16 de junio de 2013

El rayo verde

     Hay, en nuestras vidas, recodos siniestros que nos sacan súbitamente de la tranquilizadora atmósfera habitual y nos introducen de lleno en una horrenda pesadilla. Entonces, somos presas de una sobrecogida perplejidad pues ignorábamos que algo así pudiera sucedernos a nosotros o, ni siquiera, que tuviera cabida en el mundo que nos rodea. Nuestra necesidad de ser felices nunca sufre interrupción, por lo que un acontecimiento de ese tipo pone a prueba nuestra resistencia. El ser humano es una criatura increíblemente fuerte y puede hacer, aún en medio del sufrimiento, que la vida siga ofreciéndole su tributo de normalidad hasta el momento en que otro recodo le saque al fin de un tormento de cuya gravedad nunca se ha querido ser consciente para no sucumbir a la desesperación.
     Cuando llegué a la edad de 48 años, mis aspiraciones habían desembocado casi en la nada. Mi trabajo había dejado de resultarme estimulante, mi esposa, con tres hijos a los que atender, apenas me dedicaba el afecto que necesitaba, los amigos habían entrado en una fase vital de adocenado conformismo y pasividad que me contagiaba desesperanza y, como consecuencia de esto, una sed de novedad, que buscaba la excitación de lo extraño en experiencias intensas con el sabor de la aventura, me llevó a ser protagonista de conductas que condenarían las mentes con cierto grado de firmeza moral. Mi actitud cínica se agudizaba día a día de manera que muy pronto me hice odioso para la gente que me había querido hasta entonces y ganaba prestigio ante un círculo de seres que caminaban sobre el abismo sin importarles mucho el siguiente día. Un día de esos, con mi mente rebosando de sustancias tóxicas, llegue a hacer un gesto amenazante a mi esposa con el dorso de la mano y ella tomó la determinación de trasladarse, con todos mis hijos, a casa de sus padres y tramitar la separación.
     Es terrible lo profundamente que erosiona nuestros sentimientos el tráfago del tiempo. Mi esposa lo había sido todo para mí, la luz de mi esperanza, mi motor en la vida, pero, en aquellos momentos, su decisión apenas me afectó y la consideré incluso una buena ocasión para profundizar en mis actividades desordenadas pues la soledad en que me dejaba el resto de mi familia me permitía invitar a mi casa a los inquietantes amigos que había hecho en mi nueva vida de desenfreno y autodestrucción.
     Una noche, uno de mis amigos, que me admiraba especialmente porque tengo una profesión de cierto prestigio y tenía conmigo una actitud enfermizamente sumisa, esperó a que se marchara el resto de la pandilla para mostrarme, en la palma de la mano, un diminuto objeto prismático de color azul. Con una sonrisa maliciosa y cierta complacencia, me dijo:
     -Prueba esto. Te tritura el cerebro. Es lo más fascinante que puedes tomar en tu vida. Es una genialidad inventada en un laboratorio.
     Sin dudarlo, arrebaté de su mano la píldora y me la eché a la boca. Sospechaba que me haría daño, que algo ahí dentro de mi cabeza se resentiría de lo que había hecho pero, para mí, no existía el mañana, solo el hoy y el ahora, a los que me entregaba con una voluptuosidad irresponsable porque una euforia injustificada me hacía confiar en la ilimitada resistencia de mi organismo.
     Lo que sucedió el resto de aquella noche se ha perdido para mi memoria definitivamente. Tan solo recuerdo los primeros minutos después de tomar la droga, en los que una insoportable e intensa sensación de desencanto y absoluta tristeza estremeció lo más hondo de mi ser y deseé acabar con mi vida lo más pronto posible. Ignoro el motivo por el que no lo hice pues lo que siguió a esos primeros minutos ha desaparecido de mi conciencia. Lo siguiente que recuerdo es un rayo de sol hiriéndome en los ojos doloridos al despertar en plena calle, echado en un portal.
     No notaba más que un leve dolor de ojos y maldije al amigo que me había suministrado la droga puesto que tan mal efecto me había hecho. En el trabajo, logré disimular cierto malestar espiritual que me comenzó a afectar. Tenía la sensación de que algo inconmensurablemente inmenso que, paradójicamente, sentía en mi interior, estaba precipitándose e iba a caer pero nunca caía del todo, siempre la sensación se desvanecía antes de que el golpe contra el suelo hiciera estallar en mil pedazos los nervios de mi cabeza. Todo el día experimenté con reiteración desesperante ese desvarío pero lo peor estaba por suceder. Fue al salir del trabajo. Cuando vi la esfera apagada y roja del sol poniente sobre los edificios del final de la larga avenida, un presentimiento de lo que de más siniestro puede concebir la imaginación más perturbada, heló mis venas y anhelé que el sol no acabara nunca de ponerse. La noche cobró, ante mi sensibilidad perturbada y delirante, un significado tan espantoso que el miedo paralizaba mi voluntad pero era la visión de ese sol, moribundo y triste, lo que traía más inquietud y desazón a mi interior, era como si fuera no el fin de aquel día sino el de todos los días. Esa bola roja y apagada, de pronto, ya no la veían mis ojos como el objeto más familiar y esencial de mi vida sino como un frío e indolente ejecutor de mi final. Mis desordenadas impresiones mentales me hacían creer que el sol deseaba consumar no ya mi muerte física sino la espiritual. Fui absurdamente a mi casa a una enloquecida velocidad, no quería ver el último rayo desapareciendo tras el horizonte porque sentía que, si lo veía, mi alma caería, como caía él, en un precipicio y, acto seguido, mi conciencia naufragaría en la nada. Conduje mi coche a toda velocidad durante los diez kilómetros que distaban de mi casa a través de tierras de labor intentando con desesperada inquietud que el sol no se ocultara antes de que yo entrara en casa. Si lo hacía, estaba perdido, aquel ocaso se llevaría mi alma.
     Una vez dentro de casa, cerré todas las ventanas y encendí cuantas luces pude de casa. Atormentado pero más tranquilo, comencé a pasear de un lado a otro intentando poner en orden mis pensamientos. Pero no conseguía desprenderme de la sensación de terror en que me sumía mi fantasía de extinción y absorción en la nada. Lleno de pavor hacia todo lo que procediera de la calle, porque la noche ya reinaba en ella, no atendí a las insistentes llamadas a la puerta de mis amigos de la pandilla, que se marcharon lanzándome maldiciones, enfadados por mi negativa a abrirles y a darles dinero. Esa noche no concilié el sueño y, en el trabajo, al día siguiente, me fue casi imposible concentrarme. El miedo helaba mis venas cuando recordaba que, en unas horas, volvería el ocaso y mi alma se volvería a jugar su supervivencia. Ahora ya no me bastaba con llegar antes del anochecer a casa pues mi exigente fantasía me imponía ahora el deber de entrar en mi hogar antes de que el sol tocara sobre el horizonte. Una vez que cielo y tierra se tocaran en un punto, no habría ya esperanza para mí, mi alma entraría en un vórtice y mi mente quedaría despojada de conciencia. La más arbitraria veleidad dominaba mis creencias pero se asentaban en mi espíritu con la firmeza de una certeza.
     Conseguí ese día salvarme de mi quimérico final pero al día siguiente, nuevamente sin haber podido dormir gran cosa, mis temores se incrementaron. El ocaso, siempre el ocaso, atormentaba mi conciencia y su presencia en mi pensamiento llegaba a suponer una tortura, no ya por el horror que me producía la imagen sino por la insistencia reiterativa con que aparecía en mi mente. Tanto se repetía la idea del sol en su postura que adquirió en mi conciencia casi la consistencia de un cuerpo extraño y, a veces, yo mismo encontraba tan insólita la apariencia que había llegado a tener en mis adentros ese fenómeno celeste que me asombraba y experimentaba un amago de escepticismo que un miedo renovado frustraba. No importa lo inverosímil de un peligro para que no lo temamos; basta que no tengamos una razón en la vida para el valor para que cualquier quimera nos estremezca.
     Mi más anhelante deseo era salir de aquel suplicio pero no podía encontrar un remedio. Mi espíritu parecía definitivamente atrapado en su delirante obsesión sin apenas vislumbrar un horizonte distinto para sus pensamientos y sensaciones. Pero fuera del miedo, mi conciencia conservaba su lucidez y en el mero terreno de la razón, mi escepticismo era el suficiente como para determinarme a buscar la ayuda de un médico. La inmensa inquietud bajo la que contemplaba ahora todos los acontecimientos de mi vida, me hizo muy dura aquella visita al psiquiatra. Pensaba que sería objeto de las prácticas malévolas de un sádico deseoso de víctimas. Los medicamentos, en un principio, me permitieron, al fin, dormir lo suficiente como para que se interrumpiera la escalada de mi obsesión. Tras un descanso de diez horas, la primera idea que me apareció no fue el ocaso sino el alejamiento de mi esposa; una ola de amargo dolor me sacudió interiormente y, aunque temía que la había perdido para siempre, deseé recuperarla desde lo más profundo de mi ser.
     Fui a donde se había refugiado con mis hijos y, arrodillándome delante de ella, le supliqué perdón por lo que le había hecho sufrir. Le dije que la amaba tal y como la había amado cuando me enamoré de ella por primera vez, incluso más aún porque cada día aumentaba más mi amor. Le dije que, si la perdía, perdería mi alma y la esperanza se extinguiría en mi vida.
     Ella se mostró inflexible y me negó toda posibilidad de recuperarla. Sin embargo, he de decir que mi amor había despertado después de un letargo de años de rutina y ahora volvía a ser tan fuerte que no veía obstáculo alguno para él; cualquier abismo abierto entre ella y yo sabía que podía ser vencido por la inmensa intensidad a la que brillaba mi afecto. De pronto, me sentía tan enamorado de mi esposa que la vida me volvía a parecer excitante aun en su rutina más cotidiana puesto que mi alma volvía a tener un espejo fascinante en el que mirarse.
     Salí de la casa donde ahora vivía mi esposa con cierta inquietud pero, muy pronto, me dí cuenta de que el amor colmaba mis entrañas y eso era suficiente para que mi alma rebosara de esperanza. Se aproximaba el ocaso, entré en mi coche rápidamente al recordarlo, aceleré y conduje rápidamente hasta mi casa; aún no había tocado el sol en la montaña que daba al oeste. Pero iba a entrar corriendo en casa cuando mi corazón recordó a mi esposa, a mi dulce esposa, el tesoro más querido de mi pecho. Me di la vuelta y contemplé el sol poniéndose. Pensé en la novela de Verne, en ese rayo verde con que se despide el sol que solo ven los enamorados que han encontrado a su alma gemela. El temor ya no me sobrecogía ante aquel espectáculo colosal, el sol, con su brillo apagado, se sumergía lentamente detrás de la montaña. Y, cuando el último fragmento del disco desapareció, lo vi, vi el rayo verde y ya nunca más he perdido el goce de vivir.

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