pequeñas contingencias donde nunca se sabía lo que podría esperarte tras desatornillar una tuerca le llenaba de ansiedad y no descansaba su espíritu más que al final de la jornada cuando volvía a casa y cogía un libro y buscaba en él la escusa para reflexionar sobre su papel en el mundo como ser humano que era, lo que le hacía olvidarse de la ansiedad de todo el día y le permitía resistir su dura existencia.
     Su juventud pasó sin que encontrara una persona en la que depositar su ternura. Recordaba muchas veces la visión de aquella noche de San Juan y no cedía a la resignación de acabar solo en la vida pero su mundo estaba cada vez más fuera de la realidad y no se sentía capaz de abrirse no ya al bello sexo sino a nadie de su entorno más inmediato. Su vida la entregaba a un silencio que le atormentaba porque sentía que su alma necesitaba salir del claustro de su pensamiento y mostrarse ante alguien que apreciara su valor y belleza pero su timidez y su perturbación le impedían hacerse entender por nadie.
     A los cuarenta y ocho años, tenía cientos de poemas y cuentos escritos, producto de sus largos años de incomunicación. Su más hondo deseo era que alguien leyera aquellas obras y descubriera el mundo que escondía su callado interior. Por eso, considerando que era su única oportunidad de conseguir la felicidad a la que estamos todos destinados, decidió atreverse a ir a la universidad y depositar sus manuscritos en manos de un profesor.
     El día elegido, se puso en marcha a la universidad, entró en el departamento de literatura contemporánea y vio en una mesa a una mujer joven, inclinada sobre un libro. Pedro dijo intentando ser atendido:
     -¿Es usted una profesora?
     Y, cuando ella levantó el rostro, toda una avalancha de reminiscencias impactó contra su corazón y creyó reconocer en aquella joven, que rondaría los veintiocho, a la mujer que vio en el espejo veintiocho años atrás.
     -Sí, soy profesora, ¿qué deseaba? -dijo la joven.
     Pedro intentó sobreponerse al estupor y dijo:
     -Soy un empleado de un taller pero desde siempre he escrito y tengo estudios superiores. Traigo los manuscritos de mis mejores obras porque quisiera que me las valoraran personas con criterio.
     -Bien, déjelos aquí y yo se los entregaré al catedrático.
     Pedro no dejaba, dentro de su timidez, de tener buena dosis de ironía y el valor que le transmitía la fantasía, con la que jugaba su pensamiento, de que su destino estaba unido al de aquella hermosísima joven le hizo responder.
     -Deje usted al catedrático con sus obras completas de Azorín y con su historia del verbo castellano en veinte volúmenes. Prefiero que los lean unos ojos tan bonitos como los suyos porque no son para mentes obtusas sino para corazones ligeros y desnudos. Si no es molestia, me gustaría que fuera usted quien los juzgara.
     La chica rió alegremente y respondió:
     -Le agradezco enormemente su atención y no dude de que los leeré detenidamente aunque a don Manuel Pérez tampoco le gusta mucho Azorín.
     Pedro volvió a casa con el corazón saltándole en el pecho. Lo más excelso de su alma, lo más escondido y exquisito, iba a serle revelado a la mujer más hermosa que había visto jamás, tan parecida a la que pudo ver durante unas milésimas de segundo hacía casi dos décadas y que no había podido olvidar desde entonces. Una fiebre de amor le comenzó a recorrer las venas. Se sentía, de pronto, tan valiente y decidido que, lejos de intentar abandonar lo antes posible las calles, como su pavor a los humanos le obligaba a hacer normalmente, las recorrió durante horas disfrutando de los rostros de la gente, de los escaparates y de todo lo que alcanzaba su vista.
     Un mes después, con su timidez ya casi superada y la sensación de que la iba a desarraigar de su vida, volvió al departamento donde vio a la joven y, esta vez, solo halló a un hombre con barba y chaqueta. Le preguntó por la chica y este le respondió que estaba de vacaciones porque iba a contraer nupcias.
     Pedro volvió a casa con un humor sombrío pero ya no tenía miedo, solo desilusión y rabia. Se acordó de lo que sucedió hacía veintiocho años, de su botella de agua para no ser considerado un loco, en lo que ahora  veía una cobardía repugnante, y con la decidida intención de no importarle un bledo la ridícula cosa que quisieran pensar de él, se fue a tomar un baño a la playa bajo la luz de la luna y a jurar ante el astro de los enamorados que no iba a morir solo.
     Volvía ya de hacer esto cuando escuchó un portazo en un portal y a un hombre gritando:
     -¡Cásate con quien te entienda, monada! ¡A freír espárragos!
     Pedro se detuvo para observar por curiosidad y vio que detrás de él, apareció milagrosamente la chica a la que había dejado los manuscritos que, con una expresión triste, se quedó mirando al otro hombre marcharse.
     Pedro se aproximó a ella y dijo con ironía:
     -Parece que no hay boda, ¿no?
     -Sí. Mejor así. Ese hombre es una rata... -respondió ella.
     -¿No me conoce? -dijo Pedro.
     Ella le miró a la cara más detenidamente y dijo:
     -¡Por favor...! ¡Sus obras son maravillosas! ¡No le había reconocido! Es usted una persona de un talento asombroso...
     Pedro no sintió en ese momento movimiento de vanidad alguna sino la euforia de haber podido entrar en el corazón de aquella mujer de la que estaba ya enamorado desde el mismo instante en que la vio.
     -¿En serio? -dijo y, cuando ella respondió que por supuesto, pregunto:- ¿Cuántos años tienes?
     -Veintiocho -respondió ella.
     -¿Cómo te llamas?
     -Diana -dijo ella.
     Entonces, Pedro dijo:
     -Diana, me lo has hecho pasar muy mal desde que naciste, me has tenido como en una botella pero al fin me has empezado a dar alegrías...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario