11 de junio de 2013

La inconsciencia de Salvador

     Salvador no entendía el motivo por el que su esposa deseaba separarse de él. Tampoco comprendía por qué sus dos hijos pequeños evitaban su presencia y le ponían malas caras. ¿No era él un buen esposo y padre? ¿No era tan buena persona como cabía esperar? Por eso, intentó convencer a su mujer de que lo que había ocurrido no tenía importancia; aquella discusión que había tenido con ella no pasaba de ser un incidente de lo más habitual en la vida de una pareja, a su entender, y considerarlo como motivo de separación era la más exagerada de las reacciones por parte de ella. Así se lo fue a decir a ella un día, desesperado ante la perspectiva de perder a su esposa a la que tanto necesitaba y quería.
     Pero su esposa le recibió con una hosquedad que le hacía una extraña a sus ojos. Salvador dijo entonces para dar inicio a su intento de reconciliación:
     -Marta, no te tomes las cosas tan a pecho. No hubo mala intención en lo que dije.
     -Me insultaste, Salvador, me llamaste imbécil lleno de furia. Me dejaste marcados los dedos en el brazo. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que empujaste a tu hijo en medio de tu arrebato de ira. ¿A dónde quieres que lleguen tus actos de agresividad para empezar a creer justo que me los tome a pecho?
     Salvador estuvo una hora disculpándose consternado y tratando de que Marta recapacitara y se arrepintiera de su decisión. Cuando vio que eran inútiles todos sus intentos, con mucha tristeza, se marchó. Algunas lágrimas empañaron sus ojos cuando volvía al chalet familiar donde dormía y vivía provisionalmente desde que Marta le pidió que la dejara sola. Veía muy probable la posibilidad de que Marta no cambiara de opinión y la separación se llevara a cabo. Recordó la minucia por la que se había iniciado la discusión y la amargura que se siente ante toda fatalidad conmovió su pecho y le hizo llorar.
     Pero, en la madrugada, en medio de una atormentada búsqueda interior de una salida para sus sentimientos, rodando su pensamiento por obsesivos laberintos de dolor y desesperación, una nube de rencor cubrió su lucidez mental y, hecho un completo erial su alma, sin espacio para piedad alguna, algo en su interior crujió y bramó, demandando una venganza desproporcionada, vil y espantosa.
     Necesitamos una pausa en nuestras reflexiones o determinaciones para ver el reflejo que nos las muestra en su auténtica forma, no desfiguradas por la euforia del instante. Por eso, cuando Salvador se dispuso a acostarse para liberarse de sus sensaciones de dolor y rabia, tras darse una ducha fría y comer un poco, logró, de improviso, representarse en su interior la magnitud de la iniquidad que había poseído su espíritu unos minutos antes, comprendió hasta qué punto sus emociones estaban fuera del control de su voluntad y, lleno de horror a sí mismo, en un acto de lucidez y valentía poco comunes, tomó la determinación de pedir ayuda a un psicólogo.
     Muy pronto, en la primera cita con el terapeuta, fue consciente del reinado de despotismo y terror al que había sometido inconscientemente a su familia, vio, con claridad, hasta qué punto era desconcertante la indolencia a cuya luz había contemplado sus sucesivos actos de agresividad y violencia, y como era un hombre, en el fondo, bastante honrado, se propuso acabar para siempre con aquellas sombras que corrompían su alma. Al poco, una noche, con el corazón desbordado por unas emociones que no podía contener, afligido por la pérdida de su esposa y sus hijos, lloró desconsoladamente derramando un raudal de lágrimas pero, en su dolor, podía vislumbrar la presencia dulce de un significado que llenaba aquellas lágrimas de esperanza y era todo aquel sufrimiento cuya materialización había sido capaz de impedir.

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